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Las cruces de Baviera que molestan incluso a la Iglesia

Frente a la populista AfD, la CSU se propone liderar la custodia de las esencias identitarias

El primer ministro de Baviera, Markus Söder, a la derecha, junto al presidente alemán Frank-Walter Steinmeier el pasado lunes.
El primer ministro de Baviera, Markus Söder, a la derecha, junto al presidente alemán Frank-Walter Steinmeier el pasado lunes. Europa Press

Markus Söder ha dado con su propuesta la puntilla al debate identitario que recorre los despachos y los bares en Alemania. El primer ministro de la rica, católica y conservadora Baviera ha anunciado que a partir del 1 de junio todos los edificios públicos deberán colgar un crucifijo en la pared. Söder ha explicado que no se trata tanto de enfatizar el carácter religioso del landalemán como de “enviar una señal a aquellos que tienen el deseo de reforzar su identidad”. Las reacciones han sido inmediatas, incluso desde la propia Iglesia, por considerar que el político de la CSU, el partido que gobierna en Berlín con la CDU de Angela Merkel, instrumentaliza la cruz con fines electorales.

Porque los representantes eclesiásticos saben que, también en Alemania, los políticos no dan últimamente una puntada sin un hilo destinado a contener la fuga de un electorado con anhelos inasibles y comportamientos emocionales. En otoño hay elecciones regionales en Baviera y, en ellas, la CSU se juega su hegemonía. La amenaza procede de Alternativa por Alemania, Afd, el partido populista de discurso identitario y antinmigración.

La CSU se ha propuesto convencer a sus votantes de que a pedigrí bávaro no les gana nadie y de que para custodios de las esencias nacionales e identitarias ya están ellos. Lo ha dejado claro el también líder de la CSU Horst Seehofer, al lograr que el Ministerio de Interior sea también de Construcción y… Patria. Después, ha venido Söder con las cruces.

La polémica conecta con un intenso debate en toda Alemania que indaga en la identidad, el sentido de pertenencia —Heimat— y los límites de la multiculturalidad y las diferencias religiosas, en un país que ha acogido a casi un millón y medio de refugiados en dos años. “El islam no pertenece a Alemania”, repite con insistencia Seehofer. Él y otros políticos han logrado sacar al genio de la botella del nosotros frente al ellos. Meterlo de vuelta en el frasco será bastante más difícil.

 

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