Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Lumbalgia

Mientras se adentraba en el mar, comprobé que Dolph Lundgren mantiene ese físico de los ochenta

Dolph Lundgren, el pasado 6 de agosto en Marbella.
Dolph Lundgren, el pasado 6 de agosto en Marbella. Getty Images

Aunque muchos de mis amigos no estén de acuerdo conmigo, me encanta que Marta Gayá se haya reencontrado con el rey emérito en Irlanda. Me parece un nuevo tipo de historia de amor, esa que se toma un tiempo, pasa por muchas cosas en esa distancia, ve a muchas personas entrar y salir, incluso permanecer y en el momento más inesperado, el reencuentro no te regresa al mismo lugar donde terminaste sino a uno distinto, quizás más sereno, más auténtico. Más consolidado. Puede que el Rey sea otro, ahora es emérito, pero en mi opinión, Marta es la misma. Una señora, tan encantadora como paciente.

Unos días antes de que este cuento de hadas adulto nos sorprendiera en la república de Irlanda, en Marivent hubo una espera de dos horas y media por el presidente del Gobierno. Porque, después de su carrera matinal, Mariano, hizo una toilette larga y un desayuno corto antes de dirigirse a su despacho y al entrar vio, con resignación, el paquete de medidas para enfrentar la cuestión catalana que le habían dejado sobre un escabel al lado de su mesa. Sin pensarlo dos veces lo cogió y, ay, ¡ay!, pesaba más de lo que parecía y ese gesto provocó el tirón lumbar. Y con él, ese dolor seco en la parte baja de la espalda. Al dolor de cabeza se sumaba la lumbalgia, pesadísima e inoportuna. Todo lo contrario del reencuentro en Irlanda.

Pensé un poco en la reina Letizia. La imagine aguantando dos horas y media de plantón, con sus hijas vestidas en modo clónico, algo que ella, por cierto, nos ha hecho aceptar, mientras le iban llegando comentarios de lo que había pasado en Irlanda. Y además sin poder decir nada ni hacer nada por aligerar la espera y el despacho. Seguí imaginándome como se iba poniendo más y más molesta, el tiempo eternizándose en Marivent. No sabemos donde continúan sus vacaciones los Reyes, quién sabe si también a Irlanda.

Mariano Rajoy llegando a Marivent Palace en Palma de Mallorca.
Mariano Rajoy llegando a Marivent Palace en Palma de Mallorca. AFP

Acudí invitado a la gala de la Asociación contra el Cáncer en Marbella, antológica cita social que siempre quiere volver, como los amores verdaderos. Gracias a esta invitación, me aloje en el Marbella Club, una auténtica reliquia, en perfecto estado y más que un club un palacio poblado por los fantasmas del glamur de los setenta y ochenta. Algunos se materializan como Dolph Lundgren, avanzando por la playa sin que nadie le molestara.

¿Quién es Dolph Lundgren? pregunto una de esas blogueritas que están en todas partes. Un dios nórdico, esculpido por el karate. Un sueco contemporáneo de Rajoy, que fue descubierto por un productor hollywoodense que lo convirtió en uno de esos forzudos del cine de los ochenta como Silvester Stallone y Jean Claude Van Damme. Además, Lundgren fue novio de Grace Jones y juntos explotaron la interracialidad de su relación, sirviendo de inspiración a muchos europeos. Mientras se adentraba en el mar, comprobé que Lundgren mantiene ese físico de los ochenta. Y por la manera en que se hundía en ese mar oscuro, supe que había aprendido que la mejor cura para la lumbalgia es el contraste frío-calor que Mariano aún no ha descubierto.

Una vez que tocas Marbella, el camino inevitable es seguir a Ibiza. Ibiza no es tierra de reliquias sino de tendencias. El año pasado era la ayahuasca, una mezcla de hierbas que no curaba la lumbalgia pero te adentraba en tu inconsciente. Este verano la moda es debatir si el turismo es sostenible o no. Una discusión casi tan larga como el amor entre Juan Carlos y Marta. Y como publican que vendrán más de 85 millones de turistas este año, los precios en los restaurantes de moda en la isla se han disparado tantísimo que la verdadera nueva tendencia es ir a restaurantes turísticos abarrotados. “Ayer fui a Nobu y me salí a la calle. Estoy harto de esos restaurantes que gritas porque la música es lo único que escuchas y no pagas”, dijeron.

Quizás por eso, un destacado empresario hostelero nos llevo a cenar a Pinocho, una trattoria en pleno centro de Ibiza, fundada en 1971. Decorada con manteles de cuadros, carta en cuatro idiomas y comidas antiguas, cero sostenibles, ni alcalinas ni veganas. “Un poco de empacho es bueno”, dijo una comensal y volví a pensar en Marta Gayá, que conoció al Rey emérito a principios de los noventa y que ahora puede colaborar a poner de moda platos de ese entonces para superar las lumbalgias de ahora.