Cambio de régimen en la alta costura

Unas nuevas ‘it girls’ han ganado terreno a las ‘celebrities’ en las primeras filas de los desfiles. Llegan de China, Rusia y Oriente Próximo y mantienen a flote el sector del lujo

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Cuando Rihanna se encapricha con algo, no ceja hasta conseguirlo. El año pasado, para acudir a la gala anual del Met de Nueva York, se prendó de un vestido amarillo pollo de interminable capa de Guo Pei. Si ustedes no habían oído hablar de esta diseñadora china hasta la fecha no se preocupen… ella tampoco sabía de la existencia de la cantante hasta que los representantes de la superestrella mandaron un email a su marido. La diseñadora les respondió: “Ese traje pesa demasiado [25 kilos, concretamente], esa chica no podrá subirlo por las escaleras”. Pero se empeñó y se empeñó. El resultado, uno de los modelitos que más cachondeo suscitó en las redes (recuerden, el meme de la cola en forma de tortilla de patata o de pizza pepperoni), sí, pero también la mejor campaña gratuita jamás soñada por un diseñador.

Guo Pei, hija de un alto mando militar chino, llevaba casi 30 de sus 48 años trabajando afanosamente por y para su país natal. Primero, cosiendo ropa para niños; después, vistiendo desde su propio taller a celebridades locales y miembros destacados del partido. Hoy 500 personas trabajan para ella. Su conquista global había comenzado. En septiembre lanzó una línea de cosméticos para M·A·C y el pasado miércoles Guo Pei cerraba bajo máxima expectación la semana de la alta costura de París, el único escenario posible en todo Occidente donde desplegar su tendencia al exceso. Ella prefería justificarlo así poco antes en una entrevista a The New York Times: “No considero que mi trabajo exceda los límites de la moda convencional; tampoco sigo las tendencias creativas o comerciales. Lo que hago es un reflejo del tamaño de mis sueños y de mi orgullo por la cultura china”.

El sueño de la costura al que se refiere Pei está despertando a una nueva realidad. A París se le ha quedado pequeño lo parisino. Y al resto del mundo también. El glamour chovinista ha descorrido el cerrojo para dejarse invadir por nuevos talentos y clientas que dinamicen un negocio difícil de sostener. Vamos, que tras el desembarco de nombres exóticos desfilando y de compradoras chinas, rusas y árabes en sus front rows solo hay una traducción posible: el aroma del dinero. No hay que olvidar que el calendario oficial lo rige con puño de hierro la Cámara Sindical de la Alta Costura, un órgano gubernamental altamente proteccionista con la moda de su país que obliga a hacer una inversión considerable a quienes aspiren a obtener su beneplácito. Para pisar esta pasarela se deben cumplir exigentes compromisos, como tener contratadas a tiempo completo a un mínimo de 20 personas en un taller situado en París. Lo que llaman les petites mains (las pequeñas manos). Esta temporada, solo un tercio de los desfiles llevaban firma francesa. Mientras Saint Laurent o Givenchy se han retirado del juego de la alta costura (centrándose en el prêt-à-porter) e italianos como Versace y Armani han sido “miembros invitados”, nombres como el del jordano Rad Hourani, las hermanas turcas Dice Kayek o el sirio Rami Al Ali acaparaban la mirada de quienes atisban un cambio de orden más globalizador.

La diseñadora china Guo Pei.
La diseñadora china Guo Pei.Getty Images

Muchas de estas nuevas firmas que desembarcan cumplen los requisitos a tocateja. Así se ha abierto camino Ulyana Sergeenko, lo más cercano a una it-couture-girl que existe, si se permite el neologismo. Esta millonaria de 35 años, recién divorciada del oligarca Danil Khachaturov, se dio a conocer hace un lustro por los llamativos looks (algunos confeccionados por ella misma) con los que acudía a los desfiles. Su estampa se convirtió en una de las más codiciadas entre el enjambre de fotógrafos de street style. Era una supercompradora rusa. Un nombre obligatorio en primera fila. Coleccionaba piezas de Chanel, Gaultier o Valentino. Hasta que su íntima Natalia Vodianova (esposa de Antoine Arnault, hijo de Bernard, gerifalte de LVMH) la animó a iniciar una carrera como diseñadora. Desde 2012 muestra las colecciones de alta costura que diseña bajo su nombre en París. Y se ha hecho con una cartera de clientas que ya quisieran muchos de los que la tienen por una advenediza: Lady Gaga, Kim Kardashian o Dita Von Teese. Hasta Beyoncé ha lucido su ropa en dos videoclips (Jealous y Haunted).

El pasado miércoles mostró su séptima colección en la capital de la moda, no sin antes haberse paseado por múltiples front rows. La acompañaron otras indispensables de la cita parisina, como sus amigas Elena Perminova, esposa del oligarca ruso Alexander Lebedev, que la rescató de la cárcel a los 16 años tras ser detenida por tráfico de drogas; o Miroslava Duma, it-girl de un tamaño tan diminuto que, necesariamente, vive abonada a las prendas a medida. Esta soviética hija del senador Vasilay Duma y casada con Aleksey Mikheev, alto cargo del Ministerio de Industria y comercio ruso, es lo más parecido a una sucesora de su íntima Dasha Zhukova (novia de Román Abramóvich). A su rol de figuranta, Duma suma el de asesora de marcas de lujo y cronista para los países del este a través de su propia revista online, Buro 24/7. Su opinión puede levantar o hundir las ventas de una colección.

Ulyana Sergeenko.
Ulyana Sergeenko.Getty

Las rusas han renovado el paisaje de las primeras filas de los desfiles y redireccionado los objetivos del negocio. Igual que las omnipresentes it girls chinas. Mientras las Bolsas internacionales tiemblan ante la incipiente crisis asiática, el mercado del lujo mantiene la esperanza: según la consultora Bain & Company, el 31% del consumo de productos de lujo mundial se atribuye a compradores chinos. Y más del 80% de ese consumo lo realizan fuera de su país, con Francia entre sus principales destinos. Son lo que los analistas han bautizado como travelling luxury consumers (o turistas del lujo). Nadie se atreve a dar una cifra exacta, pero los más aventurados estiman en unas 2.000 las compradoras habituales de alta costura en el mundo.

Lo contaba la cronista de Vogue Sarah Mower la tarde de arranque de la alta costura: “Estos días es cuando las mujeres verdaderamente adineradas ven lo que les gusta, lo encargan, agendan un par de fittings y así tienen su armario hecho a mano a tiempo para las bodas y compromisos sociales de verano. Es un servicio que se desarrolla de una manera completamente privada, estas clientas no son de publicitarse ni los diseñadores de desvelar sus identidades. Y mucho menos de contar qué cantidades de dinero se mueven de unas manos a otras. No hay nada más vulgar.

Aunque gracias al boom de mercados emergentes como China, Oriente Próximo o India, firmas como Valentino, Christian Dior y Chanel han confesado un aumento de las cifras”. Lo deslizaba a este periódico Naty Abascal, icono de la moda española, sentada en la primera fila de Atelier Versace: “A diferencia del prêt-à-porter, aquí casi no verás celebrities; verás más a compradoras… Pero tampoco te creas que se dejan ver tantas. Muchas prefieren el anonimato y envían a sus ojeadores a fichar por ellas”. O, como resumía el vitriólico Karl Lagerfeld recientemente a Women’s Wear Daily: “En lugar de pasarse por tu taller muchas prefieren ver la colección en vídeo, que después se la mandes entera por jet privado y a partir de ahí elegir qué modelo quieren. Este mundo ha cambiado tanto”.

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