Editorial
Es responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacional

El paso firme de Macron

El presidente francés despliega el liderazgo internacional que Europa necesita

Emmanuel Macron (d) y su homólogo de Rusia Vladimir Putin (i) el pasado  29 de mayo.
Emmanuel Macron (d) y su homólogo de Rusia Vladimir Putin (i) el pasado 29 de mayo. ETIENNE LAURENT (EFE)

Los primeros pasos del presidente francés Emmanuel Macron en política internacional son prometedores y están en línea con lo que los ciudadanos europeos parecen esperar de él. En su primer viaje oficial al exterior, en Berlín, fue aclamado con un alborozo similar al que suscitó Barack Obama al poco de su elección. “Espero ser merecedor del mismo entusiasmo al final de mi mandato”, dijo el líder francés.

En solo un mes en el Elíseo, Emmanuel Macron afronta ya su primera crisis interna por un caso de presunto nepotismo de uno de sus ministros, pero apenas sufre erosión de cara a las próximas legislativas (del 11 y 18 de junio) gracias, muy probablemente, a la estatura de estadista que ha logrado ya en la escena global. Sus intervenciones están logrando el rearme moral de Francia y, de paso, están ayudando a sacar a Europa de su letargo.

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Macron es un mandatario capaz de plantar cara a las decisiones autoritarias que llegan desde Moscú y Washington. En sus encuentros con Vladímir Putin y con Donald Trump se ha mostrado firme, marcando el paso de un europeísmo sin complejos y sin concesiones, estandarte de la democracia y el multilateralismo. En una política de gestos de gran calado, el joven Macron aguantó el agresivo apretón de manos del americano y a Putin le recriminó, entre otras cosas, su injerencia en la campaña electoral francesa.

En una coyuntura europea adversa marcada por el Brexit, el viento sopla a su favor con una inesperada reacción de unidad en Europa y con la canciller Angela Merkel como su más sólida aliada. Pero su impulso no es suficiente para dar respuesta a todos los desafíos. La ambición de sus proyectos a escala europea requiere una más amplia concurrencia. España, como Italia, debería desempeñar un papel más activo en vez de limitarse, como en tantas ocasiones, a caer en un seguidismo que desemboca en la irrelevancia.

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