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Personajes que no paran de hablar: así revolucionó Aaron Sorkin el mundo de las series de televisión

El creador de 'El ala oeste de la Casa Blanca' o 'The Newsroom' debuta como director en el cine con 'Molly's Game', con Jessica Chastain, que se estrena este viernes

Aaron Sorkin

"Y ahora le pregunto, coronel Jessep, ¿ordenó usted el Código Rojo?". Esta frase que pronuncia (más bien grita) Tom Cruise frente a Jack Nicholson en la escena definitiva de Algunos hombres buenos (1992) seguramente resuene en la cabeza de los cinéfilos como uno de los momentos grandes del film y también del género judicial. Pero poca gente se la atribuye a Aaron Sorkin, el que años después revolucionaria la televisión como creador de El ala oeste de la Casa Blanca o The Newsroom.

Por entonces, Sorkin no era el guionista estrella que es en la actualidad, y consiguió en este film colocar su primer trabajo importante en cine, escrito a partir de una obra propia que se representaba en teatros alternativos. Sin embargo, si uno se fija bien, en la película de Rob Reiner ya estaban algunos de los temas predilectos de Aaron Sorkin: los mecanismos de poder, la tensión entre diferentes jerarquías en una organización o las relaciones personales en un ambiente de presión. Y, por supuesto, también brilla esa incontinencia verbal de la que hacen gala sus personajes, que prefieren usar las palabras como armas antes que llegar a las manos. Porque ciertas palabras (y cómo se dicen) pueden hacer más daño que un puñetazo bien dado en la mandíbula.

El éxito de esta película le abrió las puertas de los estudios de Hollywood. Del teatro, donde había empezado, saltó al cine. Firmó el guion de Malicia (1993), un thriller típico de los noventa, con tensión erótica y un misterio más bien insulso, protagonizado por Alec Baldwin y Nicole Kidman. Más que un premio, parecía un castigo.

Pero más interesante fue su siguiente trabajo, El presidente y Miss Wade (1995), de Rob Reiner (de nuevo) y protagonizada por Annette Bening y Michael Douglas, en lo más alto de sus respectivas carreras. Esta película, que cinematográficamente aporta más bien poco, es bastante determinante en la carrera de Sorkin. Por primera vez pisa el terreno más íntimo de la residencia presidencial, algo a lo que consagrará gran parte de su carrera. Y también aparece en el reparto Martin Sheen, que años después se convertiría en Jed Bartlet, el inquilino (de ficción) más famoso de la Casa Blanca. Bush y Trump podían haber aprendido las cosas buenas de él, pero no lo hicieron.

Sport Nights (1998-2000) fue el primer programa televisivo propio de Aaron Sorkin, y también descubrió un interés que se repetiría a lo largo de su carrera varias veces: el mundo de la televisión como objeto de análisis. En este caso, se fijó en el equipo de un programa deportivo que no pasa, precisamente, por su mejor momento. La crítica se rindió a Sorkin, pero el público no conectó con esta sit-com, que no parece una sit-com. Y esa duda genérica la pagó con la cancelación por parte de ABC tras dos temporadas. Pero el estilo Sorkin, personajes que hablan y andan al mismo tiempo mientras son filmados en un plano secuencia, ya estaba establecido, probado y confirmado.

Y así lo demostró en El ala oeste de la Casa Blanca. Junto con Los Soprano, A dos metros bajo tierra, Deadwood, Perdidos y The Wire es, sin duda, una de las series que impulsaron la nueva edad de oro de la televisión que vivimos actualmente. No fue bajo el paraguas de la HBO, productora clave en este resurgimiento catódico, sino en la NBC. La cadena apostó fuerte por el guion de Sorkin, que ejerció también como showrunner de la serie, teniendo por fin el control total sobre su obra. Durante siete temporadas, de 1999 a 2006, se convirtió en un verdadero hito de la tele made in Usa. Arrasaba continuamente en los Emmy (hasta que llegó Mad Men poseía varios récords) y revitalizó las carreras de Martin Sheen y Rob Lowe, ya alejado de su imagen de ídolo teen de los ochenta.

Pero la gran aportación de la serie (y, probablemente, el secreto de su éxito) reside en su forma de mirar hacia la alta política, en la humanización de los personajes y en la cercanía con la que Sorkin recorre con su cámara (plano secuencia, por si había alguna duda) los pasillos y despachos, mientras sus personajes hablan y hablan. A veces de asuntos de estado, otras de asuntos del corazón y, a veces, de cosas tribiales y mundanas. También jugó a la política-ficción avanzando algunos sucesos posteriores: un presidente de origen latino o algunos coflictos del tablero de la geo-política. Brillante, sin duda, porque vale tanto para ilustrar una clase de cine, como una de una escuela de protocolo.

Tras algunos escándalos privados que dieron para jugosas noticias en los medios de Hollywood especializados en la crónica social, Sorkin volvió al mundo de la televisión con Studio 60. Repetía el modelo de Sport Nights, pero esta vez buceando en un programa de sketches cómicos que recordaba a Saturday Night Live. La serie no pasó el corte de la primera temporada, donde mueren tantos productos televisivos, y Matthew Perry, su protagonista, no pudo repetir el éxito de Friends. Pero el fracaso no hizo que Aaron Sorkin flojeara en su obsesión por el mundo de la tele. Esta vez le tocó a la redacción de un informativo nocturno en prime time que es donde se desarrollaba The Newsroom.

Los más críticos con la serie (que hay muchos) la acusan de convertir el oficio periodístico en un espectaculo irreal, repleto de fuegos de artificios y música celestial. Quizás tengan razón, pero lo que está claro es que durante tres temporadas, Sorkin le pegó un buen repaso a todos los sucesos importantes sucedidos en la última década en su país y también se mojó en política. Aunque algunas veces sus propuestas y discursos resultaran cuestionables.

Mientras se convertía en el rey de la tele, el guionista seguía construyendo una interesante carrera en el cine. Siempre con buen ojo a la hora de buscar aliados que no destrozaran sus textos una vez que gritaban "acción". Como con el veterano Mike Nichols en La guerra de Charlie Wilson (2007) o el más joven Bennet Miller en la fantástica Moneyball (2010). Pero tampoco le importó que David Fincher llevara a su terreno (con su apabullante narrativa) la historia de Mark Zuckerberg y la fundación de Facebook en La red social (2011). De nuevo levantando testimonio de la historia de su país, como lo haría con la biografía del fundador de Apple en Steve Jobs (2015), donde encontró un complemento perfecto en el estilo efectista y efectivo de Danny Boyle, que arropaba con habilidad sus líneas de diálogo.

En 2017 decidió ponerse tras la cámara de cine por primera vez en su carrera. Entre charlas y masterclass sobre guion (que imparte también online), sacó tiempo para escribir y dirigir Molly's Game, el film que llega este fin de semana a las carteleras españolas y que cuenta la historia real de Molly Bloom, que pasó de ser deportista de élite a la gran organizadora de partidas de póquer para estrellas del cine y millonarios. Un retrato de un empresaria de éxito al margen de la ley, que protagonizan Jessica Chastain e Idris Elba. Aquellos que disfruten con el toque Sorkin, lo pasarán de maravilla con otros nuevos personajes que no paran de hablar. Y que lo hacen realmente bien. Mientras su director sigue levantando testimonio de la historia de EEUU.



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