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Zlatan Ibrahimovic, rabia y venganza

El jugador repasa en su biografía cómo el niño que quería ser diferente triunfó en el fútbol gracias a un carácter incontrolable

El futbolista Zlatan Ibrahimovic.
El futbolista Zlatan Ibrahimovic.

El libro está dedicado “a los niños que se sienten diferentes, que no acaban de adaptarse. No pasa nada por ser diferente. Cree en ti mismo. A mí me fue bien”. Soy Zlatan Ibrahimovic (editorial Córner) es la historia de cómo ese niño rebelde crecido en Rosengard, a las afueras de Malmö (Suecia), se convirtió en uno de los mejores delanteros del fútbol mundial.

Que Zlatan Ibrahimovic es un tipo diferente se ve a simple vista. Es una torre de 1,95 metros que mira como si hubiera nacido con guantes de boxeo. A punto de cumplir 34 años, el goleador sueco ha dejado su huella en Ajax, Juventus, Inter, Barcelona, Milan y PSG. Ha estado a las órdenes —si alguien puede darle órdenes— de Van Gaal, Capello, Mourinho y Guardiola. Ha ganado títulos y millones de euros y ha marcado cientos de goles. Ángel y diablo, estrella y vándalo. Un padre de dos niños que conduce a 325 kilómetros por hora “dejando a la policía tragando polvo”. Incontrolable.

Ibrahimovic con Guardiola, y tras ellos Mourinho durante un partido en 2010.
Ibrahimovic con Guardiola, y tras ellos Mourinho durante un partido en 2010.

Ibrahimovic golpea primero. El capítulo inicial de su biografía es un ajuste de cuentas con Pep Guardiola, a quien acusa de destrozar su sueño de triunfar en el Barcelona y conseguir la Liga de Campeones. “Guardiola no lo entendió. Pensaba que podía cambiarme. Hay algo extraño en él. Debe de tener problemas muy serios. No sabe tratar a personas como yo. No posee una autoridad natural, no tiene carisma (…). El Barcelona era como un colegio. Messi, Xavi, Iniesta parecían colegiales. Los mejores futbolistas del mundo agachaban la cabeza. Yo eso no lo entendía (…). No encajé (…). Hago las cosas a mi manera. Nunca me ha gustado estar con tipos estirados. Prefiero los que se saltan los semáforos en rojo”, cuenta Ibra.

En ese ambiente, Ibrahimovic se sintió un cuerpo extraño. Había sido, en el verano de 2009, el fichaje más caro en la historia del Barça: 66 millones. El Real Madrid acababa de romper el mercado con Cristiano Ronaldo (94) y Kaká (65). El Barça contraatacó con el sueco de los goles más acrobáticos. Ibra no quería ser la nota que desafinara la orquesta del mejor Barça de la historia. “Aquí nos gusta tener los pies en el suelo. No venimos a los entrenamientos en ferraris y porsches”, le había dicho Guardiola. Así que empezó a conducir el Audi oficial del club. Querían moldearle, pero no se moldea el metal. “En el Barça me aburría”, recuerda, “me volví demasiado bueno y no me atrevía a gritar o estallar (…). En vez de ser yo mismo, intenté ser alguien superamable. Fue una estupidez (…). El antiguo y alocado Zlatan había desaparecido. Era una sombra de mí mismo. Necesito estar enfadado para jugar bien. La venganza y la rabia me han guiado siempre”.

Ibra en frases

“Mi mentalidad ganadora tiene una desventaja: me vuelvo loco”.

“Puedes sacar a un niño del gueto, pero nunca sacarás el gueto de él”.

“La gente siempre me pregunta qué habría hecho de no ser futbolista. No tengo ni idea. Quizá habría acabado siendo un delincuente”.

“Mi cuerpo siempre está listo para la lucha. Es el camino que elegí. Era la única forma de sobrevivir”.

“Guardiola es un cobarde. Mourinho se convirtió en alguien por el que daría la vida”.

“Tuve a padres y a entrenadores en mi contra desde el principio, y gran parte de lo que aprendí fue gracias a que no presté atención a lo que decían los demás”.

“Así funciono. Siempre estoy planeando mi venganza. Lo llevo dentro. Es lo que me motiva”.

“Soy propenso a las adicciones. Algunas cosas me absorben”.

La guerra comenzó, según el sueco, “cuando Messi empezó a hacer comentarios”. El genio argentino empezó a jugar como referencia de ataque e Ibra quedó orillado. El chico malo tuvo una conversación con Guardiola, pero de aquello solo nació una ruptura definitiva. “Guardiola ni siquiera me daba los buenos días. Evitaba mirarme a los ojos. Me trataba como a un extraño. Si hubiera sido él, me habría asustado. Es un débil y un cobarde”, afirma. Y la bomba estalló después de un partido contra el Villarreal. En el vestuario, delante de los compañeros, Ibra explotó ante el entrenador catalán. “No tienes huevos. Te cagas delante de Mourinho. ¡Vete a la mierda!”. Fue el final. A Guardiola había llegado después de someterse a la disciplina del portugués. Mou no le había querido cambiar en el Inter, sino canalizar toda su rabia. “Mourinho dice lo que le apetece. Me cae bien. Es el líder de su ejército (…). Se convirtió en alguien por el que estaba dispuesto a dar la vida”.

Ganar, sobrevivir, luchar. Rabia, venganza, odio. No había aprendido otra cosa Zlatan en su infancia en un barrio de inmigrantes en el que robaba bicicletas y todo lo que podía en unos grandes almacenes. El carácter hosco de su padre, un albañil bosnio con las cicatrices de la guerra, germinó en él. Todavía revive ese “dolor inolvidable” que sentía cuando abría la nevera y solo había cerveza. “En mi casa no nos dábamos abrazos. Nadie te preguntaba cómo te había ido el día, ni te ayudaba con los deberes. Había que enfrentarse a las cosas solo; si alguien te trataba con crueldad, no valía lloriquear, había que apretar los dientes. Había peleas y me llevé una buena ración de bofetadas. Solo sabíamos ser duros”.

Los padres se habían casado por papeles y se divorciaron. Y aquel chico enclenque aprendió a volar solo. Hoy es millonario, adicto a los videojuegos, los tatuajes (“Solo Dios puede juzgarme”, dice uno) y a la velocidad. En el fondo, sigue siendo el niño que era. “Si no hubiera sido diferente, ahora no estaría donde estoy. Hay que seguir el camino propio, sea el que sea”, dice Ibra; “yo quería ser diferente”.