Opinión
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El mayor riesgo es ser demasiado conservador

Ni la oferta ni la demanda son el origen de la situación; lo es la paralización de todas las cadenas de valor

MARAVILLAS DELGADO
MARAVILLAS DELGADO

Llevamos días intensos en la preparación apresurada de la respuesta económica frente a la crisis del coronavirus: iniciando con la reunión del Consejo de Ministros que decretó el estado de alarma, el lunes el Eurogrupo estableció el marco general de respuesta de los países afectados, señalando la conveniencia de utilizar las reglas de flexibilidad ofrecidas por el Pacto de Estabilidad y Crecimiento de la Unión Europea, la propia iniciativa de la Comisión Europea, y la posibilidad de plantear medidas de liquidez vinculadas a la acción del Banco Europeo de Inversiones. Un día más tarde, el propio Gobierno de España presentaba su paquete de medidas, movilizando más de 200.000 millones de euros. Las medidas, vinculadas a mitigar los efectos de una crisis económica caracterizada como temporal, ofrecen liquidez y garantías a las empresas afectadas por la paralización económica, así como flexibilizan el marco para actuar en caso de expedientes temporales de regulación de empleo, al tiempo que proporcionan un paquete de medidas sociales destinadas a evitar desahucios o cortes de suministros básicos tales como el gas o la electricidad, y a amortiguar las pérdidas de rentas derivadas de la falta de empleo.

Pese a los estímulos anunciados, los mercados han mantenido su tendencia a la baja, en unas cifras que superan ya al famoso pánico de 2008, y las primas de riesgo de los países periféricos han crecido hasta el miércoles, día del anuncio realizado por el Banco Central Europeo de inyectar 700.000 millones a través de nuevas compras de activos. Los mercados, temerosos como suelen ser, descuentan un largo período de inactividad económica en el que a fecha de hoy es prácticamente imposible prever la duración y profundidad.

Se trata de una extraña crisis: pese a las señales de desaceleración de los últimos trimestres, la posibilidad de recesión solo aparecía en los escenarios más extremos, prácticamente descartados a principios de año. Pese a algunas alarmas en materia de deuda corporativa, lo cierto es que nada hacía prever una crisis de estas características, donde no es ni la demanda ni la oferta el origen de la crisis, sino la propia paralización de las cadenas de valor. Es toda la economía, y no sólo unos sectores específicos, los que se van a terminar paralizando.

Las medidas puestas en marcha van en la buena dirección: proporcionar liquidez y garantías prácticamente ilimitadas, y favorecer la expansión de los estabilizadores automáticos, es lo que se puede hacer en estos momentos. Pero habrá que avanzar también en el diseño del plan de recuperación. Cuando la crisis sanitaria haya pasado, sea en unas semanas o meses, los Gobiernos de la Unión Europea se encontrarán con un panorama económico devastado por la paralización, un alto nivel de deuda pública acumulada y un déficit público disparado por los efectos de la crisis.

Ninguno de los factores de esta crisis responde a una mala asignación del riesgo, a una gestión económica imprudente, o a una acumulación de desequilibrios macroeconómicos. No es fruto del riesgo moral. Pero a no ser que se produzca una revisión en profundidad de las herramientas de las que dispone el euro para salir adelante, el escenario del año 2021 no será halagüeño: España se verá sometida a un esfuerzo notable de consolidación fiscal, con una economía que tardará en volver a generar todo el empleo perdido, y con un alto nivel de desigualdad. Contaremos, eso sí, con la ayuda del Banco Central Europeo, que se ha comprometido a mantener las primas de riesgo lejos de los registros de la anterior crisis.

En este contexto, lo más probable es que las medidas económicas de esta semana no sean sino las primeras de una larga serie de novedades. Para la Eurozona, el punto de partida es mejor que el de 2010: contamos con el Mecanismo Europeo de Estabilidad, los avances en la Unión Bancaria y las herramientas del Banco Central Europeo, como su programa de compra de activos y el programa OMT de 2012. Son herramientas que tendremos que aplicar en toda su extensión, y que requerirán, adicionalmente, de nuevas iniciativas innovadoras que tendremos que diseñar buscando una nueva política económica donde, como señalaba Ángel Ubide, el mayor riesgo consistirá en ser demasiado conservador.

José Moisés Martín es economista y consultor.

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