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BLOGS Por ANA ALFAGEME

Mi gata no es cuqui ni adorable

Un alegato muy personal contra la imagen candorosa de los felinos

'Saba', la gata que no es cuqui. Ampliar foto
'Saba', la gata que no es cuqui.

Gatos que se acurrucan en el regazo de su dueño, que se restriegan la cabeza con su cuello, gatitos peluchones con grandes ojos. ¡Basta! Basta ya de engaños y mentiras. Si hay esos gatos, son muy pocos. Y esos ratos idílicos, mucho menos. Los gatos arañan todo lo que se pone por delante: cojines, sofás y dueños. Los gatos tiran al suelo (y rompen) todo lo que se les antoja: el pan recién comprado, las llaves de casa, el marco con la foto preferida. Y se acomodan donde les place, allá tú si es el mejor sitio para ver la tele. Los gatos se ponen a correr por las paredes por la noche como posesos. Lo afirmo: los gatos existen para fastidiarnos.

Lo digo con conocimiento de causa. Mi gata Saba es arisca, así de simple. Molesta todo lo que puede y más. Cuando no estoy en casa está tranquilita, seguro, pero en cuanto llego empieza la fiesta. Maúlla cada vez que entro en la cocina para que le ponga comida, cada vez, aunque tenga el cuenco lleno. Espera a hacer sus cacas a que haya limpiado el arenero. Me araña cada vez que quiero acariciarla. Se pone delante de la tele cuando quiero ver una serie. Maúlla para que le abra la terraza haga el frío que haga y luego no sale. Se sube por las mesas y tira lámparas, bolígrafos y lo que pille. Rasca las puertas correderas del armario para abrirlas un poco y sacar toda la ropa. Se tira a arañar mis piernas cuando camino por el pasillo. No se puede dejar algo de picar en la mesita del salón porque ella es la primera que lo cata. La mía es la única terraza sin plantas del barrio porque se las come o las desentierra.

Y a pesar de tener rascadores, alfombritas y juguetes, solo se afila las uñas en los dos sofás que tengo. En el de cuero, además, se pasea cuando acaba de hacer pis para dejar bien marcadas sus huellas húmedas. Y el de tela está tan andrajoso que da asco sentarse en él. Los rascadores y demás objetos están nuevos, Saba pasa a su lado indiferente.

'Saba' sobre los apuntes. ampliar foto
'Saba' sobre los apuntes.

“Yo tengo dos gatos y no son así”, rebate Beatriz Arévalo, veterinaria madrileña. Se trata de dos gatos de razas “tranquilas”: un gato persa y un Maine coon. “Hay razas que mantienen muchas costumbres del animal salvaje, por ejemplo, el abisinio, que son muy nocturnos y no usan el arenero porque en la naturaleza orinan en los ríos”, explica Arévalo.

Y es que quien piense que un gato es un animal doméstico y que su hábitat natural es la casa, anda bastante desencaminado. Arévalo sentencia: “Los gatos son el animal doméstico que más conserva su parte salvaje”. En esa afirmación coincide Estefanía Pineda, veterinaria y especialista en comportamiento animal en el Servicio de Etología Clínica de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). “Muchos de los problemas que tenemos con los gatos es porque todavía no hemos podido hacer de él un animal doméstico, al contrario de lo que sucede con el perro que llegan a tener un vínculo muy estrecho y afectivo con el ser humano. El gato sigue siendo aún el gran desconocido para nosotros porque se ha estudiado mucho menos que el perro, por ejemplo”, explica.

Así que, avisados. Porque por mucho que los gatos de Beatriz Arévalo sean pacíficos y la mía no, al final “la gente que tiene gato tiene que tener una casa para gatos”, afirma Arévalo. Por ejemplo, ella no tiene muchos adornos en su hogar y los pocos que hay son “muy pesados”. De esta manera impide que sus animales tiren las cosas por el suelo. Y añade: “Una casa con gato tiene que tener juguetitos de gato por el suelo”. No es necesario gastar dinero, pueden ser simples bolitas de papel de aluminio, que crujen y las pueden coger con la boca, o el interior de una bobina de hilo acabada, o un bolígrafo vacío. A muchos les gustan los pequeños peluches, que pueden trasladar en la boca. Aunque para jugar, lo mejor es, dice la veterinaria, tener otro gato (¿dos? ¿Cómo Saba?).

Pineda afirma que, generalmente, los gatos son equilibrados. “Es difícil que tengan problemas de comportamiento. Muchas de las conductas que para nosotros son malas, para ellos son innatas, naturales. Por ejemplo, tienen una conducta innata de cacería. Y por ello hacen cosas como mordernos los tobillos, que para nosotros son inaceptables”. O la conducta del rascado “que es un sistema de comunicación”, dice.

'Saba' pasa el día sobre el aparato de la televisión por cable. ampliar foto
'Saba' pasa el día sobre el aparato de la televisión por cable.

Por ello, esta especialista en comportamiento recomienda no gritarles ni castigarles cuando rascan o arañan. “Son conductas no alteradas en ellos, no son patologías. El gato no entiende por qué le castigamos por una conducta que es normal y eso hace un animal ansioso”, avisa. “Ellos juegan a veces con la boca. Debemos pensar que sus garras y dientes son un sistema de comunicación. Lo que nosotros haríamos hablando, ellos lo hacen rasguñando”.

La manera de educarlos es redirigiendo conductas, que cambien el lugar donde rascan por otro. “Si él es astuto, tú más”, resume Arévalo. Para esos sofás llenos de colgajos por los arañazos, la especialista aconseja lavar la zona con amoniaco para disipar el olor. “Cuando un gato rasca, lo que está haciendo es marcar el territorio. Son muy territoriales y marcan con las feromonas que secretan las almohadillas de las patas. Arañar el sillón es marcar; está comprobado. Lo que hay que hacer es reconducir la costumbre”, indica. Así que, además de limpiar el lugar donde suele arañar (y no debe) con amoniaco, se puede rociar con un producto especial para el marcado “que es una feromona”, dice Arévalo. “Para que no se tiren a los tobillos hay que jugar más con ellos y ponerles juguetes de cacería como pequeños animales de goma u otros. Es un animal con unas conductas propias de un felino, por lo que hay que buscarle una salida a esas conductas naturales”, añade Pineda.

Ayer quise acariciarle a Saba suavemente la cabeza antes de venir a trabajar. El arañazo fue profundo y me hizo sangrar. La miré a los ojos con fiereza y le dije bajito. “Tú vas a salir de esta casa bien pronto”. Y la muy cretina ni se inmutó, se dio media vuelta y siguió mirando la calle por la ventana desde su atalaya del respaldo del sofá. Cuando me alejé creí escuchar: “Ni lo sueñes, petarda”.

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