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Nueva gran coalición

Conservadores y socialistas optan por reeditar una fórmula de estabilidad

Angela Merkel estrecha la mano de Martin Schulz.
Angela Merkel estrecha la mano de Martin Schulz. AFP

El principio de acuerdo alcanzado para la reedición de una gran coalición de gobierno entre democristianos y socialdemócratas augura un periodo de estabilidad en Alemania que permitirá a Europa abordar con relativa tranquilidad los retos a los que se enfrenta.

La zozobra que hubiera generado, tanto en el país germano —que ya lleva más de 110 días con un Gobierno en funciones— como en el resto del continente, una repetición de las elecciones generales celebradas el pasado septiembre hubiera llegado en un peligroso momento de auge populista, cuyo discurso precisamente se nutre de dicha inestabilidad. Con lo acordado en una maratoniana ronda de negociaciones entre la canciller Angela Merkel, de la CDU, y Martin Schulz, del SPD, el Gobierno de Berlín tendrá cuatro años para desmontar con hechos el demagogo discurso nacionalista y xenófobo de la ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD). Al tiempo, estará en disposición de liderar junto a Francia los embates que se produzcan en la UE como consecuencia del proceso de salida de Reino Unido.

Como en toda negociación, no ha habido un ganador claro. Aunque los socialdemócratas no han logrado que los conservadores acepten una subida de impuestos a las rentas más altas ni el aumento de la deuda pública, sí que, en cambio, han logrado que los 38.000 millones de euros de superávit fiscal sean dedicados a partidas de carácter social tales como ayuda a la dependencia, educación, escuela gratuita desde los tres años y sanidad. De ese modo, esta nueva Gran Coalición tendrá un carácter mucho más progresista que la primera. Esto era imprescindible para el SPD, que corría el riesgo de verse anulado en la práctica por los conservadores y pagarlo posteriormente en la próxima convocatoria electoral. No hay que perder de vista que la segunda fuerza política de Alemania se dejó 40 escaños en las últimas elecciones legislativas, entre otras razones por su irrelevancia práctica en la pasada coalición de gobierno.

Sin embargo, menos aperturista es el resultado de las conversaciones en el espinoso tema de la inmigración, del que la extrema derecha ha hecho su bandera. Finalmente, la imposición de un tope máximo de entre 180.000 y 200.000 refugiados anuales constituye una victoria del bloque conservador, especialmente de la CSU bávara, el socio del partido de Merkel en ese Estado federal. En el mismo sentido apunta la limitación de la reunificación familiar de las personas con la llamada protección subsidiaria a 1.000 casos al mes que, además, de momento quedará suspendida.

Por lo que respecta a Europa, finalmente, Berlín estará en plena disposición de abordar la reforma de la eurozona y, aunque en principio no se apoyen explícitamente los planes del presidente francés, Emmanuel Macron, en asuntos como la mutualización de la deuda ni la creación de un ministro de Finanzas europeo, es indudable que el Gobierno alemán podrá afrontar ahora estos asuntos sin estar pendiente de las encuestas ni de las andanadas oportunistas de la extrema derecha.

Los acuerdos políticos entre socios fiables siempre son buenos. Por eso, Alemania ha decidido repetir la fórmula.

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