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Habitar un cadáver: la caída de Puerto Príncipe

Haití vive una crisis humanitaria y de violencia sin precedentes. Este es un viaje de cinco semanas a la capital, la primera de América en ser gobernada por las bandas criminales

Un funeral colectivo por personas fallecidas en un ataque con drones en Puerto Príncipe, Haití, en octubre de 2025.Clarens SIFFROY (GI-TOC)

Esta historia forma parte del proyecto de Dromómanos y Global Initiative (GI-TOC) La caída de Puerto Príncipe.

El cuerpo de un hombre que mataron esta noche humea todavía. O lo que queda de él. Son casi las cinco de la mañana del 5 de marzo de 2025 y los alumnos de la única escuela que aún abre sus puertas en los alrededores pasarán por esta calle, así que unas mujeres tiraron agua sobre sus restos antes de que se quemara por completo. Al perder la protección de las llamas, los perros y los cerdos le comieron piernas, brazos y cabeza. Solo queda el tronco, que está envuelto por una especie de tupida cabellera negra y larga: son los alambres que llevan por dentro las llantas que lo acompañaron en el fuego. Estamos frente a un mercado callejero del barrio Delmas 95, en la capital haitiana de Puerto Príncipe, la primera de América gobernada por bandas criminales. Estamos dentro del 10% de la ciudad que aún no ha caído en manos de Viv Ansanm, la mayor confederación de bandidos jamás vista en nuestro continente.

Los rayos del sol van espantando de a poco la oscuridad y unas mujeres pasan al lado del hombre sin forma. Se cubren la nariz, el olor es fuerte, pero ninguna lo mira fijo. El mercado comienza su actividad ignorando al muerto. La que no pasa desapercibida es mi presencia. Un grupo de hombres en motos comienzan a vernos con desconfianza, uno grita algo en creole, y avanza hacia nosotros con lo que parece una cadena en la mano. No quiere que fotografíe el cadáver. Solo entiendo “blan” y “journaliste”. Ivander, mi guía, cree que fueron ellos quienes lo mataron, o al menos, quienes lo quemaron.

Una sinfonía de tiros suena a poca distancia. Las vendedoras miran hacia el cielo, entornan los ojos y guardan silencio, haciendo cálculos mentales sobre la lejanía de esos disparos. Siguen a lo suyo. No sonaron lo suficientemente cerca para asustarse.

Ivander me hace una señal, nos subimos a su moto y nos dirigimos a la esquina de la rue 27, Bois Patate, frente al pequeño negocio de abarrotes Tag Supermarket, que fue propiedad de la familia de origen libanés Abraham y ahora permanece cerrado y oscurecido por tanto fuego.

“Ahí están quemando otro”, me dice.

“Siempre a esta hora están quemando gente”.

Pasamos a centímetros de una calavera limpia, de un negro mate. A diferencia del anterior cadáver acá ya no hay carne, solo un esqueleto perfecto rodeado por ese gran abrigo de cabellera negra que fue el corazón de las llantas.

“Acá no nos podemos quedar mucho”, me dice Ivander. “Esta gente es bravísima, acá es Canapé Vert”.

Lo dice como si yo debiera conocer ese nombre.

Al fondo más tiros, todo el tiempo tiros.

Canapé Vert fue un lugar de clase media, con una vida cultural bastante movida, donde había bares pequeños, cafés, empresas y colegios privados. Varias personas que vivieron y frecuentaron este lugar antes de 2021, cuando comenzó esta última gran ola de violencia después del asesinato del entonces presidente, Jovenel Moïse, cuentan sobre fiestas espontáneas con dj y hablan sobre tardes en el parque central tomando café y jugando dominó. Era un lugar considerado seguro en medio del caos que ya era Puerto Príncipe.

En Canapé Vert se concentran aún hoy muchos hogares de policías, militares y funcionarios menores. En medio de la ofensiva de las bandas armadas por el control de Puerto Príncipe, desde este lugar se alzó el oficial de la policía y caudillo Samuel Joasil, quien organizó a decenas de agentes en servicio, expolicías y vecinos en un pequeño ejército de resistencia conocido como la Brigada.

Canapé Vert, Samuel y su Brigada se volvieron famosos el 17 de abril de 2023, cuando la policía detuvo a 13 presuntos miembros de la pandilla Kraze Barye (Los rompedores de barreras), dirigida por Vitel¨ Homme Innocent, el poderoso warlord de los barrios periféricos Torcelle y Tabare. Según cinco testigos con los que hablé, la policía requisó a la gente de un autobús y encontró a este grupo con algunas armas de fuego y municiones. Todas las fuentes suponen que se disponían a preparar un ataque desde adentro de Canapé Vert, una especie de caballo de Troya, una estrategia que las bandas ya habían usado para hacer caer otros barrios de la capital.

En la versión oficial de la policía, una vez detenidos, una turba los sacó de la delegación, les dieron machetazos y pedradas y, estando vivos, les colocaron neumáticos viejos de moto y carro sobre el cuello y les prendieron fuego con gasolina.

“No se podía ni respirar de tanta peste y el humo se veía desde los muelles”, me dijo una de las personas que participó en aquella masacre.

En medio del terror que se había apoderado de la ciudad, esta historia brutal se convirtió en símbolo de esperanza: el barrio que desafió a las pandillas y ganó, la gente que borró de este mundo a los bandidos con la ayuda del fuego.

Los habitantes de Canapé Vert celebraron mientras las llamas terminaban con los bandidos. En un arranque de euforia un hombre gritó en dirección hacia la cámara de un teléfono: “¡Bwa kale, Bwa kale!”, una expresión que significa literalmente “el pene erecto y pelado”, pero tiene un significado más allá de la literalidad. Según mis fuentes sería algo así como: “A la mierda todo”.

Los videos del evento circularon por Puerto Príncipe y Haití. La gente de Canapé Vert colocó piras de llantas en las esquinas como un amuleto, como un recordatorio de que a este barrio es mejor no entrar. Samuel Joasil ganó algunas batallas y estableció contacto y formó red con los caudillos de otros barrios fuertes que también se alzaron en armas contra aquellos bandidos.

Casi cada noche los enfrentamientos dejaban una cosecha de cuerpos (solo entre abril y junio de aquel 2023, según Naciones Unidas, al menos 230 personas fueron ejecutadas en Puerto Príncipe). Quemarlos tenía que ver por un lado con una cuestión sanitaria, y por el otro con una forma simbólica de borrarlos de la tierra, de reducirlos a nada. Este fuego se volvió sinónimo de salvación para unos y de algo temible para otros.

Para mediados de 2024, Samuel Joasil y su Brigada llevaban más de un año resistiendo y la guerra comenzó a pasarles factura. Llegó entonces la paranoia. A partir de ese momento además de defender los linderos de esta especie de fortaleza, comenzaron a ver hacia dentro, hacia los refugiados que llegan todas las madrugadas a buscar seguridad. Si no dan respuestas precisas sobre su oficio o dicen venir de algún lugar y no pueden comprobarlo, Bwa kale. Si alguno de los miles de refugiados que viven en la fortaleza lo señala como bandido o pariente de algún bandido, Bwa kale. Si a los hombres jóvenes que llegan les encuentran un arma o munición o algo en su teléfono que los asocie a las bandas, Bwa kale. O si un día un vigilante cree que alguien tiene apariencia de bandido, Bwa kale.

Durante las cinco semanas que permanecí en Puerto Príncipe, al menos 15 personas fueron quemadas vivas o recién asesinadas en Canapé Vert. Todas terminaron en un mismo lugar: rue 27, Bois Patate, frente al Tag Supermarket, que pertenecía a la familia Abraham. Todas terminaron abrigadas por una larga cabellera negra.

El día que la ciudad comenzó a morir

Vine a Puerto Príncipe porque un hombre a quien llamaremos Monsieur X para proteger su identidad, me hizo una oferta que no pude rechazar: “Vamos a matar con drones al líder más importante de los bandidos de Viv Ansanm. No habrá otros periodistas extranjeros en la ciudad, les da miedo venir. Vas a ser el único”, me dijo este hombre, un operador político del Consejo Presidencial de Transición, el órgano que hasta el 7 de febrero pasado ejerció el poder ejecutivo en Haití. Supongo que Monsieur X y su círculo estaban interesados en mostrar al líder de los bandidos como hace años la policía colombiana mostró el cuerpo de Pablo Escobar: derramado, sangrante, descalzo, vencido. Supongo que yo no fui su primera opción, pero fui el que aceptó. Quizá debí pensarlo mejor.

Para llegar aquí tuve que volar en aviones bimotor y avionetas ligeras por todo el Caribe, por grandes islas como Nassau, en el archipiélago de las Bahamas, y pequeñas Antillas como Islas Caicos y Turcas, hasta llegar a Cabo Haitiano o Cap Haitien, que es una ciudad destrozada y paupérrima en cualquier criterio latinoamericano, pero considerada una urbe y un oasis de paz en Haití. Ahí esperé una semana en un cuarto húmedo de un hotel bullicioso donde la ducha arrojaba agua de mar, hasta que mi contacto me dijo que saliera a la calle, que un vehículo me esperaba para ir al aeropuerto y abordar el helicóptero de “Protección Civil” que me llevaría hasta la capital. Luego de una hora de sobrevolar interminables cerros desolados y llanuras rocosas aterricé en Puerto Príncipe.

La ciudad me recibió huraña. La noche anterior las bandas de Viv Ansanm atacaron un barrio del sector del Delmas, cerca del aeropuerto, y las columnas de humo de las casas incendiadas subían al cielo como edificios gaseosos a punto de derrumbarse. Llegué tarde. Para este 25 de febrero de 2025 casi todas aquellas cosas que convierten a un pedazo de mundo en ciudad acá están destruidas.

La ciudad ha muerto ya. La ha matado Viv Ansanm.

Puerto Príncipe perdió la operatividad de su aeropuerto, el Toussaint Louverture, en noviembre de 2024 —después de que ya hubiera permanecido cerrado durante un año— cuando los bandidos dispararon contra aviones de Spirit Airlines, JetBlue y American Airlines e hirieron a una sobrecargo. Todas las demás aerolíneas huyeron como pájaros asustados. Solo aterrizan los aviones militares que apoyan con algunos vehículos y policías al gobierno haitiano y al helicóptero de Protección Civil en el que viajo.

Unos meses antes la ciudad también perdió gran parte de sus puertos y muelles. Ahora son de Viv Ansanm. El estadio de fútbol Sylvio Cator es una ruina, y cuatro de los cinco hospitales públicos fueron destruidos quedando solo a medio funcionamiento el hospital Universitaire La Paix. Decenas de policías y al menos cinco periodistas fueron asesinados en esta embestida. Siete cuarteles policiales fueron arrasados, algunos demolidos hasta los cimientos con uso de tractores o incinerados, y decenas más sufrieron daños por ataques.

Las carreteras están tomadas, los mercados abren de forma intermitente dependiendo del asedio de los bandidos. Muchas de las escuelas y los institutos que no fueron quemadas son ahora campos de refugiados que reciben cada madrugada a decenas de familias que perdieron sus barrios por la noche bajo el fuego de los bandidos. Puerto Príncipe ha perdido todas y cada una de las salidas (ya nadie les llama entradas).

Ni siquiera los muertos, que abundan, pueden ser enterrados en paz. Los bandidos controlan los cuatro cementerios de la ciudad, incluyendo el histórico Grand Cimetière, donde hasta hace cuatro años se celebraban las fiestas coloridas y bulliciosas de guédes, y se llenaba de vida y se comía y se bailaba. Ahora ya solo queda ahí la muerte y las personas deben pagar a los bandidos por meter un familiar bajo la tierra.

El centro de gobierno, cuyos alrededores rebosaban de ventas, viandantes, espectáculos callejeros y vida hace apenas cuatro años, solo tiene lugar para la guerra. En mi primer día de trabajo de campo quiero ver los vestigios del corazón de la ciudad. Se llama Fort Nacional, desde acá se administraba el Estado haitiano antes de que Viv Ansanm administrara la capital.

Bajo una sombra, sobre la acera, una anciana agoniza. Luce ya como un cadáver que respira. Junto a ella una mujer más joven prepara un poco de arroz en un fogón hecho con basura. Le pregunto por la anciana y solo sabe que llegó hace unas noches en medio de una tormenta sobre una silla de ruedas empujada por alguien, que huyó mientras Viv Ansanm atacaba uno de los poblados de Kenscoff, en las montañas que rodean la capital haitiana, que enfermó y que ya no come. No sabe su nombre. Está junto a ella porque un árbol protege con una sombra misericordiosa ese mismo pedazo de asfalto.

A unos 30 metros, casi frente a las ruinas de lo que fue el Teatro Nacional Rex, un hombre de una edad indescifrable levanta los brazos y se rinde, no parece tener claro ante quién, pero se rinde. Se levanta la camisa para mostrar a esos agresores, que lo amenazan desde el interior de su cabeza, que no va armado, que no es un peligro. Me grita algo en creole, suena a ruego, luego sigue su camino. Va a rendirse a otro lado.

La banda sonora de esta ciudad, los tiros, suena cada vez más fuerte, cada vez más cerca. La cara de la gente cambia, sus cuerpos se alertan, se mueven, corren. Entonces le digo a Ivander que me saque de ahí, nos subimos en su moto y huimos en dirección contraria a los disparos.

Mañana regresaré a la misma acera y la anciana todavía estará, con su gesto de muerte en el rostro, con su boca abierta, con sus ojos cerrados, con su respirar lento de oleaje marino. Pasado mañana ya no.

***

Esta muerte de Puerto Príncipe que aun no termina comenzó oficialmente la madrugada del 7 de julio de 2021 con el asesinato de un hombre, el presidente Jovenel Moïse, pero empezó muchos años atrás. Antes incluso de la escalofriante dictadura de François Duvalier, el tirano y sacerdote vudú que aterrorizó al país desde 1957 hasta su muerte en 1971, cuando le sustituyó su hijo por otros 15 años más. Quizá antes de que en 1811 Henri Christophe, el primer presidente haitiano después de la independencia, se declarara emperador, oprimiera a sus propios “súbditos” y terminara dándose un balazo con un arma de oro antes de caer en una cama de cemento fresco. Quizá antes del gran pacto de Francia, Inglaterra y Estados Unidos en el siglo XIX para marginar a la primera nación de negros libertos, la segunda independencia de América. Quizá Haití no ha parado de morir, de una muerte lenta y dolorosa desde que nació, desde que aquellos esclavos conquistaron con machete su libertad hasta que hoy, como en ninguna capital del continente, Puerto Príncipe ha sido tomada por bandas y pandillas que han desplazado al Estado. La historia de esta ciudad es la gran parábola de lo que pasa si se le da completa rienda a la violencia.

Los especialistas, la observación etnográfica, el registro periodístico, más la literatura disponible sobre estos grupos criminales que tomaron el poder de Puerto Príncipe, apuntan a tres cosas: las bandas haitianas fueron creadas, financiadas y armadas por las diferentes facciones políticas de la capital desde hace décadas. Podemos decir que la muerte del presidente en 2021 rompió los débiles equilibrios en el campo político, y que los bandidos, cansados de pelear entre sí para favorecer a sus mecenas, vieron una oportunidad para tomarse la ciudad. El tercer punto es que las estructuras violentas de Puerto Príncipe tienen, casi todas, una relación íntima con el campo religioso del vudú, la religión histórica de origen africano y con más adeptos en Haití, ya sea como una expresión genuina de su religiosidad, ya sea como una forma de legitimación ante la población, o incluso como una forma más de dominación sobre las poblaciones que pretenden subyugar.

Podemos decir, además, ya no en un intento taxonómico de categorizar a las bandas sino como un agravante de la situación de violencia que ningún estamento, ni estatal ni internacional, ha mostrado la fuerza o un genuino interés en frenar esta gran muerte que se cierne sobre Puerto Príncipe.

Lo que ocurre en la capital de Haití se puede definir como un “poli conflicto” o, si queremos la versión aburrida, académica y laberíntica del asunto, un “conflicto de origen político-territorial, multi trinchera, de intereses diversos”.

Hace dos años las grandes federaciones pandilleras de Puerto Príncipe cesaron esa especie de “juego serio” de agresiones recíprocas parecido al de las maras en Centroamérica, o las bandas de afrodescendientes en California, ese intercambio de afrentas callejeras que les mantenía constantemente bajo fuego y al servicio de políticos y empresarios. Ese histórico 29 de febrero de 2024 los bandidos de Puerto Príncipe dejaron de apuntarse entre sí y apuntaron juntos hacia todos los demás.

A manera de presentación de algunos de los más de cien grupos armados que conforman Viv Ansanm debo advertir que las bandas y los bandidos haitianos que conforman esta gran alianza criminal son cada uno más tropical que el anterior y el esquema interno de estos grupos gira, casi siempre, alrededor de la figura de un warlord u hombre fuerte, cuyas características parecen pasar, con el tiempo, a definir al grupo.

En el noreste de Puerto Príncipe, de la localidad de Croix-des-Bouquets, está Wilson Joseph, conocido en Haití como Lanmò San Jou (La muerte sin día), quien además de capitanear a los 400 Mawozo, (los 400 brutos, rústicos o paletos), una de las fuerzas armadas más importantes del país, se presenta como un bokó, o sacerdote Vudú. Es además uno de los principales acusados del secuestro de 16 misioneros estadounidenses y un canadiense en 2021.

Destaca también el warlord Kaporal Ti Lapli, líder de los Grand Ravine del barrio homónimo, quien se asume como un líder revolucionario y como prueba de su supuesto compromiso social construye un hospital en su territorio.

Figura además el Rey Micanor, señor del Muelle de Wharf Jeremie, la ruta de entrada y salida de muchos de los productos a la capital, quien perpetró en diciembre 2024 una de las mayores masacres de las últimas décadas matando a más de 207 personas en represalia por la muerte de su hijo menor, quien enfermó, según Micanor, por obra del vudú.

Se unieron también Manno, el señor de Village de Dieu, y su lugarteniente Izo 5 Segond, el jefe de la banda 5 Segond. Este último, además de gobernar presume de ser un rapero y sube a redes sociales sus canciones y sus videos.

De los barrios en las afueras de la capital llegó Vitel’Homme innocent, el señor de los Kraze Barye (rompedores de barreras) un warlord temido en toda la capital y parte de la lista de los 10 más buscados por el FBI de 2023 a 2025, y detrás de ellos una lista larguísima de warlord y sus pequeños ejércitos de nombres fantásticos. Todos hombres, todos armados, todos con el objetivo de ganar para ellos lo que ganaron durante décadas para otros.

Quien se ha presentado como la cara pública de este gran entendimiento es Jimmy Chérizier, un exjefe policial de 46 años, acusado de haber perpetrado masacres y asesinatos políticos desde 2018. Este hombre se dio la tarea de reunir a los líderes de las principales bandas armadas de la ciudad, y en un ejercicio poco común en el mundo de los bandidos, propuso dejar atrás la sangre derramada y las afrentas recibidas, siempre y cuando todos estuvieran dispuestos a olvidar. Lo estuvieron.

A este hombre le llaman “Barbecue” y sus numerosas huestes se llamaban los G9 y familia, que controla gran parte del inmenso barrio Delmas, en el centro de la ciudad. A este hombre es a quien pretendía asesinar Monsieur X con sus drones y cuyos restos yo fotografiaría.

Los jefes de las bandas criminales decidieron suspender sus luchas, mantener la autonomía en sus territorios, y pelear con un solo objetivo: hacerse con la ciudad. En esta ocasión los bandidos dejaron de lado los nombres tropicales para bautizar a esta gran confederación con un nombre sobrio, pero que encierra una ironía terrible. Viv Ansanm, la coalición criminal que ha desatado la guerra y sembrado de muerte Puerto Príncipe, significa “Vivir juntos”.

Desde su nacimiento Viv Ansanm arrasó prisiones para liberar a los suyos, atacó cualquier representación del débil estado haitiano y a base de fuego y disparos ha logrado el control del 90% de Puerto Príncipe.

La ciudad que me encuentro es una ciudad de la que solo quedan fantasmas. Uno de los problemas para Barbecue y Viv Ansanm es que uno de estos fantasmas es Samuel Joasil. Este hombre y su pequeño ejército improvisado, han decidido que resistirán, que no dejarán que a su fortaleza entre Viv Ansanm, y en buena medida resisten porque Samuel Joasil tiene un arma. Es una cosa poderosa, algo que hace dudar a los bandidos y que su sola mención genera terror incluso dentro de la fortaleza: Bwa kale.

Cómo se habita un cadáver

Desde lo alto del techo de un carro quemado un hombre encapuchado apunta a los caminantes con una escopeta. Es joven, se le ve en las manos, en los movimientos gatunos y en lo fibroso de su cuerpo. A unos dos metros, desde el techo de otro esqueleto de carro, otro hombre, este mayor y con barriga, vigila también con su machete y su bate con púas. Anoche Viv Ansanm mordió en uno de los poblados de Kenscoff, en los barrios que rodean la fortaleza, y los que sobrevivieron y huyeron hasta acá traen aún la tragedia en el rostro. Por eso el jefe de la resistencia, Samuel Joasil, ha ordenado el cierre total y sus brigadas se despliegan por las calles principales como jaurías de lobos rabiosos protegiendo la madriguera.

El tráfico es caótico, no hay ningún orden en cuanto a los sentidos de las calles, y parece no haber consenso en la diferencia entre calle y acera. Los blindados de los funcionarios y de los pocos extranjeros de Naciones Unidas y multilaterales que aún no evacúan la ciudad pitan y encienden sirenas en un intento por espantar carros, motos y gente, pero es inútil.

Es 15 de marzo y después de tres semanas en la ciudad le pedí a Ivander, mi guía, que me lleve a los linderos. Quiero conocer la frontera entre la fortaleza de Samuel Joacil y el territorio muerto de Viv Ansanm.

En medio del desorden, llegamos hasta Delmas, un barrio inmenso. La semana pasada cayó Delmas 32 y entonces la frontera se ha corrido y la fortaleza se ha hecho más pequeña y se llena con más refugiados de los barrios que va comiendo Viv Ansanm. El hacinamiento se vuelve basura y pestilencia.

Hace un año la fortaleza tenía el doble de tamaño y las brigadas que la defendían eran mucho más fuertes y numerosas. Hace menos de un año la fortaleza no empezaba en Canapé Vert, empezaba en Solino, un barrio bravo que luchó hasta el final y que se ha convertido en leyenda y en parábola.

Solinó fue un barrio fuerte, defendido con armas por sus habitantes, un Canapé Vert antes de Canapé Vert. La defensa de Solino fue organizada por un policía, Jeff Petit-Dieu. Solino era estratégico, desde ahí se podía tomar el centro y era el camino para la actual fortaleza. Era una puerta de entrada, un puente levadizo. A finales de noviembre de 2024 Viv Ansanm metió bandidos con piel de refugiados y atacaron desde adentro y desde afuera. Después de ese caballo de Troya, el barrio peleó, el barrio perdió, y el cadáver del gran caudillo Jeff Petit-Dieu tuvo que ser rescatado en un asalto coordinado por Samuel Joasil, sus hombres y lo que quedó del ejército de Solino.

“Canapé Vert no es Solino”.

Gritan en los retenes los hombres de Samuel Joasil.

“Canapé Vert no es Solino”.

Se ha vuelto el grito de batalla de los que habitan la parte viva de este cadáver.

Los bandidos creían que si caía Solino caería el resto de Puerto Príncipe. Pero ahí estaba Samuel Joasil, su brigada y su Bwa kale. Desde entonces Canapé Vert se ha convertido en motor de resistencia y blanco prioritario para el líder bandido Barbecue y Viv Ansanm. Alrededor están algunas zonas de Delmas, y la zona de Pétion-Ville, Bourdon, Debussy y Juvenat. Esta es la fortaleza, gran parte del famoso 10% del que hablan los informes de Naciones Unidas, donde resisten los que habitan el cadáver de Puerto Príncipe.

“Esta es la frontera, de acá para ella es territorio de los bandidos”, me dice Ivander en su español afrancesado y caribeño.

No hay un muro, pero es como si lo hubiese. Una barrera invisible separa el tráfico y el bullicio de la nada y el silencio. La calle se corta en seco, sin necesidad de una señal. Me paro justo sobre la línea imaginaria y saco un video y fotografías. Al fondo de aquel desierto un carro solitario se detiene, da marcha atrás y un hombre en su interior me enfoca con otra cosa. Ivander me grita que me aparte, la gente se pone a cubierto esperando el disparo. Me pongo a refugio. Es hora de movernos.

Este día la fortaleza está sacando sus espinas para impedir el paso de las huestes de Viv Ansanm. Cada cuadra se ha cerrado con portones metálicos o carros quemados. Los que no tienen nada de eso recurren al símbolo por excelencia de la resistencia: las piras de llantas quemadas.

La directriz que ha dado Samuel Joasil es dificultar el desplazamiento de los enemigos, obligarlos a avanzar lento y a pie, para que los hombres de su Brigada puedan cazarlos. Pero cada quien interpreta esto como puede y ante la amenaza cada cuadra de la fortaleza se acoraza, volviendo imposible la movilidad incluso para los que viven dentro.

Mientras tratamos de subir hasta Pétion-Ville, el lugar dentro de la fortaleza donde me alojo estas semanas y donde vive Ivander, nos topamos con un conjunto de hombres encapuchados y con su retén improvisado. Un hombre joven nos señala con el pico de su machete y nos dice que nos estacionemos a un costado. Es mi primer encuentro con la Brigada, no será el último.

Tres hombres se nos acercan, solo uno lleva el rostro descubierto y parece ser el jefe. Nos golpean suave con el machete en la cadera buscando el sonido metálico de un arma. Junto a nosotros al menos 20 hombres jóvenes esperan su turno para ser revisados. El miedo se les sale por la mirada. Me identifico como periodista, les da igual, pero no encuentran nada que nos incrimine. El jefe del retén se nos acerca, me mira incrédulo y regaña a Ivander: “¡Saca a este periodista de acá! ¿Estás loco? Esto se va a poner feo”, le dice en creole con el tono de los militares cuando dan órdenes.

Parece que hoy no es un buen día para conocer la frontera, pero acá casi nunca es un buen día para nada.

Ivander usa sus atajos, se sube por callejones que no fueron diseñados para motos y apenas quizá para humanos, y subimos rumbo a la fortaleza. Viv Ansanm está cerca. En el camino pasamos por la esquina de la rue 27, Bois Patate, frente al Tag Supermarket, la esquina del Bwa kale que el humor tragicómico de los haitianos ha bautizado como la cuisine.

Este 15 de marzo en la cuisine otra persona se quema en medio de unos neumáticos viejos. La han matado por la mañana. A este cadáver el fuego le ha hecho perder todo aquello que rodea los huesos y estos parecen descansar tranquilos y quebradizos, envueltos en su melena negra. Era una mujer, según Ivander la capturaron hoy mismo por la mañana, y era refugiada de quién sabe qué barrio. Mis fuentes me dirán que al parecer llevaba una cantidad inusual de dinero en su canasto. Un muchacho de la brigada dijo que eso era sospechoso, otro dijo que los bandidos mueven el dinero con mujeres para no levantar sospecha. Un tercero dijo que le parecía haberla visto una vez con un bandido en una foto. Todos coincidieron en algo: Bwa kale.

La degollaron y estando viva la llevaron a la cuisine, frente al negocio desolado de la familia Abraham, y la quemaron. En un par de horas se habrá consumido casi por completo. Pronto esa mujer se volverá una mancha oscura en el pavimento y volará en forma de nube oscura por el cielo de Puerto Príncipe, y sobre su mancha carbonífera el fuego consumirá luego a otros.

Un cadáver todavía baila

En el rooftop del Hotel Karibe se ha encendido una línea de llamas que adorna una barra de sushi. En los bancos del bar se van sentando algunos hombres blancos que piden tragos de colores, con aceitunas dentro y servidos en copas largas y barrocas. Es el fin de una tarde de mediados de marzo y algunos funcionarios de OIM, ONU, y PNUD suben al bar, en la cima del hotel, uno de los pocos que aún operan en la ciudad y un sitio icónico para la clase alta haitiana. Aquí se junta también lo poco que queda de oligarquía de Puerto Príncipe. Son hombres en su mayoría, algunos de ascendencia palestina y libanesa, cuyas familias llegaron como comerciantes a mediados del siglo XX y que se han vuelto una élite poderosa. Pero también hay una élite meramente haitiana o “criolla” ligada a la política y a grandes empresas nacionales.

Cerca de las ocho de la noche entra un grupo de muchachas jóvenes al rooftop. Son todas negras y esbeltas y llevan vestidos muy cortos de colores chillones. Los hombres blancos en la barra de tragos las ven sin disimulo y comentan sobre ellas, discuten sobre cuál es la más guapa. Ellas les regalan sonrisas y movimientos coquetos. Ahí sucedió uno de esos encantos que entraña la noche y aquel bar se fue transformando en una fiesta.

El Hotel Karibe está en la zona de Pétion-Ville, el barrio que alberga a un puñado de familias de clase alta, y considerado el lugar menos inseguro de la capital desde 2021. En esta zona es donde están aquellas cosas que solemos asociar a la élite como restaurantes gourmet, salones de belleza, tiendas de ropa y coffee shops. Pero la pobreza, en el país más pobre de América, se cuela por todos lados.

Pétion-Ville alberga también a decenas de localidades paupérrimas que se aferran a los cerros y que parece que en cualquier momento se deslizarán por las laderas. Está rodeado por la resistencia y se ha vuelto el centro burocrático de la fortaleza. En el Hotel Karibe hay reuniones entre autoridades, ante toda lógica se siguen haciendo negocios, y siguen entrando productos no perecederos, cerveza, ropa, vehículos, perfumes, refrigeradoras, aires acondicionados… En este hotel viven además muchos de los funcionarios de los organismos internacionales que aún quedan en la ciudad.

En 2023 Naciones Unidas, ante la premura del desastre humanitario que se venía sobre Puerto Príncipe, diseñó una misión de apoyo liderada por la policía keniata. El objetivo de esta misión era colaborar con la policía haitiana en el control de las bandas y en la protección de la infraestructura necesaria para seguir operando como Estado. Para tal fin Kenya ha enviado varios contingentes que suman en total unos 1,000 efectivos. Otros 9 países se han sumado a esta operación: Jamaica, Bahamas, El Salvador, Guatemala, Belice (2 soldados); Bangladesh (ha prometido enviar soldados), Chad (compromiso pendiente), Guinea (compromiso pendiente) y Benín (prometió 2,000 soldados). Parece una lista de países que necesitan ayuda militar, no que pueden ofrecerla.

La comunidad internacional le apuesta a estos soldados y policías del tercer mundo. Para la gran mayoría de habitantes de la fortaleza la respuesta está en Samuel Joasin, la Brigada de Canapé Vert y el Bwa kale.

La barbarie de afuera no entra al Karibe, ni a su piscina, ni a su cancha de tenis, ni a su rooftop.

Esta noche de sábado agobia con su calor y las muchachas de vestidos pintorescos convierten el rooftop en pista de baile. El dj sube el volumen cuando suena I Gotta Feeling, de The Black Eyed Peas y los jóvenes son poseídos por la euforia. Los tragos salen masivos y burbujeantes de la barra y los bartender no dan abasto. La noche promete, pero en un momento el dj comete un error de principiante, corta la música, o quizá fue un desperfecto eléctrico o se desconectó un cable. Entonces la ciudad nos habla.

Escuchamos una sinfonía de ráfagas, detonaciones, gritos y manadas de perros ladrando y aullando. Viv Ansanm ha caído sobre las laderas que no quedaron dentro de la fortaleza. La brigada está peleando, pero parece perder. En el rooftop el grito de una mujer sobresale por encima de todo ese estruendo, pero no entiendo lo que dice. Parece lamentarse. Lo que haya perdido le ha dolido mucho. Dos de las muchachas se toman de la mano y una cierra los ojos, otra se tapa los oídos. Los hombres blancos de la barra comentan aquello como quien comenta un partido de fútbol, los bartender y meseros se congelan y miran hacia abajo. La farsa de aquella magia se diluye. Pero la conexión regresa, o el cable fue conectado y el dj invoca a Taylor Swif para que el embrujo regrese a silenciar la tragedia sonora que amenazó con aguar la noche. Los tragos siguen circulando, las chicas continúan con su baile, los blancos siguen con su monótona abulia. Afuera, en los cerros, aquella gente sigue perdiendo, pero aquí ya nadie la escucha.

La fortaleza sale a pelear

El ataque con drones que se planificó con gran secretismo y que fue lo que originalmente me trajo a Puerto Príncipe, ocurrió el 7 de marzo. La noche anterior recibí mensajes de Monsieur X que me advertían de que estuviera preparado para “algo importante”. La noticia se esparció por la ciudad como el fuego. Un grupo de policías a las órdenes del primer ministro, Alix Didier Fils-Aimé, conocido como el Task Force lanzó varios drones bomba contra Jimmy Cherizier, Barbecue, en el sector controlado por Viv Ansanm de Delmas 6. Fue un fracaso.

A las pocas horas Barbecue subió un video a sus redes sociales vociferando y mostrando los restos de un dron. Dijo que apenas alcanzaron a herirlo levemente. Ha sido un fiasco, una operación cara y mal planificada. Nadie pudo mostrar un cadáver importante y el plan de esta gente de mostrarme en exclusiva la cabeza del capo como trofeo de caza se hizo humo. Supongo que la vergüenza hizo que no volvieran a cogerme el teléfono. Desde ese día quedé varado en Puerto Príncipe.

Los ataques de Viv Ansanm se intensificaron. Barbecue cumplió sus amenazas. En las últimas dos semanas decenas de barrios de las zonas de Kenscoff y Carrefour Feuilles, en los linderos más pobres de la fortaleza, han recibido ataques por las noches. Los tiros aislados se volvieron ráfagas y los incendios iluminaron los cerros.

Ivander, mi guía, ha elaborado un plan para colar a sus hijas en uno de los pocos camiones que entran y salen de la ciudad rumbo a la ciudad portuaria de Jacmel para salvarlas. Pero las salidas de la ciudad están tomadas, y los hombres de Viv Ansanm revisan cada transporte para cobrar un peaje y para verificar que la gente se quede dentro de la trampa en que han convertido la ciudad.

“Me quedo con mi hijo y mi mujer, nosotros podemos pelear o correr pero las niñas no”, me dijo un mediodía mientras íbamos a recoger a las pequeñas a una de las poquísimas escuelas que aún operan en la fortaleza.

En los últimos días las entradas a la fortaleza han permanecido cerradas y la indicación de la Brigada es que la gente debe prepararse para pelear. Si los bandidos toman la fortaleza ya no hay otro lugar para correr. Los que corrieron a refugiarse acá se apiñan en parques y escuelas abandonadas que hace rato rebasaron su capacidad. La cuisine está a pleno rendimiento.

Cuando todo parece perdido, la resistencia decide dar un golpe de mesa.

Samuel Joasil y sus lugartenientes ordenan que la brigada, junto a la población de la fortaleza, se tomarán Fort Nacional, en el centro de la ciudad. Ahí me doy cuenta que Ivander, mi guía, es parte de la Brigada. Es un líder comunitario y está planeando ir con su gente a sumarse a la revuelta. Me invita a ir. Acepto. No debí hacerlo.

El 19 de marzo bajamos con un grupo de hombres y mujeres desde lo alto de Pétion-Ville por la ladera de Debussy, que conecta con Canapé Vert, donde Samuel Joasil ha convocado a miles de personas para que se tomen el centro de la ciudad. Debemos ir caminando, hay retenes cada cien metros y la gente ha puesto barricadas con un orden caótico.

Un día antes acompañé a Ivander a comprar machetes en el mercado de Pétion-Ville donde varios pick up se estacionaron con las camas cargadas de ellos y la gente se los llevó como pan. Todos van armados menos yo. Los que no llevan una escopeta o un arma hechiza llevan machetes, los que no alcanzaron a conseguir uno llevan botellas llenas de clavos, y están los últimos, aquellos que llevan las armas de los David: piedras.

Si nos vamos a las definiciones técnicas, esta gente no planea una protesta pacífica, tampoco una violenta, esta gente va a hacer una revuelta.

“¡Canapé Vert no es Solino!”, gritan en referencia al barrio parábola de Puerto Príncipe , y agitan ramas de árboles que han cortado por el camino.

“¡Yo p ap pase!”, gritan, iracundos, cientos de personas al unísono. “¡No pasarán!”.

Son las nueve de la mañana y vamos tarde. El grueso de la gente ya salió desde Canapé Vert, rodeando a Samuel Joasil y sus lugartenientes. Seremos la cola. Caminamos con el grupo de Ivander una media hora atravesando barricadas y retenes hasta llegar al centro de Canapé Vert. Entonces ocurre.

Un hombre me mira y parece encontrar algo aberrante en mi presencia. “¡No blan!”, alcanzo a descifrar en medio de sus gritos. “¡No journaliste!”. Grita y las venas del cuello se le hinchan. Para mi mala fortuna resulta que yo soy ambas cosas. Ivander me dice que siga caminando, que no lo vea, pero entonces se le suman dos. Me gritan, pero no se acercan. Avanzamos más, Ivander no luce preocupado. Es un tipo grande. Es un líder comunitario.

Llegamos al lugar exacto donde empezó aquel primer Bwa kale, donde asaron vivos a aquellos 13 hombres en abril de 2023. El suelo está manchado de hollín, y todavía hay rastro de ese pelaje metálico y negro que se ha incrustado en el suelo. Entonces se escucha un estallido y la gente corre. Es una estampida. No me queda claro si fue un disparo contra la gente, o si alguien de la multitud hizo explotar una bomba casera, pero todos corren.

Corremos también, pero sin darnos cuenta quedamos rodeados de un grupo grande de hombres, que superada la premura por alejarse de la explosión, se enfocan en mí y comienzan a gritarme.

Ivander trata de hablar con ellos. No hay forma, no se habla con una turba, la turba es un animal sin oídos. Gritan, furiosos, que no quieren blancos ahí. Comienzan a golpearnos. Salen los primeros machetes. Los que corrieron más lejos por el estallido ahora se acercan rápido, imantados quizá por el círculo de gente que nos ha comenzado a linchar o motivados por las ganas de matar algo. Entonces son más, ya son 60, son 100, son más. Son turba, son la fortaleza.

Un hombre nos jalonea en dirección a la cuisine, otro viene corriendo con una botella de gasolina que se derrama por falta de tapón y pronuncia las palabras más aterradoras, las que más he temido: ¡Bwa kale!

El ruido de decenas de machetes siendo arrastrados contra el pavimento no permite escuchar nada más y ya los empujones nos llevan rumbo a la esquina de la rue 27, Bois Patate, frente a la tienda Tag Supermarket que perteneció a la familia Abraham. Es como estar en el mar, por ratos no haces pie, es como ser una hoja contra la marea. Ya pelear no es opción. Si comenzamos a pegar solo conseguiremos que sea más doloroso, aunque quizá más rápido.

Algunas voces tratan de calmar a la turba pero solo logran hacerlos más lentos. Un muchacho muy joven, con camisa azul y pañoleta roja en el cuello, nos hace subir a una moto taxi, y le dice al conductor que nos saque de ahí. Pero nos pegan y nos bajan a patadas. Una de ellas aterriza en mi pierna izquierda, y me golpeo contra el escape a la altura de la rodilla. El dolor hace que me mueva más lento.

El muchacho insiste, nadie le pega a él. Debe ser alguien importante. No llega a los 18 años según mis cálculos. El ruido de los machetes peinando el pavimento barre cualquier pensamiento y por tanto cualquier plan de escape. La idea de terminar con una larga cabellera negra casi me paraliza. Me gritan en la cara y en las gotitas de saliva reconozco el olor a ron. Ya Ivander no se mueve, está pálido, con cada empujón y trompada se tambalea como un árbol en medio de una tormenta.

El muchacho de la pañoleta nos vuelve a subir a la misma moto y le ordena al conductor sacarnos de ahí. Alguna piedra fugitiva sigue cayendo pero no dan en el blanco. Llevo la boca llena de sangre. El olor a gasolina y el sonido de los machetes contra el concreto va quedando atrás.

No quieren blancos acá. Están hartos. Quieren quemarlo todo. ¡Bwa kale!

Ron Barbancourt con los dueños del fuego

Los líderes de la brigada contactan conmigo al día siguiente. Dicen que están apenados por el linchamiento. Me dicen también que eso no estuvo bien y que de haber sabido habrían hecho algo. Llevo semanas tratando de hablar con ellos y recién ahora, con medio cuerpo lastimado y el fuego en la cabeza, desean reunirse conmigo. Me contacta el primo de Samuel Joasil. Se llama Franz, es un gran líder de la brigada, es oficial de la policía y es quien organiza la resistencia de Pétion-Ville. Me han hablado de él como un guerrero formidable al que los bandidos le temen por su violencia y su capacidad estratégica para cazarlos y convertirlos en manchas oscuras en el suelo de la cuisine.

Me cita en un pequeño bar dentro de su territorio. Ivander ha organizado la reunión y viene conmigo. Llegamos al lugar pasadas las cinco de la tarde. Es un lugar realmente pequeño, apenas iluminado por un foquito mortecino de luz amarilla. Pasa el tiempo, oscurece y el pequeño foco apenas irradia luz para vernos los rostros. Mientras esperamos al líder pedimos dos Barbancourt, el delicioso ron haitiano creado en los tiempos coloniales. Un bartender de lentes gruesos, delgado, calvo y sexagenario, nos sirve en dos vasos un chorro abundante. Los vecinos ya han comenzado a cerrar las calles con barricadas para esperar las embestidas nocturnas de Viv Ansanm. Franz no aparece.

Cae la noche y el bartender continúa sirviéndonos ron, el humo de nuestros cigarros va llenando el diminuto bar de paredes de lata y mi paciencia comienza a agotarse. Estamos a punto de irnos cuando el bartender se sienta frente a mí, me extiende una mano y dice: “Franz, enchanté”.

Es un tipo macizo, habla con la soltura de un político y gesticula amplio, pasando frente a mi cara unas manos largas y unos dedos puntiagudos.

Nuestra plática transcurre despacio y debemos hablar por medio de Ivander, que nos traduce. Me explica que la resistencia de la fortaleza parece tener una lógica caótica, pero en realidad está muy bien organizada. Cada espacio tiene un líder, y este se encarga de armar grupos rotativos para la defensa de las “murallas”. Las comillas en este caso se deben a que no hay tal cosa, son en realidad piras de llantas, piedras grandes y carros quemados los que colocan cada tarde en las entradas de los pasajes y en medio de las calles. Algunos días, cuando las ofensivas de Viv Ansanm son muy fuertes, o cuando les llega alguna información sobre ataques inminentes, cierran las calles todo el día y decenas de hombres se apostan a la entrada de cada barrio bien armados a revisar a todo el que entra y sale. Cuando alguna parte de la fortaleza es atacada, la ayuda que pueden darle los demás es limitada, ya que si todos se van hacia un punto debilitan a los demás. Todo aprendido a prueba y error, y cada error es un barrio menos, un terreno más para los señores de la guerra.

Franz me explica que Samuel Joasil, su primo, es un policía de alto rango y que tiene contactos con las jefaturas de la policía, cuenta que cuando los bandidos comenzaron a comer barrio tras barrio Samuel, y algunos miembros de su familia y otros allegados, organizaron a todos los policías de esta zona. Nombró líderes, consiguió armas y diseñó un sistema colectivo para defenderse en bloque. Franz me explica que las armas no son suficientes para todos los organizados, pero que ellos han enseñado a la gente a pelear con machetes y a fabricar armas caseras. Dice que la clave es la unidad, el hombre que pelea solo muere solo. Samuel diseñó un hormiguero.

Franz hace énfasis en la importancia de Canapé Vert, me dibuja un mapa en la mesa con su dedo y me explica que para invadir a toda la fortaleza deben primero derrotar a Canapé Vert, luego subir por la gran cuesta de Debussy, custodiado por otro fiero policía, un hombre enorme conocido como Lelé, a quien tuve la mala fortuna de conocer cuando él mismo, pistola en mano, me retuvo en un retén durante mi primer encuentro con la Brigada.

Franz se pone gruñón cuando le pregunto sobre el Bwa kale, me dice que todos esos muertos son bandidos, que la gente quema a delincuentes reconocidos o a personas a quienes encontraron con armas o tratando de entrar a la fortaleza por la noche. Dice que es estrictamente espontáneo.

—¿Qué harán cuando los bandidos lleguen hasta acá? —le pregunto.

Me dice que no pasarán, que ellos son fuertes.

Insisto y le recuerdo al barrio Solino.

— La gente ya no puede correr más. Si hay que morir, pues moriremos peleando —me responde, y me muestra la pistola calibre 45 que lleva en el cinto.

Luego se pone de pie con un gesto enérgico. La charla ha terminado.

La fuerza del vino

Luego del 15 de marzo, cuando Viv Ansanm llegó hasta los linderos de la fortaleza, Ivander se ha convertido en un manojo de nervios. Su plan de sacar a sus hijas escondidas entre los costales de un camión ha fallado. Nunca fue un plan viable. Los camiones pasan semanas en los puertos, hasta que los bandidos les dan el aval para abordar los ferris, no sin antes revisarlos a profundidad. Una de sus hijas tiene 19 años y las otras dos menos de diez. Habría sido como enviarle un regalo al señor de los muelles, el rey Micanor, el warlord que perpetró una de las mayores matanzas de la historia reciente en el Caribe. Habría sido condenarlas a un mundo de mierda, un mundo peor que el de Puerto Príncipe.

Ivander no es bebedor, hace todo el tiempo alarde de su fe cristiana, pero este día de finales de marzo me pide que le compre una botella de vino en uno de los pocos supermercados que aún abren en la fortaleza. “Uno con el vino pelea mejor, porque se te calienta la cabeza”, me dice.

Le invito a almorzar a un lugar de comida abundante y cerveza fría para despedirnos. One Love de Bob Marley suena a todo lo que dan tres parlantes.

Let’s get together to fight this Holy Armageddon, one love..”

Los parroquianos miran al suelo, perdidos. Apenas dan sorbos a sus cervezas y nadie habla entre sí.

“So when the Man comes, there will be no, no doom, one song..”

Ivander suelta un suspiro de vez en cuando y sus tics faciales le contraen los ojos. La boca le pandea cada 30 segundos.

“Have pity on those whose chances grows thinner”.

***

En una de mis últimas noches en Puerto Príncipe, a principios de abril, la ciudad hace su sinfonía furiosa de todas las madrugadas: tiros, perros ladrando, gritos, más tiros, todo el tiempo tiros. Pero luego ocurre algo extraño. Comienza una bulla indescifrable, como una lluvia de sonidos caóticos, casi se podría decir que alegres.

Llamo a Ivander, el ruido proviene en dirección de su casa. Apenas lo escucho, a su alrededor suena una especie extraña de carnaval. Consigue levantar la voz lo suficiente para trasladarme dos palabras:“Bat tenéb”. Significa “golpear la oscuridad”.

Los barrios de Carrefour Feuilles están peleando, y tal como me explicaba Franz, las brigadas de la fortaleza no pueden ir en su auxilio, dejarían desprotegido su lugar. La gente golpea la oscuridad con lo que tienen: gritan, les gritan a los que resisten para darles ánimos, y a los bandidos para que sepan que esos que luchan no luchan solos. Les gritan para que sepan que si los derrotan y pasan, tendrán luego que derrotarlos a ellos. Les gritan que no pasarán. Gritan para alejar las tinieblas. La gente golpea cacerolas, lanza cohetes al cielo, mete piedras en botellas y las hacen sonar. Los perros acompañan con sus ladridos lastimeros de perros callejeros y Carrefour Feuilles sigue peleando. “¡Carrefour Feuilles vencerá!”, gritan y así rompen la oscuridad. Carrefour Feuilles perderá y entonces otros barrios gritarán por las noches dando ánimos a Monoville, Canapé Vert, Pétion-Ville, Debussy o lo que queda de Delmas. La ciudad ya murió, pero no lo sabe.

La fortaleza recibe ataques todas las noches. Está rodeada.

En estos días Samuel se muestra en público en un gran evento en donde se presenta con un collar de balas en el cuello, y asegurando que recuperará Puerto Príncipe a fuerza de fuego y balas, convirtiéndose en uno más de los señores de la guerra que pelean por la ciudad.

La ciudad ya cayó, lo que queda es un cadáver.

Las consecuencias de la barbarie incluso han roto la magia del Hotel Karibe. El 24 de marzo los hombres de Viv Ansanm se divierten jugando con el cadáver de Benedict Kabiru, un policía keniata de la misión internacional, en la región del Artibonite, a 100 kilómetros de Puerto Príncipe. La gran confederación de pandillas ha derrotado a un convoy mixto de policías keniatas y haitianos usando sencillas estrategias de guerrilla y se hacen videos poniéndose los uniformes de los policías muertos. Uno de los bandidos mira a la cámara y dice que se comerá los cuerpos y otro no para de darle bofetones al cuerpo de Kabiru. Al fondo dos blindados iluminan todo con sus llamas.

Desde ese día las caras de apatía de los huéspedes del Karibe se han vuelto rostros de derrota y temor y el hotel se ha convertido además en una especie de aeropuerto. En un predio de la parte trasera aterriza y despega el helicóptero de Naciones Unidas al menos tres veces al día. Decenas de personas esperan su espacio, cargando maletas, mientras toman una copa en el bar al aire libre del hotel.

Yo mismo llevo una semana gestionando mi salida, pero desde el 7 de marzo, el día en que el operativo para matar a Barbecue falló, Monsieur X no volvió a contestarme el teléfono, tampoco el jefe de la policía ni la oficina del primer ministro. La gente de Naciones Unidas me niega un espacio en su helicóptero por no ser parte de la organización. Logro salir cuando Sarah, mi esposa, y José Luis Pardo, el director editorial de Dromómanos y mi editor, consiguen comprar para mí un espacio en un helicóptero privado que me llevará a Cabo Haitiano y de ahí a casa, pasando por un rosario de islas del Caribe y por Miami.

Antes de irme me despido de Ivander y le hago una de las preguntas más crueles que he tenido que hacer en mi carrera:

—¿Qué vas a hacer cuando los bandidos lleguen hasta tu casa?

Ivander no me mira a los ojos y hace algo muy raro, sonríe con tristeza.

Luego me responde corto:

—Tomar vino.

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