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europa
Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

Como siempre, las personas

Aprender un nuevo concepto de bienestar basado en las relaciones, el desarrollo humano y la naturaleza no es camino fácil. Quizás habría que dedicar a esto más empeño

COP26 Glasgow
Protesta contra la falta de medidas frente al cambio climático en Glasgow, Escocia, durante la COP26.RUSSELL CHEYNE (Reuters)

No se puede predecir el futuro, pero se puede moldear en base a las acciones del presente. Bajo esta convicción, el EU Policy Lab ha publicado hace unos días el estudio Hacia una Europa justa y sostenible en 2050: opciones sociales y económicas para la transición. El propósito fundamental del trabajo es aportar evidencias empíricas que faciliten el proceso de elaboración de las políticas europeas requeridas para alcanzar los objetivos fijados para 2050. Dos de los aspectos señalados como clave en el estudio son la urgencia de reescribir el contrato social y de hacer cambios, tanto en el modelo económico como en las personas.

Los europeos creemos que vivimos tiempos de mayor desigualdad, si bien el índice Gini en Europa, medida utilizada para cuantificar la desigualdad de riqueza de una población, se ha mantenido estable o decrecido ligeramente desde 2011. Si a esto le sumamos que la inequidad intergeneracional y el desapego político se han incrementado desde el cambio de siglo, que la cohesión social ha disminuido al hacerse los grupos sociales más pequeños y que la sostenibilidad pasa por aceptar la pérdida de estándares de vida tal como los hemos conocido en los últimos 50 años, hay elementos suficientes para impulsar un nuevo contrato social. Conviene citar un dato publicado por The Economist Group: sólo el 6,4% de la población mundial vivimos en democracia total.

Más allá de los recursos requeridos para preservar, en la medida de lo posible, el Estado de bienestar europeo y reescribir el contrato social, la sostenibilidad en su dimensión ambiental requiere de inversiones: I+D, digitalización y reconfiguración de las cadenas de suministro, por señalar algunas áreas. Por otra parte, la digitalización y los posibles impactos en el empleo y la gradual evolución a un modelo de menor consumo requerirá de un desplazamiento de la carga fiscal a otros conceptos para asegurar los ingresos públicos requeridos. Todo ello manteniendo el difícil equilibrio entre una carga impositiva que no llegue a ser confiscatoria para las personas y que sea atractiva para las empresas. Recordemos que la recaudación del IRPF y el IVA suponen en España el 75% de la recaudación tributaria.

Las empresas saben que el cambio que supone más retos y que determina el éxito de cualquier transformación es el cultural. Las personas. Más allá del impacto ambiental y el optimismo de que la ciencia y la tecnología nos deparen nuevas fuentes de energía, nos dirigimos sin pausa a una escasez de recursos. Aprender un nuevo concepto de bienestar basado en las relaciones, el desarrollo humano y la naturaleza no es camino fácil. Quizás habría que dedicar a esto más empeño.

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