Madres y padres
La lectura de la columna de última página del pasado lunes me ha llevado a escribir estas líneas. Yo no he tenido la oportunidad de ser madre, al igual que una parte no despreciable de las mujeres de hoy en día. Soy apenas padre de dos hijos gestados y paridos por una mujer, su madre. Conocí y participé de su experiencia temerosa durante el embarazo —sin duda en ella de manera más vivida— con la incertidumbre sobre el futuro de los hijos por nacer, y que todavía nos dura —este temor sí experimentado por cada uno a su manera—, aun siendo ya adultos ambos hijos.
No tengo claro cuál de los dos conoce, ama o se alegra o sufre más o mejor por nuestros hijos, sobre los que ambos a lo largo de nuestra dilatada convivencia familiar hemos hablado y discutido tantas veces, o simplemente observado. Pero nunca hemos desestimado o ninguneado, como ajeno o de menor conocimiento o sentimiento, lo referido o manifestado por cada uno de nosotros acerca de cada uno de nuestros hijos, tan diferentes ambos y tan diferentes su madre y yo, su padre.
En fin, hablo de lo que conozco y no creo a nadie autorizado para que me diga que no hable o que me calle acerca de mis hijos o de otros hijos en general, del mismo modo que no me creo yo autorizado para negárselo a los demás, sean obispos o ministros. Sobre el culto a María Virgen, sería mejor hablar con la perspectiva de la fe, pero si esto no fuera posible parece obligado hacerlo con respeto, por favor.— Andrés Fontenla Vázquez.


























































