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EL ACENTO

Felipe VI: 50 años... y seis minutos

El discurso del 3-O representa la contribución catártica de su incipiente y difícil reinado

Felipe VI y su hija Leonor, en las dependencias de La Zarzuela. Ampliar foto
Felipe VI y su hija Leonor, en las dependencias de La Zarzuela. EFE

Puede que la historia, cuando se repite, se degrade a una farsa, pero el aforismo atribuido a Karl Marx -parece más propio de Groucho- se malogra en la experiencia de los Borbones contemporáneos. Juan Carlos I detuvo el golpe militar del 23F igual que Felipe VI abortó el golpe civil del Parlament, dirigiéndose a la nación con la solemnidad y el aplomo de una emergencia, reivindicando para sí la noción de la autoritas en tiempos de desasosiego.

Era la manera de espolear la pasividad contemplativa de Mariano Rajoy. Y el modo de justificar la “actualidad” de su propia figura, más todavía cuando el republicanismo había adquirido corpulencia en la Carrera de San Jerónimo y cuando las alusiones al anacronismo de la monarquía no sólo aspiraban a cuestionar la primera magistratura del Estado, sino formaban parte del sabotaje al sistema. Ninguna manera más oportunista de zaherirlo que el enunciado de la “monarquía constitucional”, una fórmula perversa del imaginario soberanista -¿cabe mayor redundancia provocadora?- a la que Podemos, las mareas y la prensa de pabellón tricolor incorporaron munición dialéctica. Se trataba de reivindicar la república no desde el fervor sentimental o desde el convencimiento político sino desde su valor instrumental en la enmienda total al “régimen del 78”.

Felipe VI, timonel del relevo generacional en la crisis más grave de la institución, no proporcionaba trascendencia su misión, más allá de haber ofrecido su hermana al sacrificio de los humores plebiscitarios y de haberse garantizado la jubilación de su padre, hasta el extremo de marginarlo en los fastos que conmemoraron los 40 años de la restauración de la democracia.

Felipe VI operaba la transición de la monarquía a la monarquía, pero costaba trabajo encontrarle otros méritos más allá de la prudencia o de la justificación. Parecía un rey gobernado por el pueblo. Y no al revés. Naturalmente porque la monarquía parlamentaria constriñe el menor atisbo del absolutismo, pero también porque nuestro rey se desenvolvía permanentemente escrutado, vigilado y hasta intimidado. Sabíamos lo que gana. Lo que hace. Y el ansia de la normalización monárquica, expuesto estos días con sesgo de propaganda en las revistas del corazón, no sólo ha transformado el antiguo boato borbónico en prosaismo funcionarial, también había despojado al monarca de su misterio o de sus poderes litúrgicos. Se había convertido en vulnerable, no digamos cuando presidía las finales de Copa, expuesto al tormento del abucheo y del vilipendio balompédicos.

Felipe VI cumple 50 años. Y el pasaje cualitativo y decisivo de este medio siglo consiste en los seis minutos televisados de su discurso del 3 de octubre. La tutela de la Constitución, el principio de unidad territorial y el papel integrador de la Corona adquirieron una dimensión terapéutica frente la psicosis nacional. El rey se hizo necesario. Y se revistió de legitimidad. No ya preservándose a sí mismo de la guillotina, sino proporcionando garantías a la línea sucesoria de Leonor, cuyos 12 años se observan entre la ternura y el escalofrío hojeando las páginas del Hola.

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