¿Es el modelo brasileño la solución contra el hambre en África?

Esta entrada ha sido elaborada por IMMA DE MIGUEL e ISSAKA OUANDAOGO, del equipo de Oxfam en Burkina Faso.
Burkina Faso, un pequeño país de África occidental, constituye un laboratorio de los retos del sistema alimentario global. Con un tercio de su población en situación de riesgo alimentario, las subidas en el precio de los alimentos han castigado con dureza a unas familias que destinan el 70% de sus ingresos a la compra de alimentos, dejando un margen mínimo para otros gastos como la salud, la vivienda o la educación.
A pesar de la vulnerabilidad alimentaria y de que la economía nacional sea fundamentalmente agraria, la mayor parte de los productores han quedado marginados de los mercados y las políticas públicas. Las explotaciones familiares conservan tamaños medios de entre 1 y 5 hectáreas, y solo una de cada tres cuenta con animales para arar la tierra, por no hablar de maquinaria. Cualquier estudiante de primero de agronomía podría reconocer el potencial productivo de un sector en el que prácticamente no se utilizan semillas mejoradas o en donde el uso de abonos es quince veces más bajo que en los países desarrollados.
El único sector que ha recibido apoyo económico es el algodonero, que garantiza al país la principal fuente de ingresos por exportaciones. Tras una batalla dramática, y aún no resuelta, contra los poderosos barones del algodón en los EEUU, Burkina Faso y otros países de la región han conseguido poner sobre la mesa la injusticia de un sistema comercial que protege de manera descarada la competencia desleal de los subsidios norteamericanos. Es inevitable preguntarse qué habría ocurrido con la producción de alimentos en Burkina de haber contado con el mismo respaldo político y económico de los algodoneros.
En un contexto en el que los precios de los alimentos son cada vez más altos y volátiles, la inversión en la pequeña agricultura africana constituye una prioridad irrenunciable. En esta región el cambio climático es algo más que un eslogan medioambientalista, y afecta de manera tangible a la variabilidad de las lluvias y al rendimiento de la tierra. Las mujeres, que se quedan a menudo con las tierras menos fértiles, padecen de manera especial la incertidumbre creciente de esta situación. Ellas, como el resto de los productores, saben que el único modo de contribuir a la seguridad alimentaria de sus comunidades es mejorar el rendimiento de sus explotaciones e introducir mecanismos de adaptación al calentamiento global.
En cierto modo, eso es precisamente lo que ocurrió en 2008, cuando el encarecimiento del arroz importado forzó al gobierno a tomar medidas para incrementar la producción nacional. La simple introducción de programas de abono y de semillas mejoradas en las explotaciones familiares permitió triplicar la producción local y amortiguar los riesgos de hambrunas.
Sin embargo, el entusiasmo desarrollista del gobierno duró poco. Las medidas introducidas este año –como la venta de 700 tractores a precios subvencionados o la disposición de líneas de crédito agrario- escapan por completo a las posibilidades de los agricultores más pobres, que no pueden aspirar a financiar estas mejoras. Si la medida se hubiese llamado Ley Nacional para la Promoción de los Diputados, los Altos Funcionarios y las Grandes Compañías habría reflejado mejor la realidad.
En el debate sobre el abastecimiento alimentario de África nunca faltan los iluminados que proponen la aplicación del ‘modelo brasileño’: exportar a África un modelo de producción intensiva a gran escala, altamente mecanizado; algo así como producir para la gente, pero sin la gente. En realidad, estas propuestas combinan un mal análisis económico con un desconocimiento profundo de la realidad de la agricultura africana. Como demuestra el caso de Burkina Faso, la inversión en los pequeños productores no solo es el modo más justo y sostenible de producir alimentos, sino también el más eficiente. Eso no excluye en absoluto otros modelos de producción ni la transición hacia economías más industriales, pero pone de manifiesto un argumento fundamental: el principal problema de la agricultura familiar africana no es su viabilidad económica, sino su marginalidad política y legal. Esa una de las razones que inspiran la campaña CRECE de Oxfam, tanto en Burkina como en el resto del planeta.
VIDEO CRECE de HOY
Más de 10.000 personas en todo el mundo siguieron ayer en directo la presentación y debate de los argumentos de la campaña CRECE. Si no pudisteis participar podéis todavía verlo enhttp://www.intermonoxfam.org/CRECE.
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