Vencimiento
Y que no se habla cuando se quiere: se habla cuando se puede


Las ondas expansivas de los escándalos por acosos y abusos sexuales en Hollywood producen discusiones interesantes —como el grupo de mujeres francesas que pide “no confundir el coqueteo torpe con el ataque sexual”—, pero también comentarios como aquel que reprocha a las víctimas no haber hablado a tiempo y desliza, así, dos ideas peligrosas: la primera, que no haberlo hecho las transforma en cómplices de lo que sucedió; la segunda, que los traumas tienen fecha de vencimiento y que, pasada esa fecha, no es adecuado mencionarlos. “En este libro mostraré que el primer acto del depredador consiste en paralizar a su víctima para que no se pueda defender. (...) Por mucho que la víctima intente comprender qué ocurre, no tiene las herramientas para hacerlo”, escribe Marie-France Hirigoyen en el El acoso moral. En una relación de trabajo —pero no solo—, buena parte del gozo laberíntico del predador —aun cuando se trate de un igual en la cadena de mando— reside en el ejercicio del poder absoluto. Su enardecimiento ante la víctima se produce también —o sobre todo— por el hecho de haberla acorralado: si hablara, la víctima transformaría su vida en una pesadilla (porque perdería su empleo, porque no conseguiría otro, porque nadie le creería). Me gustaría entender si hay algo reprobable en tener miedo. Porque eso es lo que estamos diciendo cuando decimos que debieron haber hablado antes: “Ahora no pueden hacerlo, porque no cumplieron con su obligación de ser valientes”. Me gustaría entender si les estamos pidiendo un certificado de dignidad para otorgarles, a cambio, el derecho a decir. Creí que ya habíamos comprendido —gracias a sobrados ejemplos— que las huellas de la humillación y del trauma no tienen fecha de vencimiento. Y que no se habla cuando se quiere: se habla cuando se puede. A veces, incluso, no se puede nunca.
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