PUNTO DE OBSERVACIÓN
Columna
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Hacer frente a lo aborrecible

Tarde o temprano, los discursos supremacistas de Europa y América acabarán juntándose

Roger Torrent y Quim Torra, durante la toma de posesión.
Roger Torrent y Quim Torra, durante la toma de posesión.Alberto Estévez (EFE)

Poner en peligro las reglas de una democracia, hacerlas cada día más borrosas, es un arriesgado juego que parece estar practicándose con entusiasmo en demasiados lugares de la Unión Europea. La propaganda política consistente en el control de las actitudes colectivas mediante la manipulación de símbolos (pocos tan poderosos como la nación) ocupa progresivamente el espacio del debate político, persiguiendo normalizar mensajes e ideas que hasta hace bien poco habían sido consideradas impropias de una democracia. Por ejemplo, la teoría según la cual determinados grupos son superiores a otros en razón de su lugar de nacimiento, lengua, cultura o raza reaparece de manera más o menos encubierta, aprovechando el aumento de la pasión por la nación. La historia demuestra, una y otra vez, que la indiferencia despectiva frente al supremacismo es la peor de las actitudes posibles. Decir públicamente que “Barcelona no puede tener una alcaldesa española; es así de sencillo” (en alusión a Ada Colau) no debería ser acogido por los representantes de las fuerzas políticas democráticas (independentistas o no) con un encogimiento de hombros, sino con la firme determinación de hacer frente a ese aborrecible razonamiento.

Qué dolor que no haya habido más voces políticas de primer orden entre el nacionalismo catalán para rechazar la candidatura de Torra

Por eso es tan lamentable que los escritos del nuevo presidente de la Generalitat, Joaquim Torra, pretendan ser “normalizados” o que se les reste importancia, como si fueran textos menores, que solo merecen una ligera regañina. Quim Torra no es un adolescente enfadado, tiene 55 años y una amplia producción literaria. El problema es que Torra piensa exactamente lo que ha escrito y que, pese a eso, ha sido elegido presidente de una institución democrática, apoyado por grupos políticos que tienen credenciales intachables, pero que prefieren mirar para otro lado. Lo grave para España, pero sobre todo para Cataluña, es que eso haya podido ocurrir y que los independentistas no hayan reaccionado desde el primer momento: así, no. Qué dolor que no haya habido más voces políticas de primer orden entre el nacionalismo catalán para rechazar la candidatura de Torra. Tarde o temprano, los discursos supremacistas que se extienden por Europa y América terminarán juntándose: para Trump, los salvadoreños son animales; para Torra, los españoles, hienas; para Orbán, no todos los húngaros son “genuinos”; para Kaczynski, los no polacos traen al país parásitos…

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Los independentistas no tienen mayoría social y nunca la han tenido, y ese hecho está en el origen del conflicto

Así que a la espera de que los propios nacionalistas catalanes empiecen a reaccionar con furia contra esos mensajes, habrá que recordar los elementos racionales en el conflicto político en Cataluña. Primero: los independentistas no tienen mayoría social y nunca la han tenido, y ese hecho está en el origen del conflicto. Asombra la capacidad de sus dirigentes para esconder esa realidad y la escasa importancia que se concede a este hecho en otros ámbitos, como si la democracia no exigiera contar los votos y determinar las mayorías sociales (y, por supuesto, tomar en cuenta las minorías). Segundo, aunque no tendría por qué ser así, en realidad el actual proyecto independentista dinamita la Constitución y acarrea la destrucción del sistema democrático español, y ese debería ser un elemento esencial en el análisis que haga Europa del conflicto. Tercero, la estrategia de Mariano Rajoy, delegando en la justicia, ha fracasado y es urgentísimo recuperar la iniciativa política y rehacer el diálogo entre catalanes e incluso impulsar el lenguaje de los gestos. ¿No puede el Senado votar rápidamente el traslado de su sede a Cataluña? En una situación de dos corrientes políticas “nacionales” contrapuestas, la experiencia demuestra que suelen imponerse los más irracionales. “Es fácil”, decía un dirigente alemán en la II Guerra Mundial, “todo lo que tienes que hacer es decirles que están siendo atacados y que su país corre peligro. Funciona igual en todas partes”. Hay que evitarlo.

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