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TRIBUNA

La santificación de un asesino

El hombre que provocó el inicio de la Gran Guerra es un héroe para los serbios

El pasado 28 de junio, en la ciudad bosnia de Visegrad, fronteriza con Serbia, un actor que representaba a Gavrilo Princip, el asesino de Francisco Fernando de Austria, descendió del cielo sobre alas angelicales y apuntó su pistola como para volver a disparar contra el sucesor del trono del imperio austrohúngaro. En presencia de las máximas autoridades políticas, monárquicas y eclesiásticas serbias, decenas de grandes banderas serbias ondeaban en la ciudad al sonido del himno serbio, aunque Visegrad pertenece a Bosnia. Se trataba de toda una declaración de principios.

Un siglo antes, el 28 de junio de 1914, en el centro de Sarajevo, el estudiante serbio bosnio Gavrilo Princip descargó su pistola contra el archiduque Francisco Fernando y contra su esposa embarazada, Sofia von Hohenberg. El asesinato sirvió de excusa para que estallara el hasta entonces más sangriento conflicto bélico entre las potencias de aquella época; en la Gran Guerra murieron 10 millones de personas. Fue entonces cuando el pistolero de Sarajevo se convirtió en el héroe nacional de los serbios.

Una vez juzgado y condenado, Gavrilo Princip fue enviado a la fortaleza de Terezín, a 100 kilómetros de Praga, a la cárcel destinada a los más peligrosos criminales del imperio (más tarde, los nazis convirtieron Terezín, en alemán Theresienstadt, en uno de sus campos de concentración). Princip resistió en la mazmorra dos años más que sus compañeros de armas, que murieron en 1916. “Seguramente su convicción de haber ayudado a la liberación nacional le habrá dado la fuerza interior para resistir”, opina el director del museo de Terezín, Vojtech Blodig.

Tras la guerra, en 1920, a petición de los serbios bosnios, los restos mortales de Princip se trasladaron de Terezín a Sarajevo y el mausoleo del asesino se convirtió para los serbios en un lugar de culto y de peregrinaje. Emir Kusturica, el director de cine de origen musulmán y de etnia bosnia, el cual, durante el conflicto bélico en los Balcanes, se convirtió en serbio y aceptó la fe ortodoxa, declaró recientemente que “Gavrilo Princip es el orgullo nacional de nosotros los serbios, un revolucionario que nos ayudó a dejar de ser esclavos”.

Para Kusturica, Gavrilo Princip es "un revolucionario que nos ayudó a dejar de ser esclavos”

La declaración de Kusturica, tan buen cineasta como temible nacionalista serbio, resulta gravemente inexacta. Y es que mientras Bosnia formaba parte del imperio austrohúngaro, Sarajevo se convirtió en una moderna metrópolis europea que, al lado del pintoresco pero subdesarrollado barrio musulmán, ostentaba unas modernas barriadas vienesas con grandes almacenes, lujosos restaurantes, teatros modernistas, transporte público de avanzada tecnología e industria propia. Además, la mayoría de los bosnios preferían la dominación de los austríacos ante la de los serbios ortodoxos.

El joven Gavrilo Princip fue un rebelde enamorado de su odio contra los Habsburgo. Más preocupante que ese joven exaltado es la actitud de muchos serbios que, 100 años después, aún ensalzan a un asesino que había sido juzgado y sentenciado por un tribunal en toda regla en el mismo Sarajevo. Muchas escuelas y calles en Serbia llevan el nombre de Princip. Para el centenario de su atentado los serbios han inaugurado monumentos nuevos tanto en Belgrado como en los barrios serbios de Sarajevo. Y es que para los serbios, los disparos de Princip brindaron a Serbia la oportunidad de incorporar a Bosnia a su reino; con esta misma idea en mente disparaban contra los bosnios secesionistas en 1992 y, siempre guiados por la misma estrella, en la actualidad siguen ansiando el territorio de Bosnia que controlan, la República Srpska, en contra de las instrucciones de Bruselas.

La ciudad de Visegrad, que un día tuvo una población mayoritariamente musulmana, sufrió grandes masacres durante la “limpieza étnica” serbia en su guerra contra Bosnia: violaciones masivas, casas incendiadas con familias enteras dentro. Esta ciudad, hoy mayoritariamente serbia, fue la sede de las pomposas conmemoraciones serbias del centenario del atentado contra los Habsburgo, que contaban con la presencia del patriarca de la Iglesia ortodoxa, el príncipe de Serbia, su presidente y su primer ministro, Vucic, un ferviente nacionalista convertido en proeuropeo. Y mientras en Visegrad los serbios cantaban su himno, en Sarajevo, en el lugar del atentado, un vecino de 67 años comentaba que si guardáramos un segundo de silencio por cada muerto en la Gran Guerra, nos pasaríamos dos años callados.

Serbia intenta reformarse para conseguir el acceso a la Unión Europea. Al borde de la bancarrota, el país ha reclutado al europeista británico Peter Mandelson para ayudarle a salir del pozo. Sin embargo, Serbia no debería pensar únicamente en la manera de aplicar la reforma fiscal. Para convertirse en un país creíble hace falta que analice sus arraigadas actitudes de un nacionalismo agresivo y expansivo. Al igual que lo hizo Alemania, también Serbia debería llevar a cabo un examen de conciencia sobre su pasado que engendró hace dos décadas un holocausto y recordar que los causantes de ese holocausto nunca fueron juzgados en su casa sino en territorio ajeno, en el Tribunal Internacional de La Haya. El hecho de mitificar a un terrorista como si de un héroe angelical se tratara es un vestigio de ese doloroso y nada remoto pasado.

Monika Zgustova es escritora.

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