El cochinillo pekinés


Cazuela de barro, horno de leña a 200º C, sal, agua y, si acaso (optativo), manteca de cerdo con ajos con la que se pinta la piel de los lechones que queda acharolada y crujiente con un brillo semejante a los patos laqueados chinos. Me molestan -- eso sí -- los que presentan tufillo a establo. Esos insidiosos olores a purines a los que soy sensible por naturaleza. No los soporto. ¿A qué se deben? Aparecen, sobre todo, en las piezas asadas al vacío a baja temperatura, que se empeñan en ofrecerme en tantos restaurantes a la última. Lugares que, sin duda, no controlan la procedencia de los lechones

¿Y el método, le pregunto? “En este apartado sí actuamos de manera diferente”, prosigue Mario. “ En crudo untamos los cochinillos con aceite y sal y unas gotas de vinagre. Luego los colocamos sobre rejillas metálicas sobrepuestas a bandejas que recogen la grasa que va precipitando. Ni cazuelas de barro, ni agua como se hace en Castilla. Tampoco manteca de cerdo".
"Nuestro horno, abovedado, con una rueda refractaria giratoria, se alimenta con leña de encina, pero de manera indirecta. El hogar con la leña está aislado de la cámara donde se asan las piezas. Primero introducimos los cochinillos con el costado interior hacia arriba. Transcurrida una hora se les da la vuelta. Al cabo de dos horas y media ya están listos. También el último paso es distinto. Antes del servicio damos a los lechones un golpe de parrilla con brasas de encina. Tres minutos bastan para que se aromaticen con los carbones".


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