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¿Quién quiere al príncipe apestado?

El periodista flamenco Mario Danneels pone al descubierto en un libro las heridas más profundas de Laurent, el hijo más controvertido de los reyes de Bélgica

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Laurent de Bélgica en una jornada de vendimia en la localidad de Overijse, en 2009.

Laurent, el pequeño de los hijos del rey Alberto II y Paola de Bélgica nacido el 19 de octubre de 1963, siempre ha sido una de las dianas preferidas de la prensa rosa. Haciendo un repaso a su intensa biografía, se puede encontrar todo un elenco de historias y aventuras que giran en torno a su personaje, frecuentemente satirizado por los medios de comunicación.

Altercados en aviones, salidas de tono en público, malversación de fondos, desplantes a la familia real, violencia machista y amistades peligrosas son algunos de los presuntos “delitos” en los que ha incurrido el benjamín de la familia real belga y que han servido como excusa para hurgar durante muchos años en las heridas de un hombre que ha nacido rodeado de riqueza y lujos, pero ha vivido en la más absoluta soledad.

Algunos han elevado al príncipe belga al nivel de dibujo animado, comparándolo con el célebre personaje de la serie Padre de familia, Peter Griffin. El parecido razonable va más allá del físico, para muchos. El comportamiento infantil, rudo y extravagante de ambos uniformiza más los rasgos que a simple vista pueden compartir. Pero más allá de la manida burla grotesca y superficial que se suele hacer tras cualquiera de sus escándalos, se esconde un drama en el que muy pocos han querido profundizar.

El periodista Mario Danneels, autor de una biografía no autorizada de la reina Paola, es probablemente el hombre que más ha indagado hasta el momento en la personalidad y vida de Laurent de Bélgica. Su libro, Laurent, le pestiféré de Laeken (Laurent, el apestado de Laeken), hace acopio de todas las desgracias que laten bajo la máscara de bufón que a menudo se le cuelga. Aunque hace ostentación de su título de príncipe y siempre muestra una fachada arrogante y vanidosa, su vida personal ha sido siempre miserable.

No fue un niño querido por sus padres. Asiduo de los internados, nunca disfrutó del calor del hogar. Pasó largas temporadas acogido por personas cercanas a la Corona porque Alberto II y Paola no quisieron desempeñar el rol de padres. La indiferencia por la educación y desarrollo de su hijo rozó la crueldad. Cada uno de los progenitores siguió un camino diferente. Ambos tenían apasionantes aventuras amorosas que los mantenían alejados de Bélgica y de sus hijos.

Según Mario Danneels, las relaciones entre padres e hijos “eran inexistentes”. Felipe y Astrid, los hermanos mayores, pudieron disfrutar de los mejores momentos del matrimonio, si es que alguna vez los hubo, pero la llegada de Laurent vino marcada por la sospecha de la mutua infidelidad y por el distanciamiento de la pareja. A día de hoy, el pequeño de los tres se pregunta: “¿Soy hijo de mi padre? Él no me quiere”. Estas palabras las dirigió al periodista flamenco Luc van der Kelen, según recoge en el libro Danneels, que repasa este momento como la muestra más palpable del desarraigo de la familia. El autor también hace mención de la hija, Delphine, que tuvo el rey Alberto con la baronesa francesa Sybille de Selys Longchamps, hecho que desveló el periodista y tuvo que ser reconocido públicamente por Alberto II en su discurso de Navidad.

Este núcleo familiar desestructurado fraguó el carácter arisco y rebelde de Laurent, que durante su juventud también sufrió acoso escolar. Todo lo que intentaba emprender terminaba siendo un fracaso. No obstante, consiguió ser nombrado oficial de la Armada y lo destinaron a Estados Unidos. Para Danneels, esta maniobra fue un intento de alejar al príncipe de Bruselas y evitar que siguiese escandalizando a la opinión pública con sus comportamientos. En Bélgica, solo la reina Fabiola goza de popularidad entre la ciudadanía. Alberto y Paola tienen la dudosa fama de ser unos vividores, y Laurent es considerado la “oveja negra” de la familia. Parece que el legado del también querido y difunto rey Balduino, esposo de Fabiola y tío de Laurent, se agotará cuando la reina termine sus días.

En una entrevista al diario belga Le Soir, Mario Danneels resume la juventud de Laurent de esta forma: “No tuvo ni padre ni madre. Tuvo una adolescencia hipersensible, trágica y solitaria en la que sus padres acabaron enviándolo a Estados Unidos cuando empezó a ser sinónimo de problemas”. La ironía es cruel. Alberto y Paola supuestamente consideraban a su hijo poco más que un estorbo, un problema, mientras el profesor de Lorenzo, Rudy Bogaerts, en una ocasión le confesó a Balduino que “Laurent no es tanto el problema como lo es su familia”, a lo que el difunto rey contestó: “Lo que usted ve ahora es un milagro si se compara con el pasado”.

Casado el 12 de abril de 2003 con Claire Coombs y padre de tres hijos, en los últimos años sus desenfrenos y peripecias han dado mucho que hablar. Su viaje al Congo el año pasado durante el período de elecciones en el país africano, prohibido expresamente por su padre, fue quizá el episodio que más ha irritado a la Corona, amén de las acusaciones de maltrato que vertió una exnovia sobre él. Durante varios meses se le negó la presencia en actos públicos para poder preservar el poco apego de la sociedad belga a los miembros de la familia, cuyo futuro está en el aire. Mucho se ha hablado sobre la posible abdicación del rey Alberto II.

También los enfrentamientos de Laurent con la justicia preocupan en palacio. En 2006, tuvo que presentarse ante los Tribunales acusado de desviar fondos de la Marina belga para amueblar su casa, en un caso que recuerda al del esposo de la infanta Cristina, Iñaki Urdangarin. El príncipe  salió entonces victorioso, no se pudo demostrar su implicación. A esta lista de anécdotas y sucesos se podrían añadir muchos más, pero desviaría la atención de la cuestión de fondo que Danneels plantea en su libro: para el público, Laurent se ha convertido en un títere; para su familia, en un problema, y él mismo se siente un infeliz. Estas caras se han moldeado tras una barrera infranqueable de desatención y desprecio que han convertido a Laurent de Bélgica en una suerte de Frankenstein de la realeza moderna.