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Columna
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La conocida histeria política

Agunos gobernantes quieren convertir problemas perfectamente discutibles en asuntos intratables

El concepto de “histeria política” se lo inventó un teórico húngaro, István Bibó (1911-1979), que analizó cómo algunos Estados democráticos eran incapaces de cumplir sus propias normas y cómo la palabra “democracia” sufría, a menudo, un uso tan extensivo que arrastraba una mala aplicación. Según la profesora norteamericana Holly Case, Bibó pensaba que cuando todo el mundo, incluso los autoritarios, se declaran campeones de la democracia, se debía recurrir a una prueba esclarecedora: el miedo. Ser demócrata, escribió, es, ante todo, no tener miedo. No tener miedo al funcionamiento de las normas del Estado democrático.

Bibó, que fue ministro unos pocos días durante la revolución de 1957, se negó a abandonar el Parlamento cuando las tropas soviéticas entraron en Budapest y esperó, sentado en su escaño y solitario, a que le detuvieran. Pasó cinco años en la cárcel y escribió interesantes libros sobre democracia y política.

A Bibó le irritaba mucho la ceguera e irresponsabilidad de algunos líderes que se decían grandes defensores de la democracia, que afirmaban ser grandes liberales, pero que, cuando eran incapaces de encontrar los medios y la energía suficiente para hacer frente a un problema, caían en la tentación de recurrir a una desagradable estratagema defensiva: “Sustituir un problema tratable al que ellos no eran capaces de encontrar salida por otro que se planteaba ya como si fuera insuperable”.

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Algunos políticos conservadores españoles, y algunos representantes relevantes del establishment financiero y económico, parecen haber sufrido un ataque de histeria política. Desde luego, están fracasando estrepitosamente en la prueba del algodón de Bibó: recurren desvergonzadamente al miedo y, peor aún, quieren convertir problemas políticos perfectamente discutibles en asuntos intratables. Afortunadamente, la sociedad española es ya lo suficientemente madura como para que la artimaña no tenga éxito.

Sin embargo, el ataque de histeria que estamos contemplando no es una simple anécdota. Refleja las inquietantes convicciones de algunos sectores conservadores españoles, incapaces aún hoy de guardar la compostura democrática imprescindible ante una derrota electoral. La mala educación que están demostrando personas que deberían estar obligadas a dar ejemplo de moderación y tolerancia, al margen de su definición ideológica concreta, es un rasgo que no es fácil encontrar en otros países democráticos de nuestro entorno, pero que, desgraciadamente, amenaza con incrementarse en el nuestro según se acerca la fecha de las elecciones generales.

De lo que se trata ahora es, afortunadamente, de algo mucho más esperanzador: la incorporación a la vida política, a través del armazón municipal, de toda una nueva generación de ciudadanos, menores de 40 años, muchos de ellos desvinculados de las organizaciones territoriales de los partidos políticos, pero implicados en las vidas de sus ciudades y pueblos. Importa que demuestren desde el principio que quieren contribuir a la mejora de la calidad de la democracia y a un mejor funcionamiento de la Administración pública, y que no están dispuestos a caer ni en la mala educación ni en la pura frivolidad política. Están obligados a hacer un recuento razonable de los problemas, a encontrar reparación para las injusticias cometidas, y a definir y cumplir honestamente sus funciones, renunciando a sueños que sean imposibles de alcanzar, pero alcanzado todo lo que sea posible plantear. Por encima de todo, tienen la ocasión de demostrar que son demócratas sin miedo, dispuestos a ejercer la labor pedagógica a la que renunciaron sus antecesores.

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