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Acoso inmobiliario en la Milla de Oro de Madrid

Doce inquilinos habitan un exclusivo edificio de la capital, entre ellos está el entrenador del Real Madrid. Solo un comercio y una sastrería rompen el diseño y pelean con los dueños en los juzgados

Fachada de edificio de la calle Serrano.
Fachada de edificio de la calle Serrano. Samuel Sanchez

Las marcas prime no quieren a su lado compañías de medio tamaño. O dicho de otro modo, a los ricos les gusta estar acompañados de otros ricos. Esa deducción que puede parecer socialmente reprobable es moneda corriente en el sector inmobiliario y sirve tanto para el vecindario como para los locales comerciales. De ahí el trasfondo de una singular batalla legal (y no tan legal) que mantienen desde hace tres años los propietarios de un edificio de viviendas de superlujo en Madrid con una sastrería. La disputa aflora de vez en cuando a los medios de comunicación y se celebra en pleno corazón de Madrid, a la vista de la Puerta de Alcalá, en uno de los rincones de mayor valor hipotecario de la capital. Naturalmente, el mero conocimiento de la nómina de celebrities que habitan o son propietarios de las viviendas le ha dado al conflicto un toque entre el glamour y la lucha de clases.

Quizás un conflicto entre casero e inquilino no alcanzaría tanta repercusión si no fuera porque entre los 12 exclusivos habitantes del edificio de siete plantas está Carlo Ancelotti, entrenador del Real Madrid, hecho irrefutable ya que su mujer ha dado una exclusiva para mostrar su lujosa casa. Del resto de vecinos no se sabe nada. Se ha publicado que Villar Mir (dueño de OHL) posee más de una de esas viviendas, junto con la familia Gervás (propietaria de Mahou), Alberto Cortina, el financiero venezolano Juan Carlos Escotet, presidente de Novagalicia, y hasta se llegó a rumorear que el piloto de fórmula 1 Fernando Alonso estaba entre los propietarios. Salvo el caso de Ancelotti en condición de alquilado, la identidad de ningún otro vecino está comprobada. Y es normal: en ese tipo de inmuebles la discreción absoluta es la norma. Salvo la presencia de escoltas en la calle y la entrada de vehículos de alta gama en el aparcamiento, no hay más pistas de sus moradores. La privacidad alcanza a los cristales tintados del portal: lo que se cuece en el interior está vedado.

El edificio, de porte señorial, que linda entre las calles Alcalá y Serrano y vuelca su fachada principal a la Puerta de Alcalá, observa esa estética minimalista que parece está de moda entre los ricos, según la cual todo lo que se ofrece al exterior tiene un toque austero, sereno, recatado, como si fuera de mal gusto exteriorizar riqueza en tiempo de crisis. En el hall no hay un solo detalle vegetal, las paredes son grises y el suelo neutro, la luz escasea; a un lado, en una recepción oscura, soporta el tedio un vigilante delante de un par de pantallas: ni siquiera está uniformado, viste como si estuviera de luto. La riqueza se muestra intramuros.

El inmueble alberga en sus bajos una coqueta cafetería estilo parisiense, una pequeña sucursal de banca privada para ahorradores con varios ceros y una sastrería, Trajes Guzmán para más señas, que ofrece trajes a medida, “moda nupcial de caballero y trajes de etiqueta”. Y ahí está el problema. Desde 2012 se suceden 15 procedimientos judiciales y 7 expedientes administrativos que han conducido a que la piscina interior instalada en el ático (junto al spa y el gimnasio) esté llena de tierra porque es ilegal (denuncia de los Guzmán) o a que la sastrería no disponga de aire acondicionado desde hace tres años. “La gente se ha tenido que cambiar de ropa con 5 grados en invierno”, dice el abogado de los sastres, Pedro Pablo Fernández. “Es un caso claro de acoso inmobiliario”.

Trajes Guzmán pertenece a dos hermanos, que prefieren que no se divulguen sus nombres de pila, y dispone de tres tiendas en Madrid. “No hemos heredado un negocio, empezamos de cero y damos trabajo a unas 40 personas”, dice el mayor. “Nos estamos gastando mucho dinero en abogados y eso impide nuestro crecimiento, pero es una cuestión de dignidad. No nos vamos a rendir. No vamos a dejar que nos pisen. Estamos solteros y podemos aguantar”. En su relato de sucesos, hay percances de todo tipo: boquetes en las paredes hechos con nocturnidad, cortes de luz en los momentos de mayor afluencia de clientes, tapiado de su puerta de emergencia con chapas metálicas y ladrillo, hasta que finalmente el juzgado les ha dado la razón, como en el caso del aire acondicionado.

La otra parte, los propietarios de un inmueble escriturado en 40 millones y cuyas obras de acondicionamiento costaron otros 20, quiere ahora mantenerse al margen. Según Javier Illán, presidente del grupo Millenium, ni el edificio ni mucho menos los vecinos tienen que ver con esta riña. “Es un asunto que compete a la empresa propietaria de los locales comerciales”, sostiene. Pero esa empresa, Locales Independencia S.L., está relacionada societariamente con el grupo Millenium, según el abogado de los Guzmán.

En unas semanas, los Guzmán podrán disfrutar del aire acondicionado en su local, pero la batalla no habrá terminado. Tienen contrato hasta el 2020 y piensan resistir, a pesar de que ahora les amenacen con triplicar su alquiler, hasta los 30.000 euros mensuales. Por asfixiar que no quede.

Que un conflicto tan enconado no haya acabado en un acuerdo parece inexplicable, a juicio de expertos consultados. Cabría pensar que una sastrería reconocida (han recibido el premio Dedal de Oro en 2014) no es un tipo de actividad impropia de un inmueble de categoría, pero la explicación de los expertos difiere. “Trajes Guzmán no es una marca prime”. O, dicho de otro modo: una marca de lujo solo se pone al lado de otra marca de lujo. Así es la vida en la Milla de Oro.