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Cinco años de ‘corrala show’

'Sálvame’ se cuela desde hace un lustro en las tardes de dos millones de espectadores con un híbrido entre telenovela y ‘reality’. Un programa que provoca pasiones y úlceras por igual

Los protagonistas retratados por Ouka Leele.
Los protagonistas retratados por Ouka Leele.

Dan las seis y una familia comparte café, mantecados e incredulidad mientras ve el enésimo vodevil en Sálvame, su programa desde hace cinco años. Al otro lado de la pantalla también es la hora de la merienda. Kiko Hernández, en otra vida concursante de Gran Hermano,cruza el plató seguido por una cámara. Coge un hojaldre —cortesía de un chef que se publicita en plató— mientras comenta su nueva reconciliación con su compañera Lidia. Una comunión entre realidad y ficción, orquestada por Jorge Javier Vázquez (con Paz Padilla en la recámara), que atrapa o causa urticaria.

El jueves, Sálvame, que nació como un espacio semanal para comentar un reality, cumplió un lustro merendando con 2,1 millones de espectadores. Por algo los productores de La Fábrica de la Tele, Óscar Cornejo y Adrián Madrid, lo comparan con “una cena de Navidad familiar televisada”, en la que los cuñados discuten (en su web existe la pestaña “broncas”). Un cuadro de actores tan kitsch que sólo podía retratarlo en su aniversario Ouka Lele.

Para Joan Ferrés, profesor de Estudios de Comunicación Audiovisual en la Universidad Pompeu Fabra, el formato ha conseguido tocar una tecla nueva, la de “nuestros sentidos más primarios, el voyeurismo y el sadismo”. Y cataloga en dos a su público: el que reconoce disfrutar y el que —por su nivel intelectual— disimula y dice pasarlo bien viendo adónde llega la degradación humana.

“Sálvame no es una telenovela porque no hay guion, ni un reality, porque no hay concurso”, comparan los productores. “El programa era cada vez más largo y, de forma natural, los contertulios empezaron a contar que habían discutido, a comerse un yogur en antena… Y vimos que enganchaba”, cuentan. Unos protagonistas que tan pronto se ponen a bailar el “chuminero” que a tirarse por el suelo haciendo “la croqueta” o a besar las uñas de la coplera Marujita Díaz por una apuesta.

“Entiendo que es un trabajo duro si tu papel no es informar, sino relatar tu vida. Eso es más descansado, pero tiene un precio muy alto”, sostiene Mila Ximénez, exmujer del tenista Manolo Santana, pero con un pasado periodista. Por eso divide entre los famosos de rebote (las exmujeres de Jesulín y Chiquetete o la cuñada de Rocío Jurado) y los profesionales. ¿Teatro? Para Lidia Lozano, de ningún modo: “El guion no se puede elaborar en cinco minutos y tenemos una reunión diaria de escasamente siete o nueve”. Unos encuentros a los que prefiere no asistir Belén Esteban, convertida por la gracia del mando en madre coraje.

Con la misma espontaneidad de los tertulianos, las cámaras se meten hasta el váter. “Un día alguien enfadado abandonó el plató y nos quedamos a mitad de historia porque no podíamos seguirlo. Entonces se dio orden de que los cables llegasen a todas partes”, prosiguen los productores. Todos los micrófonos están abiertos, lo que propicia un cambio de rumbo si el comentario entre dientes lo merece.

Cornejo y Madrid están convencidos de haber terminado “con la mentira de la televisión”. Pues su intención no es crear una ilusión de glamur, sino mostrar que el plató es un hangar, de pasillos negros y con las instalaciones de cualquier oficina. “Hay mucha gente que quiere cotillear la tele por dentro y les damos la oportunidad de ver los baños o la cafetería sin salir de casa”.

El espectador habitual está en su salsa viendo la emisión, pero el resto no entiende el juego. Aunque los padres del formato creen lo contrario. “Son unas historias de emociones tan universales que, aunque no entiendas el idioma, te llegan”.

 

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