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La inteligencia que España necesita

Tenemos que saber más matemáticas, más historia y más lengua. Pero sobre todo necesitamos entendernos mejor.

Liga de Ajedrez de los colegios de Málaga.rn
Liga de Ajedrez de los colegios de Málaga. Europa Press

El sistema educativo español está cambiando. Desde hace unos años, en miles de centros educativos de nuestro país está teniendo lugar una revolución silenciosa que no tiene marcha atrás y que hará que, en no mucho tiempo, nuestra forma de educar no se parezca mucho a la que era. Y para bien.

Es una revolución que más que a la estructura del sistema —que en lo esencial no ha cambiado, aunque a lo mejor debería— está afectando a los objetivos, los contenidos y las metodologías; como buena revolución no es ordenada, y está siendo protagonizada por los profesores, los directores de los centros y las familias, y que —esto es muy nuevo, muy ilustrativo y fundamental— está siendo impulsada, sobre todo, por multitud de organizaciones, en buena medida fundaciones.

Los datos que arroja un reciente estudio de la Asociación Española de Fundaciones hablan por sí solos: las fundaciones españolas están desarrollando programas educativos con al menos 60.000 docentes de más de 6.000 centros, beneficiando a casi 300.000 familias. Sería imposible citar aquí a todas las que lo están haciendo pero, de hecho, resulta difícil encontrar una institución social en España que no esté intentando, de un modo u otro, ayudar a mejorar nuestra educación.

Las iniciativas, siendo tantas, no podrían sino ser muy variadas en el modo de actuar y en el ámbito en el que actúan, pero tienen dos comunes denominadores: la innovación y la colaboración. Un tercer elemento debería de ser la medición del impacto, pero a lo mejor en ese aspecto aún no estamos, como conjunto, tan avanzados como deberíamos.

Entre la colaboración y la innovación, no sabría decir cuál ha sido más importante para que esta revolución nos haya traído hasta aquí, ni cuál de las dos será más necesaria para que, cara a futuro, no pierda fuerza, pero si me tuviera que decantar por una lo haría por la colaboración.

Al menos en nuestro caso es así. Hoy presentamos en la Fundación Botín en Santander, con la presencia del director de Educación de la OCDE, Andreas Schleicher, los resultados de un programa educativo que desde hace 12 años introduce en las aulas el desarrollo de la inteligencia emocional y social y de la creatividad. Se llama Educación Responsable, empezó en 2006 en tres colegios de Cantabria y en él participan hoy 270 centros de siete comunidades y, desde hace dos años, también de Chile y Uruguay.

Las fundaciones españolas desarrollan programas educativos con 60.000 docentes en 6.000 centros

Hago aquí un pequeño inciso solo para subrayar lo que ya es evidente. La inteligencia emocional y social —es decir, cómo reconocemos y gestionamos nuestras emociones y estados de ánimo y nuestras relaciones con los demás— es, como poco, tan necesaria como los conocimientos y la inteligencia cognitiva, no solo para favorecer el desarrollo profesional, sino también para el desarrollo personal.

El Informe PISA ya desde 2015 incluye estos aspectos en su evaluación de los resultados educativos, y el desarrollo de las inteligencias múltiples se ha convertido en una de las prioridades de la OCDE con vistas al futuro. Porque es, de nuevo, evidente que vivimos en un mundo que tanto o más que conocimientos necesita creatividad, capacidad de generar confianza, de superar la frustración, de entender al otro, de gestionar los conflictos sin violencia… No parece necesario poner ejemplos.

Pues bien, los resultados de esta evaluación son muy indicativos de algunas carencias de nuestro sistema educativo que deberían preocuparnos mucho: nuestros niños y jóvenes, si no hacemos nada para solucionarlo, tienen una menor capacidad de manejar el estrés según van pasando años en las aulas; su retraimiento crece, así como su agresividad; su estado de ánimo general empeora y su capacidad creativa no se desarrolla.

Pero también muestran que esto se puede cambiar, que lo estamos cambiando. En los colegios en los que se integran nuevos medios para el desarrollo de la inteligencia emocional y social, esas variables evolucionan de un modo sistemáticamente distinto: sobre todo si se actúa pronto, la creatividad de los niños crece y mejora su capacidad de conocer y gestionar su estado emocional, así como de manejar situaciones estresantes y de comprender al otro. Todo ello, aquí por razones obvias muy resumido y simplificado, mejora muy significativamente el clima en el aula, la relación con los profesores y las familias, y también los resultados académicos.

Estos resultados —ilusionantes y que al mismo tiempo nos muestran la magnitud del reto— se han conseguido, sobre todo, gracias a la colaboración: de las familias con los docentes, de los centros educativos entre sí y con el propio programa, y de las administraciones públicas con todos. Una colaboración leal basada en la confianza mutua, algo que, por cierto, solo se puede conseguir con buenas dosis de inteligencia emocional y social.

Una colaboración que consiste en trabajar juntos olvidando etiquetas y con un compromiso que va más allá de las tareas teóricas que a cada parte le podían corresponder. No pensando de quién es la culpa, o la responsabilidad, sino qué puede hacer cada quien. Una colaboración que no se da solo en este programa de la Fundación Botín sino que, como decíamos, es común al resto.

La inteligencia emocional y social es tan necesaria como los conocimientos y la inteligencia cognitiva

Por eso, aunque el impulso esté llegando sobre todo de instituciones de la sociedad civil, no se puede decir que lo que está sucediendo en nuestro sistema educativo sea de iniciativa pública, ni privada, ni social. Es de todos. Y quizás ello es un signo de que para afrontar los principales retos que como sociedad tenemos por delante, las propias categorías de público, privado y social, ya no sirven. De que necesitamos nuevas categorías, nuevos puntos de vista, nuevas formas de abordar los problemas.

Ya lo decíamos antes, no parece necesario dar ejemplos de cómo hoy en el mundo, y muy especialmente en España, necesitamos una inteligencia distinta para construir el futuro. Por supuesto que tenemos que saber más matemáticas, más historia y más lengua. Pero sobre todo necesitamos entendernos mejor, saber ponernos en el lugar del otro, generar confianza mutua, superar los problemas sin agresividad ni violencia, ser creativos a la hora de afrontar nuevos retos, nuevos problemas y nuevas oportunidades.

La buena noticia es que esa inteligencia que España necesita se puede desarrollar, y que ya la estamos desarrollando. Por supuesto quedan muchísimas cosas por mejorar en nuestro sistema educativo, pero podemos estar orgullosos de lo que, entre todos, de un modo creativo y confiando los unos en los otros, estamos logrando.

Javier Botín es presidente de la Fundación Botín.

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