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Matar a un niño es matar a un niño

La integración se demuestra no presumiendo del inmigrante que salva a un niño, sino condenándolo cuando lo mata sin señalar su origen o el color de su piel

Ana Julia Quezada, autora confesa del asesinato de Gabriel Cruz.

En The Night Of, una serie sobre las apariencias, un chico estadounidense de ascendencia paquistaní es acusado del asesinato a cuchilladas de una joven en Nueva York. La joven es estadounidense sin matizaciones, de esas identidades que no exigen, por el color de la piel, un informe más detallado. En la serie se enseña un subtexto interesante: el impacto que tiene para una comunidad minoritaria el hecho de que uno de los suyos sea sospechoso de un crimen semejante. La trampa semántica, para empezar, de que cualquiera pueda ser de los suyos. Es decir: formar parte de un equipo cuya alineación ni siquiera conoces.

La ficción, que puede verse en HBO, deja un par de conclusiones escandalosas. La primera de todas es que hay gente que comete un crimen y tiene derecho a responsabilizarse de forma individual, y otra gente, sin embargo, que no puede cometerlo sin comprometer a quienes comparten raza, religión, sexo o nacionalidad con ella. Al igual que le ocurre a un padre con su hijo, es como si dos millones de personas no pudiesen pegar ojo pensando en que todos se estén portando bien. Que nadie de su país pueda estar asesinando a una chica haciéndoles la vida más difícil a todos, quién sabe si provocando el acoso, la agresión o la expulsión del país.

Una de las lecciones prácticas más maravillosas que se dio en España sobre nacionalidades ocurrió cuando el esquiador español Johann Mühlegg fue bautizado Juanito en sus días de gloria y empezó a recordarse que era alemán y se llamaba Johann cuando dio positivo y le quitaron la medalla. Aquello fue tan turbador que apenas duró unos días: por una vez la vergüenza se abrió paso. Más prolongados en el tiempo son los casos de personajes públicos con los que las diferencias ideológicas, por ejemplo, se exhiben recordándoles siempre su país de origen. Eso es el racismo.

Del mismo modo que la libertad de expresión de un país se demuestra tolerando lo que ofende, su voluntad integradora lo hace no presumiendo del inmigrante que se lanza al mar para salvar a un niño, sino condenándolo cuando lo mata sin necesidad de señalar su origen o el color de su piel como agravantes. Por la razón tan delicada y conocida de que un agravante convierte en atenuante lo que deja atrás; quien hace hincapié en que una asesina es negra y le recuerda su país de origen, lo que está diciendo es que si eres blanco y español tienes unos privilegios que no desaparecen ni cuando matas a un niño. Entre ellos, el de que solo te achaquen el crimen. Como si fuera poco.

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