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OPINIÓN i

Cuando la fantasía choca con la realidad

El déficit comercial es una causa secundaria de la caída de la producción industrial, al revés de lo que cree Trump

 Seguidores de Trump en Melbourne, Florida, el martes pasado.
Seguidores de Trump en Melbourne, Florida, el martes pasado.

Aceptémoslo: el “Hagamos Estados Unidos grande otra vez” fue un eslogan político brillante. ¿Por qué? Porque podía significar cosas diferentes para personas diferentes. Para muchos seguidores de Donald Trump, era básicamente la promesa de volver a los buenos tiempos del racismo y el sexismo puros y duros. Y Trump está cumpliendo esa promesa.

Pero al menos para algunos votantes de Trump, era una promesa de restablecer el tipo de economía que teníamos hace 40 o 50 años, una economía que todavía ofrecía muchos trabajos viriles en fabricación y minería. Por desgracia para los que confiaron en don Arte del Acuerdo, Trump nunca tuvo ni idea de cómo cumplir esa promesa. E incluso si hubiese sabido algo sobre cómo hacer política, no podría haber cambiado la trayectoria a largo plazo de nuestra economía, la cual se aleja sin tregua de la fabricación física de cosas y avanza hacia la prestación de servicios.

Como consecuencia de ello, Trump, a quien por encima de todo le preocupa la imagen, acapara ahora titulares que ponen en ridículo su postureo en campaña, titulares sobre el cierre de fábricas de coches y la pérdida de empleo. Ahora bien, los automóviles son un caso especial; el empleo en la fabricación sigue aumentando en general, aunque no especialmente rápido. Pero en lo que se refiere a sus grandes promesas, lo que está pasando es un vergonzoso fiasco.

¿Por qué era absurda la idea de la recuperación de la industria? Por supuesto, hablar de lo que Trump no sabe es una tarea ingente, ya que su ignorancia es profunda. Pero parece que no ha entendido bien tres cosas concretas sobre la fabricación. En primer lugar, cree que los déficits comerciales son la razón por la que abandonamos la fabricación. Pero no lo son. Para ser justos, esos déficits han desempeñado un papel en la reducción del empleo en la industria. Si pudiésemos eliminar el actual desequilibrio comercial, tendríamos alrededor de un 20% más de trabajadores en el sector que ahora. Pero eso solo revertiría una pequeña parte del descenso de la fabricación, que ha pasado de representar más de un 25% de la mano de obra en 1970 a menos del 10% hoy.

De hecho, incluso en países que registran superávits comerciales enormes, como Alemania, se ha producido un importante descenso de la industria en el empleo total. Y el comercio no es toda la historia. Lo que está pasando es que, a medida que crece el gasto general, una parte cada vez mayor se dedica a los servicios, no a los bienes. El consumo de productos manufacturados sigue aumentando, pero el progreso tecnológico nos permite producir esos productos con cada vez menos trabajadores; por eso la economía se desplaza hacia los servicios.

Por cierto, por si quieren saber qué significa “servicios”: de los cuatro sectores ocupacionales en los que el Departamento de Trabajo prevé que se creará más empleo a lo largo de la próxima década, tres son de algún tipo de asistencia (el cuarto es el sector alimentario). Y si no pueden imaginarse hasta qué punto se puede construir una economía próspera basándose en los servicios, tengan en cuenta que la asistencia sanitaria es una importante fuente de empleos de clase media y que podría crear todavía más con las políticas adecuadas. Así y todo, aunque los déficits comerciales sean una causa claramente secundaria del descenso de la fabricación, ¿no puede Trump ayudar un poco poniéndose duro con los extranjeros? Eso nos lleva a su segunda falacia: no, las prácticas comerciales extranjeras injustas no causan los déficits.

El hecho es que, aunque los aranceles pueden afectar al comercio en sectores concretos, el balance comercial general refleja sobre todo los tipos de cambio, los cuales, a su vez, derivan principalmente de los flujos de capital: el dólar es fuerte porque los extranjeros quieren comprar activos estadounidenses. Y las políticas de Trump —recortes fiscales para las multinacionales, grandes déficits que impulsan al alza los tipos de interés— están haciendo que el dólar sea aún más fuerte. Por último, la furiosa reacción de Trump ante los cierres de fábricas de coches nos recuerda su tercera gran equivocación política: cree que se puede dirigir la economía gritando a la gente.

¿Por qué está equivocado? No es solo que las empresas hayan aprendido a no tener en cuenta sus amenazas. Lo más importante es que la economía es demasiado grande para hacer política señalando a empresas individuales y despotricando. ¿Hasta qué punto es grande? Cada mes se pone en la calle a alrededor de 1,7 millones de trabajadores. Así que ni siquiera un presidente que pasase menos tiempo jugando al golf podría amenazar a suficientes empresarios como para tener una incidencia significativa en el mercado laboral. O, por decirlo de otra forma, dirigir EE UU no es como dirigir una empresa familiar. Se tiene que hacer fijando unas políticas generales y ciñéndose a ellas, y no intimidando a algunas personas cuando aparece un titular negativo. Por eso la promesa de Trump de recuperar la fabricación estaba condenada al fracaso.

¿Por qué la hizo en un principio? Por si sirve de algo, sospecho que en este caso Trump realmente no intentaba engañar a los votantes. Yo creo que creía sinceramente que podía hacer que la fabricación industrial, la minería del carbón y demás se recuperasen espectacularmente, y que otros fracasaron solo porque no fueron lo bastante duros. Puede que se pregunten de dónde sacaba esa confianza, teniendo en cuenta lo poco que sabe sobre economía. La respuesta, probablemente, es el efecto Dunning-Kruger: las personas ineptas confían a menudo en su capacidad, porque son demasiado ineptas para saber lo mal que lo están haciendo. Pero la verdadera pregunta no es si Trump se dará cuenta alguna vez de que no sabe cómo “hacer EE UU grande otra vez”. Es si sus seguidores se darán cuenta y cuándo. Supongo que conoceremos la respuesta en los próximos meses.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times, 2018. Traducción News Clips

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