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Monarquía, consenso y democracia

El rey Juan Carlos I utilizó un estilo muy personal en la manera de ejercer su 'auctoritas'

El rey Juan Carlos I en el discurso televisado en la noche del Golpe de Estado, del 23-F.
El rey Juan Carlos I en el discurso televisado en la noche del Golpe de Estado, del 23-F.

“A mí el que me importa es ese niño”. No resulta fácil interpretar estas palabras sobre Juan Carlos de Borbón escritas por Indalecio Prieto en 1949, cuando el nieto de Alfonso XIII tenía once años y el líder socialista aún no se había recuperado del fiasco que supuso el pacto de San Juan de Luz entre monárquicos y socialistas, firmado por él en nombre del PSOE. Su preocupación por el futuro Rey de España podía deberse a razones sentimentales, a las que tan dado era el viejo Prieto, conmovido por la suerte de un niño utilizado como moneda de cambio en las relaciones entre Franco y su padre, don Juan de Borbón. O tal vez atisbó en él un protagonismo histórico que nadie entonces podía imaginar, ni siquiera aquellos dirigentes socialistas cada vez más inclinados a aceptar una solución monárquica al problema de España.

Parecía difícil que democracia y monarquía llegaran a confluir en un régimen integrador que contara con ese “asenso común” que, según Manuel Azaña, le había faltado a la Segunda República. Es lo que desde la transición llamamos consenso, un concepto clave en nuestro vocabulario político que tiene mucho que ver con la aportación de Juan Carlos I a la vida pública española desde el comienzo de su reinado: “Que todos entiendan con generosidad y altura de miras”, declaró al ser proclamado Rey, “que nuestro futuro se basará en un efectivo consenso de concordia nacional”. Había serias dudas, sin embargo, de que don Juan Carlos, un verdadero desconocido para la mayoría de los españoles, tuviera las condiciones necesarias para hacer de su reinado una experiencia histórica sin precedentes, demostrando que era posible conciliar monarquía y soberanía popular y aunar estabilidad democrática y progreso social.

Fue una obra colectiva, en la que tuvo un papel destacado la generación del rey —desde Adolfo Suárez hasta Felipe González—, nacida en torno a la Guerra Civil, pero a la que Juan Carlos I contribuyó decisivamente con un estilo muy personal en la manera de ejercer su auctoritas, una mezcla de intuición política, voluntad integradora y, en momentos clave, don de mando. Sobre estas tres cualidades construyó un liderazgo sutil, pero efectivo, ejercido desde 1978 en el marco de la Constitución y siempre subordinado a la autoridad del poder ejecutivo, expresión de la soberanía nacional. Adolfo Suárez dio testimonio de ello al evocar en cierta ocasión un episodio vivido por él en La Zarzuela en su etapa de presidente del Gobierno. Un día, mientras despachaba con el Rey, entró el príncipe Felipe sin llamar a la puerta. Su padre le ordenó salir del despacho, llamar y, “si el presidente Suárez te lo permite”, volver a entrar. Aquel día, según Suárez, don Felipe aprendió “la gran lección de respeto institucional que el Rey le había impartido”.

Desterrar el borboneo y sustituirlo por un liderazgo discreto al servicio de la democracia fue una de sus grandes aportaciones a la refundación de la Monarquía, que adquirió durante su reinado un particular sentido meritocrático. En un país con pocos monárquicos incondicionales —Franco llegó a decirle a uno de ellos que eran “cuatro gatos”—, no bastaba con invocar “el sufragio universal de los siglos”, como hizo el tradicionalista Vázquez de Mella en el siglo XIX para justificar la institución. Hacía falta el sufragio de verdad, expresado en las urnas el 6 de diciembre de 1978 al someterse a referéndum una Constitución democrática que consagraba la Monarquía como forma de gobierno. Era un hecho sin precedentes, pues ni la Constitución republicana de 1931 ni la propia República —no digamos las Constituciones anteriores— fueron refrendadas por el pueblo. Pero esa legitimidad de origen ligada al referéndum de 1978 debía completarse con una legitimidad de ejercicio ganada día a día en el desempeño de sus funciones constitucionales. Una de ellas, la jefatura de las Fuerzas Armadas, resultó decisiva para frustrar la intentona golpista del 23-F, tal como el propio monarca pudo comprobar durante aquellas horas al ponerse en contacto con los mandos militares más proclives al golpe: “Señor, yo haré lo que me ordene”, le dijo uno de ellos; “pero ¡qué ocasión estamos perdiendo!”.

Para muchos, era el Rey quien investía de carisma a la institución

El 23-F hizo del juancarlismo uno de los mitos fundacionales de la transición democrática, aunque su origen se remontara a las elecciones de 1977. “La democracia ha comenzado”, declaró el Rey al inaugurar como “monarca constitucional” —tales fueron sus palabras— las Cortes Constituyentes elegidas el 15-J en un acto cargado de solemnidad que la diputada comunista Dolores Ibárruri calificó de “maravilloso” ante los periodistas que recabaron su opinión. El apoyo del Rey al proceso constituyente, su defensa de la reconciliación nacional y su apuesta por el consenso como forma de alcanzar una democracia estable y duradera le valieron un amplio reconocimiento social que se tradujo en una creciente aceptación de la Monarquía en un país, pese a todo, con más juancarlistas que monárquicos. Para muchos españoles, era el Rey quien investía de carisma a la institución que encarnaba, y no al revés.

Una vez consolidada la democracia tras la “prueba de esfuerzo” del 23-F y la victoria del PSOE en 1982, su reinado entró en una larga etapa de normalización en la que la Corona brilló principalmente por la contribución del monarca a la proyección exterior de España. Este fue un aspecto clave de su papel institucional, como demuestra el hecho de que durante su mandato visitara más de cien países, a una media de seis viajes por año, según el informe España y las otras Monarquías parlamentarias del siglo XXI, elaborado por el Círculo Cívico de Opinión. Pero las crisis políticas y económicas que se sucedieron desde los años noventa acabaron afectando a su figura, tanto en la fase final del gobierno de Felipe González como en la última crisis económica, que desencadenó una desafección sin precedentes, con un fuerte componente generacional, a las instituciones surgidas de la transición democrática.

Con el tiempo, el juancarlismo, en lo que tenía de culto a la personalidad del monarca y de protección excesiva de su figura, se acabó volviendo contra él. Si en el pasado se habían magnificado sus indudables virtudes públicas, el fin del hechizo trajo consigo una sobreexposición de los errores cometidos en su vida privada. Que su abdicación se produjera en pleno declive de su imagen pública no debe condicionar, sin embargo, el balance global de su reinado a partir de una comparación entre la España que encontró en 1975 y la que dejó al renunciar al trono treinta y nueve años después.

Juan Francisco Fuentes es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Complutense de Madrid y coautor del libro Rey de la democracia (Galaxia Gutenberg).

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