Una cura de humildad
Viendo el inagotable goteo de vergonzantes episodios de corruptelas que se suceden día tras día entre nuestra clase política, cobra rabiosa actualidad una curiosa práctica preventiva que instauraron los romanos para evitar que sus vanidosos y endiosados generales cayeran en el soberbio error de creerse omnipotentes. Al parecer, mientras desfilaban pletóricos y altivos por las calles de Roma celebrando sus conquistas, era costumbre que un humilde siervo situado a sus espaldas les susurrara y recordara insistentemente su naturaleza limitada y mortal para que no llegaran a pensar —cegados por la euforia del momento— que por su condición podrían situarse por encima de la ley: “Memento mori” (“Recuerda que morirás”) era la sentencia que martilleaba sus oídos durante toda la comitiva. Una auténtica cura de humildad, resumida en una frase cuya validez traspasa las fronteras del tiempo y del espacio, y que deberían desayunarse cada mañana como un mantra, para bajarse los humos, todos aquellos cargos públicos que piensan que su cargo es eterno y que su posición privilegiada les autoriza a hacer y deshacer a su antojo sin rendir cuentas a nadie. Sabios, esos romanos.— Ignasi Castells Cuixart.


























































