LA PARADOJA Y EL ESTILOColumna
i

El paso del tiempo

Los años afectan tanto a Meg Ryan como a Casillas y de rebote a Sara Carbonero

Sara Carbonero e Iker Casillas.
Sara Carbonero e Iker Casillas.PABLO RUIZ (RAW PHOTO PRESS)

El otro día en la playa leía una entrevista a Parker Posey, una de las musas indies de los años noventa. En ella la actriz, que acaba de rodar una película de Woody Allen, explicaba que le asombró como después de su paso por el Festival de Cannes, sus fans solo le hablaban del traje que lució en la alfombra roja. “Es más importante el traje y la alfombra roja que la película”, exclamaba. El rebaño digital es así. Cualquier instante, objeto, persona, puede agrandarse y escrutarse obsesivamente. Adquieren importancia cosas que nunca antes lo fueron, porque la inmediatez lo permite. Y así como las agrandamos, tan rápida y fácilmente las olvidamos. O sustituimos por otras.

Es lo que ha pasado con el “nuevo rostro” de Meg Ryan. La actriz acudió a un desfile de la alta costura en París y nadie recuerda qué desfile era o si hubo alguna prenda relevante porque todo ha quedado eclipsado por el furor digital ante lo que muchos consideran un daño irreversible antes que una cirugía.

Es un furor fácil y barato. Puedes abusar de ese ya abusado rostro con tus dedos. Burlarte, desde tu juventud, de la crisis de una mujer de cincuenta y tantos a la que no se le permite envejecer. Las redes sociales están en manos de jóvenes sin filtro. Como los niños, que no piensan dos veces lo que van a decir.

Una cirugía plástica toma tiempo. Sobre todo a que se ajuste al rostro. Y en un lifting no buscas rejuvenecer, en realidad sabes que vas a hacerte una cara para la siguiente década. Eso sí, Meg Ryan decidió hacerse una cara de socialité texana cuando todos tenemos demasiado viva su imagen de loquita deliciosa. Pero es que la mayoría de las veces las loquitas deliciosas se convierten en estiradas damas de sociedad en cualquier ciudad.

Meg Ryan esta semana en París. A la derecha, una imagen de la actriz en 2002.
Meg Ryan esta semana en París. A la derecha, una imagen de la actriz en 2002.cordon press

El paso del tiempo afecta tanto a Meg Ryan como a Iker Casillas y de rebote a Sara Carbonero. La pareja que endulzó lo más agrio de la crisis con su famoso beso, se va a Oporto. No es demasiado lejos, cinco horas en coche desde la Finca, la urbanización de los millonarios jóvenes. Cinco horas con Iker. Así se ha resuelto un partido que tuvo momentos muy complicados. Se van pero no muy lejos. Hay que ver la parte positiva de todo esto, Sara: estarás 500 kilómetros más lejos de tu suegra con 15 millones más, mientras disfrutas del dulce vino de Oporto a su salud.

Lamentablemente desde este fin de semana el mundo es un poquito más vulgar por la desaparición de Leopoldo Rodés. Todos valoramos su contribución para hacer de Barcelona una de las ciudades más reconocibles del mundo, su pasión por la cultura, la democracia y su capacidad para modernizar el empresariado español. Me gustaría agregar que Rodés fue un hombre de estilo. El último caballero. No había nada en sus movimientos y actos que no desprendiera un sello propio, algo más que elegancia y educación. Era estilo, que no es un don, es un ideal que generalmente se define por una serie de códigos que su portador elige muy temprano en la vida y se pasa años puliéndolos. En un escritor, por ejemplo, el estilo está en la puntuación. Las comas convierten las frases en música. En Leopoldo, el estilo acompañaba su inteligencia. Eran la misma cosa. Y disfrutaba compartiéndolo, con la mayor cantidad de personas, de cualquier edad, talento o condición. La mayor demostración de su estilo era su casi invisibilidad. Rodés pertenecía a una generación que consideraba el protagonismo un exceso. Que restringía sus apariciones a actos muy concretos, casi supervisados. Como si hubiera decidido vivir bajo ese precepto que la gente decente sale en los periódicos un máximo de tres veces. Al nacer. Cuando se casa. Y al marcharse.

Cuando su esposa, Ainhoa Grandes, me invitó a conocerle Leopoldo me habló de amigos comunes venezolanos mientras me acercaba uno de sus legendarios dry Martini. Yo, nervioso ante un titán de la sociedad, le pregunté si las vasijas perfectamente alineadas en su salón eran precolombinas. “No, son etruscas”, me respondió, con total afabilidad achicando el océano que las separaba. Uno recuerda las cosas más absurdas cuando alguien desaparece. Sentí inmediato respeto hacia él por esa manera suya de subrayar y a la vez corregir mi ignorancia. Me gusta pensar que hizo muchas cosas de esa manera, en especial conseguir que los Juegos Olímpicos de Barcelona contribuyeran a modernizar la imagen de España. Y también la manera en que nunca envejeció, siempre fue activo, curioso y moderno. Aunque para hacerlo, sus trajes jamás se modificaran sobreviviendo a todas las tendencias. Igual que su dry Martini, exacto, helado, seco. El sabor de la inteligencia.

Archivado En:

Te puede interesar

Lo más visto en...

Top 50