Opinión
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Las estrategias persuasivas de los economistas

Sin una buena economía estamos condenados a repetir errores pasados derivados de nuestra ignorancia o ideología

Tomás Ondarra

La economía y sus profesionales se enfrentan a una seria encrucijada. Una encuesta reciente en Estados Unidos muestra que solo un 20% de la población confía en los economistas, lo que nos coloca en la penúltima posición del ranking, solo por delante de los políticos. La creciente pérdida de confianza de los ciudadanos nos obliga a reflexionar. Una de las razones de este descrédito es la manifiesta incapacidad para predecir algunos de los grandes problemas económicos y, muy especialmente, el alcance y la intensidad de las crisis. Hasta el Fondo Monetario Internacional reconoce que las recesiones se manifiestan habitualmente de manera imprevista: fuimos incapaces de anticipar la mayoría de las más de 150 sucedidas en varios países en los últimos 25 años. Especialmente dolorosa por sus secuelas y sus consecuencias reputacionales fue la falta de previsión, salvo algunas excepciones, de la crisis de 2008.

Otra clave es la prevalencia de algunas recetas de política económica que no están respaldadas por evidencias concluyentes. Se argumenta a menudo que esta ciencia social implica el arte de la persuasión. En ausencia de criterios metodológicos uniformes y contrastes empíricos definitivos, los economistas se ven obligados frecuentemente a confiar en sus juicios de valor y tratan de convertir sus propias valoraciones en argumentos persuasivos, que permiten orientar, con desigual fortuna, las decisiones políticas. Para entender el éxito de determinadas proposiciones es importante, por tanto, el contexto y las formas en que estas se postulan.

El análisis de cómo razonan y argumentan los economistas es relevante y permite añadir a la reflexión sobre los métodos en economía un elemento central en la explicación de lo sucedido en otros campos científicos, como es la importancia de esos factores externos y, sobre todo, de las narrativas. Si se comparte el principio de que el conocimiento de algunos problemas económicos fundamentales es todavía limitado, a pesar del gran esfuerzo teórico y empírico desarrollado, no es ocioso recurrir a la capacidad que tienen estas estrategias persuasivas para moldear la toma de decisiones.

A mediados de los años ochenta, Deirdre McCloskey mostró cómo la retórica podía hacer tabla rasa de restricciones innecesarias sobre las maneras válidas de reflexionar y argumentar en economía. Era necesario que los economistas prestaran atención a su propia retórica y no tanto a la predicción, el control y la refutación. Lo que parecía mostrar una mayor capacidad de persuasión no era siempre el contraste empírico o una predicción satisfactoria, sino otros elementos que no tenían en cuenta una metodología explícita. Varios autores han recalcado la singularidad de los discursos económicos, enfatizando la importancia del tipo de lectura adecuada para analizar la economía y las diferentes opciones para hacerlo. La ciencia económica, sin embargo, ha tendido a institucionalizarse como un discurso cada vez más unívoco, reflejo de un lenguaje y un sistema de valores crecientemente uniforme, que la aleja de su verdadera naturaleza de lenguaje plural.

El desarrollo más reciente en el campo de la persuasión y el lenguaje de los economistas lo ofrece el Nobel Robert Shiller en su Narrative Economics, donde subraya la importancia de la difusión y la dinámica de las narrativas populares y de sus cambios en el tiempo para entender las fluctuaciones económicas. Shiller sostiene que la realidad económica está determinada por nuestros sentimientos y que estos, a su vez, tienen su origen en lo que describe como narrativas, que vendrían a ser historias con el potencial suficiente para modificar el modo en que los individuos adoptan decisiones económicas. Para él, episodios como la Gran Depresión o el cambio a favor de los recortes impositivos de los Gobiernos estadounidense y británico en los años ochenta no pueden entenderse sin sus narrativas previas. Aunque identificar la dirección de la causalidad entre los cambios económicos y esas narrativas es, sin duda, complejo, este es un campo prometedor.

Bases erróneas

El principal problema es que muchas de esas narrativas pueden construirse sobre bases erróneas o falsas. En un mundo globalizado, las ideas se extienden igual o más rápido que los propios flujos de bienes y servicios y las tecnologías de la información tienen una enorme capacidad de difundir informaciones que no son ciertas. Las narrativas de los economistas también pueden ser falsas o, incluso, manipuladoras. Uno de los ejemplos más célebres tal vez sea la famosa curva de Laffer, que ha vuelto a aparecer en algunos de los discursos de los economistas para dar respuesta a la crisis actual, de la que se inferiría que las rebajas de impuestos aumentarían a la vez la recaudación y el crecimiento económico, mejorando el bienestar social. Para Paul Krugman la propuesta de Laffer es un ejemplo de ideologías zombis en economía, que son aquellas teorías que deberían haber sido eliminadas por la evidencia, pero que reaparecen recurrentemente debido a los intereses económicos que las sostienen.

Probablemente, la mejor estrategia persuasiva es, como señalan Abhijit Banerjee y Esther Duflo, otros premios Nobel, en su Good Economics for Hard Times, mostrar no solo nuestras conclusiones, sino el camino recorrido para alcanzarlas. Ha habido avances sustanciales en el desarrollo de la economía que han ampliado las soluciones reales frente a problemas de gran magnitud y las respuestas de política económica en algunos países durante la pandemia son un buen ejemplo. La buena economía es la que toma como punto de partida el análisis de realidades complejas, realiza hipótesis desde el conocimiento adquirido sobre el comportamiento real y las teorías que han sido probadas como satisfactorias, utiliza datos adecuados para contrastar esas hipótesis y puede ofrecer algunas soluciones. Sin una buena economía estamos condenados a repetir errores pasados, derivados de nuestra ignorancia, simples intuiciones, ideologías o inercias. En cualquier caso, como concluyen los mismos autores, la economía sigue siendo demasiado importante como para dejarla sola en manos de los economistas.

Luis Ayala es catedrático de Economía en la UNED.

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