Tribuna
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Opiniones ‘fake’

El catastrofismo cuenta con el respaldo de una clase intelectual, que desprestigia el optimismo tachándolo de frívolo

Protesta contra la violencia sobre las mujeres en Valencia
Protesta contra la violencia sobre las mujeres en ValenciaMÓNICA TORRES

Sin ser tan espectaculares como las encuestas de intención de voto, los barómetros que el CIS publica sobre las preocupaciones de los españoles son igualmente interesantes para observar nuestras tendencias sociales. Entre ellas, es una constante histórica ver que el paro aparece como el principal problema -en una propensión, eso sí, decreciente- o que la calidad de la sanidad y la educación siempre nos inquieta como resulta lógico en todo Estado de bienestar. Tampoco suele cambiar mucho la buena percepción sobre la seguridad ciudadana, lo que se corresponde con la realidad al ser España el sexto país más seguro del mundo y el tercero con menos homicidios de Europa, solo por detrás de Austria y Países Bajos.

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Más oscilación presentan otros indicadores que circunstancialmente ganan audiencia hasta que pasado el tiempo vuelven a niveles reducidos. Tal es el caso del problema catalán, cuyo interés ha caído en más de 20 puntos porcentuales desde el pasado octubre, o el de la violencia machista, que irrumpió con fuerza hace un par de meses y que está regresando a sus porcentajes habituales. Sin minusvalorar la gravedad del tema, ello resulta congruente con nuestras cifras, muy por debajo de la media europea: porcentualmente, se da menos de la mitad de violencia que en Suecia, Francia, Reino Unido o Dinamarca. Otro tanto cabe pensar que ocurrirá con las pensiones, cuestión que hace solo cuatro meses se percibía como un problema por el 3% de la población y que hoy llega al 15%. La manifiesta sostenibilidad del sistema, garantizado al menos a 30 años vista, hará sin duda que la preocupación decaiga.

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La falsedad, como bien sabemos en estos tiempos, puede acabar calando, consolidándose como una “verdad alternativa”

El peso de una agenda mediática tornadiza resulta en estos casos patente; no obstante, donde más se nota su influencia es en dos indicadores casi inalterados desde hace prácticamente una década: la política y la economía. Ciertamente, la evolución aquí no deja de ser anómala y no porque tengamos que pensar que las cosas son maravillosas sino porque la realidad es tozuda. Por eso, llama mucho la atención que, tras encadenar cuatro años consecutivos de incremento del PIB -los tres últimos superando el 3%, más que ningún otro gran país europeo-, adelantar a Italia por primera vez en la historia y vislumbrar un crecimiento similar para 2018, todavía un 60% de los españoles considere que nuestra economía va mal o muy mal. A su vez, opinar como lo hace el 75% que la situación política es mala o muy mala parece cuando menos exagerado.

A la luz de estas respuestas, es paradójico que España conserve una imagen de alegría y optimismo, proyectada por la misma sociedad que -en el propio barómetro- se considera en un 75% muy feliz, lo que contrasta con la negra opinión sociopolítica que aprecian. Ya he sugerido que podemos encontrar un factor explicativo en una prensa crónicamente obsesionada con la idea de crisis, toda vez que cree y así lo reconoce, que vender el apocalipsis es la mejor forma de salvarse de su colapso particular. Para ello, por cierto, no ha dejado de contar con el respaldo de una clase intelectual entregada al catastrofismo, que desprestigia el optimismo tachándolo de frívolo. Y ello, pese a la verdad factual de que, como acredita Steven Pinker, la humanidad no para de progresar.

Con todo, también puede suceder que los encuestados mientan u oculten deliberadamente sus opiniones políticamente incorrectas o que sencillamente no están de moda. Porque ¿desde cuándo no aciertan las encuestas…? Estaríamos entonces ante una especie de eclosión de opiniones fake, correlativas al auge de las noticias fake. Pero la falsedad, como bien sabemos en estos tiempos, puede acabar calando, consolidándose como una “verdad alternativa”, denigrando así el debate público y poniendo en riesgo, finalmente, el funcionamiento de las democracias.

Ante esta amenaza les invito a que miren más allá de nuestras fronteras, comparen nuestra situación política y económica con la del entorno internacional y saquen sus propias conclusiones. Quizá la frivolidad radique en el pesimismo a la moda.

Jesús Andreu es Director de la Fundación Carolina

 

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