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¿Fomentamos niños independientes para no sentirnos culpables por nuestra falta de tiempo?

Una cosa es acompañar el desarrollo de la autonomía de nuestros hijos para que no lleguen a los 40 sin saber hacerse una tortilla y otra fomentar su autosuficiencia absoluta

¿Fomentamos niños independientes para no sentirnos culpables por nuestra falta de tiempo?
Getty Images/iStockphoto

En nuestra sociedad actual el concepto de independencia tiene un gran valor moral y eso se observa en la crianza y en la educación de los niños. También lo vemos en artículos, blogs o libros, a través de los cuales se bombardea a los padres con consejos sobre cómo criar hijos independientes. O con los peligros de no hacerlo.

No siempre fue así, pero es complicado poner una fecha exacta al inicio de este enamoramiento social por el individualismo. Para Marta Ausona, doctora en Antropología Social y Cultural por la Universidad de Barcelona especializada en maternidades y crianzas contemporáneas, el concepto surge como consecuencia de diversos cambios a lo largo de la historia. Uno lo sitúa en la aparición de la burguesía y la búsqueda por parte de este estamento de “sus propios espacios”. El más importante, sin embargo, no se produciría hasta mediados del siglo XVIII, con la Ilustración, cuando se comenzó a hablar de manera más clara de la libertad individual, “una libertad que está por encima de los vínculos comunitarios”. Tendría que pasar más tiempo hasta que ese individualismo llegara a la educación ya que, dada la inclusión por igual de niños y adultos en la vida cotidiana, “la infancia fue un concepto indeterminado hasta el siglo XVIII, cuando poco a poco fue tomando forma como una categoría diferenciada”, como explicaba en 1960 Philippe Ariès en su libro El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen.

Aunque la hegemonía cultural de Occidente nos hace pensar que nuestros valores son los que están por encima de los demás, este valor moral que se le atribuye a la independencia tampoco se puede extrapolar a todas las sociedades. Según la antropóloga, en otras, a diferencia de la nuestra, “lo que se busca es precisamente crear interdependencias porque se considera que el ser humano no puede estar aislado sino que tiene que ser social; conciben que la interdependencia beneficia al grupo porque si no se diluye la comunidad”.

Rosa Jové, psicóloga, antropóloga e historiadora, y autora de bestsellers como Dormir sin lágrimas o La crianza feliz, opina que el concepto de independencia en la infancia, tal y como lo conocemos hoy, “nos lo hemos “montado” los padres porque nos resulta más cómodo que criar a un hijo, jugar con él o pasar noches sin dormir, que es más cansado”. Según Jové, a los padres se nos trasladan estas ideas de independencia para que no nos sintamos culpables cuando tenemos que hacer cosas y no podemos dedicar más tiempo a nuestros hijos: “Lo de la independencia es una falacia, es un mito que circula para suavizar el sentimiento de culpabilidad, pero no es ninguna ventaja ni debería ser ningún objetivo que el niño sea independiente”.

Autonomía e independencia

Aunque la cuestión no es demonizar el concepto de independencia, cabe plantearnos qué significa realmente y preguntarnos si es positiva “tanta” independencia o hacia dónde nos lleva. Por un lado, Marta Ausona considera que la idea o dogma de independencia absoluta, fomentada por el individualismo neoliberal, “nos pone ante el mundo solos, aislados, y compitiendo unos con otros, en lugar de ver todo el tema estructural y comunitario que hay detrás”.

Cita Marta Ausona el documental La teoría sueca del amor, de Erik Gandini, a través del cual podemos ver los efectos de las fuertes políticas individualistas que se hicieron en Suecia para que las personas, a nivel individual, no tuvieran que depender de su familia a nivel económico ni emocional. “En el documental se veía el aislamiento, la soledad, el aumento de los suicidios, la cantidad de personas que morían solas, muchas veces incluso sin que nadie supiera que habían muerto hasta pasados meses o años”.

Para Verónica Pérez Ruano, especializada en psicología infantil y juvenil y fundadora del gabinete Raíces, las continuas peticiones y demandas de la sociedad para fomentar la independencia tienen como consecuencia que a los niños se les exija más de lo que sería su evolución espontánea, de aquello que les correspondería por edad: “Empiezan el colegio antes de la edad que sería adecuada, algo que les impide completar su apego familiar correctamente. Tampoco tienen suficiente tiempo dedicado exclusivamente al juego y están expuestos a un exceso de tecnología desde muy pronto”, explica. En ese sentido, la psicóloga también hace referencia a la gran cantidad de información sobre crianza que anima e incita a los padres a que fomenten rápidamente la independencia del niño en casa y a que hagan exactamente lo contrario de lo que la mayoría de veces dice su sentido común: “Tenemos a muchos niños llorando solos en sus camas y a padres pasándolo mal por no poder atender a su llanto bajo la idea de fomentar su independencia. También a muchas madres justificándose si siguen dando la teta o durmiendo con sus hijos, cuando es algo que afecta exclusivamente a esa madre y al niño”.

El ejemplo que pone Pérez Ruano del sueño infantil es donde más claramente se ve el valor de la independencia. Rosa Jové, que ha investigado durante años este aspecto del desarrollo infantil, opina que “no se puede pretender que un niño duerma solo a los ocho meses para que sea independiente el día de mañana”. Señala Jové que al igual que “los árboles no crecen tirando de las hojas”, los adultos tampoco deberíamos tener prisa por conseguir que los niños hagan cosas que no les corresponden o para las que aún no están preparadas por edad. Cosas que, además, estarían enmarcadas más en un concepto de autonomía que de independencia, entendida ésta como la capacidad de hacer o de saber hacer determinadas cosas por nosotros mismos sin depender de otras personas: “Una cosa es acompañar el desarrollo de la autonomía de nuestros hijos para que no lleguen a los 40 sin saber hacerse una tortilla o coser un botón y otra muy distinta fomentar su independencia absoluta”.

Criar niños interdependientes

Afirma Rosa Jové que vivimos en una sociedad muy solitaria, aislada. Tanto, que son muchas las ocasiones en las que cuando tenemos un problema “no sabemos a quién recurrir”. Es el reflejo de lo que el sociólogo polaco Zygmunt Bauman definía en 'Comunidad' como “sociedades líquidas”, y con las que se refería al entorno social del presente siglo XXI. Sociedades caracterizadas por una fuerte individualidad y desvinculación del otro, lo que provoca la ruptura de los lazos comunitarios y deja al ser humano realmente solo. Una soledad que no afecta únicamente a las relaciones personales o laborales, también a las familiares.

En este sentido, para Jové, cuando nos convertimos en padres es cuando más experimentamos esa ruptura comunitaria: “Cuando tienes un hijo por primera vez no sabes cómo bañarle, cómo ponerle un pañal, qué hacer si ocurre algo... Los padres se encuentran con un montón de dudas y muchas veces no tienen a nadie cerca a quien preguntarle. Incluso ocurre que la familia vive lejos, los amigos no tienen hijos o no nos atrevemos a ir a los vecinos. Criamos solos y no tenemos un apoyo social o familiar al lado. En mi época en mi casa no solo vivíamos mis padres y yo, también vivía con nosotros una abuela, una tía soltera, mis hermanos. Yo recuerdo que las vecinas se ayudaban entre todas”.

Como señalaba Marta Ausona difiere la nuestra de otras sociedades en las que prima el “yo soy yo pero también soy los demás”, y por tanto al niño lo que se le enseña es a ser un ser social, es decir, “interdependiente de los otros”. La importancia de criar niños interdependientes radica en que todos somos interdependientes, por eso vivimos en sociedades. “Si pudiéramos vivir como un lobo estepario estaríamos solos pero somos interdependientes en lo afectivo y en lo económico. Yo soy interdependiente de mi jefe, me explote o no, y soy interdependiente del panadero porque si no, no como pan, pero se oculta el valor de la interdependencia”.

Al final, para la antropóloga, la idea es cuestionarnos a nosotros mismos, lo que estamos haciendo, hacia donde estamos yendo. ¿Nos produce bienestar la manera en la que estamos viviendo y criando? “Quizás lo ideal fuera entender que somos interdependientes, vulnerables y que necesitamos lazos comunitarios y ayuda mutua. Ser seres sociales no significa dejar de ser individuos libres porque yo puedo formar parte de mi familia, de mi entorno, y eso no me quita individualidad”.

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