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COLUMNA i

Sanidad, odio y mentiras

Las amenazas de castigo contra los adversarios políticos del Gobierno se han vuelto habituales

Vista del exterior del hospital Monte Sinaí de Nueva York.
Vista del exterior del hospital Monte Sinaí de Nueva York.

Hasta hace poco, parecía que las elecciones de mitad de mandato iban a estar determinadas en gran medida por la pelea acerca de la atención sanitaria. Sin embargo, estos últimos días los titulares han estado dominados por el odio: la histeria por la caravana de emigrantes a 1.500 Km de la frontera estadounidense, y ahora el intento de asesinato de varios demócratas destacados.

Pero con independencia de quién enviase las bombas y por qué, la histeria por la caravana no es una casualidad: crear un clima de odio es la forma que tienen los republicanos de evitar que se hable de la sanidad. Lo que estamos viendo en estas elecciones es una especie de culminación de la estrategia que la derecha lleva décadas utilizando: distraer a los votantes de clase trabajadora de las políticas que les perjudican promoviendo la guerra cultural y, sobre todo, el antagonismo racial.

En el fondo, el actual programa político de los conservadores, que se centra en reducir impuestos y destruir el colchón de seguridad, es sistemáticamente impopular. Los electores quieren, por un gran margen, subir los impuestos a las grandes empresas, y a los ricos, no bajarlos. La inmensa mayoría se opone a recortar la Seguridad Social, la sanidad pública para ancianos (Medicare) y para personas sin recursos (Medicaid). Hasta quienes se declaran republicanos prefieren impedir que las aseguradoras discriminen a personas con afecciones médicas preexistentes, algo que la ley de Obama hace pero que las propuestas sanitarias republicanas no harían.

¿Cómo consiguen entonces los republicanos ganar elecciones? La respuesta es en parte que la manipulación de circunscripciones, el Colegio Electoral de compromisarios y otros factores han amañado el sistema a su favor; los republicanos han conservado la Casa Blanca en tres de las últimas seis elecciones presidenciales, a pesar de haber ganado solo una vez el voto popular. Y ahora probablemente conservarán la Cámara de Representantes a no ser que los demócratas ganen por un margen del 6% como mínimo.

No olvidemos, además, la supresión de votantes, que está descompensando aún más la balanza. Así y todo, teniendo en cuenta lo impopulares que son las posiciones políticas republicanas, ¿cómo consiguen acercarse lo suficiente para hacer trampa?

Tradicionalmente, una manera de conseguirlo ha sido la amenaza roja, o sea, definir todas y cada una de las políticas progresistas como lo más parecido al comunismo. Hace más de medio siglo, Ronald Reagan advirtió de que el Medicare destruiría la libertad estadounidense, pero no ha sido así. Hace unos días, la Casa Blanca de Trump emitió un informe en el que equiparaba la propuesta del “Medicare para todos” con el maoísmo.

Otra táctica clave es la de mentir acerca de sus posiciones y las de sus adversarios. Durante el gobierno de George W. Bush, las mentiras eran relativamente sutiles según baremos actuales, e implicaban cosas como fingir que las rebajas de impuestos que favorecían a los ricos iban de hecho dirigidas a la clase media. En los tiempos que corren, las mentiras son absolutamente descaradas, con candidatos que se presentan como paladines de las protecciones para personas con afecciones preexistentes cuando en realidad han trabajado sin descanso para desmantelar esas protecciones, y que acusan a los demócratas de ser ellos los que intentan destruir el Medicare.

Pero las mentiras sobre políticas, aunque puedan confundir a algunos electores, no bastan. El odio siempre ha formado parte del paquete. No idealicemos el pasado. Cuando Reagan hablaba de “reinas” de las ayudas sociales que conducían Cadillacs, o de “fornidos jovenzuelos” que usaban los cupones de alimentos para comprarse bistecs, sabía exactamente lo que hacía. Sin embargo, con Trump, la estrategia del odio ha alcanzado un nivel completamente nuevo.

Para empezar, después de llevar décadas encubriendo su estrategia con eufemismos, el Partido Republicano ha vuelto a permitir a los racistas ser racistas. Prácticamente no hay semana en la que no se produzca la revelación de que algún miembro del Gobierno de Trump o algún destacado partidario de los republicanos es un intolerante y/o un supremacista blanco.

Por otro lado, la corriente principal del Partido Republicano ha ido a muerte con el tipo de teoría de la conspiración —teñida de antisemitismo— que solía estar restringida a los extremos. Por ejemplo, no solo Trump sino también senadores veteranos como Charles Grassley se han tragado la información falsa de que los que protestaban contra Brett Kavanaugh estaban pagados por George Soros.

Por último, las amenazas de castigo contra los adversarios políticos y los detractores se han convertido en algo habitual en la derecha, y no solo en los cánticos de “encerradla”, que Trump encabezó el mismo día que alguien le envió una bomba a Hillary Clinton.

Y es difícil no ver como una incitación a la violencia el llamar “enemigos del pueblo” a los medios de comunicación.

¿Funcionará entonces esta estrategia de odio aumentada? Es posible que sí, en parte porque esos mismos medios informativos todavía danzan al son de quienes proclaman ese odio. Fijémonos en la noticia de la caravana de emigrantes. La histeria de la derecha es claramente insincera; es evidente que le está dando tanto bombo para desviar la atención de la sanidad y de otras cuestiones esenciales: ¡No os preocupéis por las afecciones preexistentes! ¡Fijaos en todos esos morenos siniestros!

Pero a pesar de todo, los medios han informado hasta la saturación sobre la caravana, dedicándole más especio del que han dedicado nunca a la sanidad.

El caso es que si esta estrategia de odio funciona en las elecciones de mitad de mandato, la derecha la seguirá empleando todavía con más avidez. No esperen que ninguno de los implicados sienta remordimientos de conciencia. De hecho, cuando la CNN y varios detractores destacados recibieron paquetes bomba, Trump culpó a… los medios de comunicación.

He visto el futuro, y está lleno de amenazas.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía © The New York Times Company, 2018 Traducción de News Clips

 

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