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Tápate el corpus: llega la moda monja

Durante décadas, la moda femenina se ha utilizado como una herramienta de seducción. Quizá ya está bien. Hay todo un movimiento que reivindica taparse

Estilismo: Lyson Marchessault. Coordinación: Adrián Gonzálen-Cohen
Estilismo: Lyson Marchessault. Coordinación: Adrián Gonzálen-Cohen

Las Spice Girls hicieron mucho daño en el imaginario colectivo. Vale, no se puede decir que Victoria Beckham, con sus bolsos Hermés multicolor y su pelo oxigenado, fuera el epítome del buen gusto. Sin embargo, lo cierto es que la pija más hortera de Reino Unido sigue siendo pija, pero no hortera. De hecho, su marca homónima, creada en 2007, es la más rentable de la industria de la moda de lujo: ha crecido nada menos que un 2.900% (es decir, casi 30 veces) en estos ocho años y ha ganado dos veces el premio a la mejor firma británica. Sí, los looks de las Spice siguen dañándonos el cerebro, pero Victoria ha escalado puestos dando carpetazo a la ostentación de antaño: ahora ni diseña (ni viste) un solo vestido por encima de la rodilla, aborrece la lycra, los estampados chillones y los escotes. ¡Sorpre-sa! La señora Beckham es la reina de la moda pudorosa.

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Principios de junio. Lena Dunham cuelga en Instagram una captura de pantalla de una conversación de whatsapp con Leandra Medine, autora del blog The Man Repeller: “Hola, guapa. Aquí Lena: Jenni quiere saber por qué ahora mismo lo más es vestir como un judío ortodoxo”. Respuesta: “Dos palabras cortas, dos chicas bajitas: The Row”. Para profanos en estas lides, The Row es una marca creada y gestionada por las Olsen. Sí, las gemelas que pasaron de niñas prodigio de la televisión a iconos del estilo ‘vagabundo chic’. Esta firma, es, después de la de la señora Beckham, la que más ha crecido en los últimos cinco años. Y lo ha hecho vendiendo sayos, como los medievales pero de seda, cuellos altos y abrigos que arrastran por el suelo. Y, mientras las pasarelas (con sus dos grandes prescriptoras a la cabeza, Céline y Prada) proponen cubrirse con vestidos largos, ca-misas totalmente abrochadas y cuellos de bebé, el pú-blico encumbra a dos celebridades que poco tienen que ver con las transparencias rihannescas o las curvas de la Kardashian: Lorde y Taylor Swift. La primera se oculta bajo cerrados vestidos negros para combatir la cosificación femenina en la industria musical. La segunda, pese a lucir minifalda y top, explota el aspecto anodino y clásico de una bibliotecaria. Hasta Carolina Herrera ha hecho un llamamiento a taparse.

El pudor es el nuevo negro

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Ante este panorama, parece que han pasado siglos desde que Miley se puso un tanga de charol para enseñarle al mundo lo que era el twerking. O desde que Nicki Minaj hiciera de su culo el mejor recla-mo de su single Anaconda. Pero, ¿y si esta sobreexposición de carne fuera la que nos ha llevado a encumbrar el pudor, la discreción y todas las prendas largas y holgadas? El caso es que todos, del sector más underground al más comercial, están rechazando la transparencia y encomendándose a lo que se ha bautizado como ‘la nueva modestia’. Clean, la línea más experimental de la marca española Kling, basó su colección del pasado otoño en las prendas que usan a diario las monjas mercedarias. En el otro espectro del mercado se encuentra la dise-ñadora Grace Wales Bonner, una de las jóvenes creadoras británicas más laureadas. “Mis amigas y yo vestimos como novicias porque es el estilo del momento. No me gusta enseñar el cuerpo porque creo que el vestido no tiene que significar sexualidad: sandalias, varias capas, un cintu-rón...”, declaraba recientemente esta gurú de Hackney. Una vez más, el que crea que esta tendencia es cosa de creativos y amigos del llevar la contraria, se equivoca. Si el pudor es el nuevo negro es, precisamente, porque la calle ha decidido que tapaditos estamos más guapos. ¿Por Qué, si no, ha ganado La Voz Italia la hermana Cristina? Una monja que ha alcanzado el éxito con una versión de Like a Virgin, de Madonna. 

La modestia es hispter

Casualidad o no, su victoria coincidió con la gestación de las colecciones modestas del pasado verano. Que se lo digan a Valentino. Nada más propio que rescatar este estilo en el año en que se celebraba el quinto centenario de Santa Teresa de Jesús. Una parte del público responde apoyando el pudor. “Vi que las tiendas de moda se estaban convirtiendo en locales de estilo de vida enfocados a una comunidad concreta: hipsters, tomboys, ecologistas... y entonces pensé que las mujeres que tenemos un estilo basado en la modestia también merecíamos nuestro espacio”, cuenta Zahra Aljabri, fundadora de Modesty, un sitio online multimarca para clientas que no quieren insinuar centímetros de piel. Zahraes musulmana y, obviamente, su religion marca la pauta del código indumentario. Pero eso no quiere decir que sus clientes deban compartir creencias. “Hay toda una comunidad muy diversa alrededor de este estilo”, explica, “gracias a algunas blogueras, que lo han visibilizado demostrando que se puede vestir de acuerdo a ciertos valores y seguir estando a la moda”. Una de las pioneras fue Summer Albarcha, más conocida por su apodo digital, Hipster Hijabis. Sus estilismos, que poseen a día de hoy 93.000 seguidores en Instagram, mezclan el velo islámico con chaquetas de cuero y esas camisas de cuadros tan queridas por los mo- dernos de manual.

La fe no tiene que estar reñida con la modernidad

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Le gusta lo que a todo el mundo, es decir, compra en Zara, pero también en tiendas como Mimu Maxi, una marca neoyorquina (con sede en el moderno barrio de Crown Heights) basada en el código de pudor de los judíos ortodoxos; ni rodillas ni codos al descubierto. Pero lo realmente fuerte es que, gracias al auge de la estética modesta, la moda ha conseguido lo que no han logrado décadas de política: que Albarcha, líder del estilo joven musulmán, sea la imagen de las campañas de una marca judía. A su lado, prolifera una tribu de musulmanes, mormones, judíos o católicos que reivindican (casi siempre vía blog) que la fe no tiene que estar reñida con la modernidad. Incluso tienen libros dedicados a la causa, como Hipster Christianity. When church and cool collide (algo así como 'Cristianismo hipster: cuando la iglesia se choca con lo guay'). Y, repetimos, no demandan ninguna locura: no solo porque las pasarelas (agnósticas) secundan su opción recatada; también, y sobre todo, porque sus proclamas mueven mucho.

El gran must have: la falda por debajo de la rodilla

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Mientras en Florida se lleva celebrando una Semana de la Moda Cristiana desde hace casi cinco años, la agencia Bloomberg estima que la moda musulmana mueve al año 96.000 millones de euros. Cinco veces más que, por ejemplo, la ropa de tallas grandes. “Ahora, además, las tendencias apuntan a camisas cerradas y partes de abajo más largas, así que es fácil encontrar moda modesta”, asegura Aljabri. La razón, más allá de creencias, tal vez resida en el ciclo mismo de una industria que siem- pre se mueve por opuestos y que llevaba varias tempora- das explotando el top ombliguero y el short de encaje. En cualquier caso, y para los más incrédulos, he aquí los da-tos aportados por el Google fashion trends report: de todas las prendas buscadas en los últimos cuatro meses, la falda por debajo de la rodilla se encuentra en el tercer puesto.

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