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COLUMNA

El fin de la placidez

La salud de la economía no siempre se refleja fielmente en las cotizaciones de sus mercados bursátiles

Vista de una señal de Wall Street en la Bolsa de Nueva York.
Vista de una señal de Wall Street en la Bolsa de Nueva York. EFE

No faltarán quienes interpreten la corrección en las cotizaciones bursátiles del lunes como un escarmiento a la exhibición que hizo semanas antes Donald Trump del nivel récord alcanzado por las mismas como principal exponente de su primer año en la Casa Blanca. El sentimiento de los mercados se habría manifestado con modales no menos exagerados, advirtiendo de que los fundamentos económicos de la proclamación de esa victoria no son tan sólidos. Al menos no tanto como para continuar desafiando algunas leyes de la gravedad financiera, como las implícitas hasta el viernes en algunos múltiplos y criterios de valoración.

La salud de la economía no siempre se refleja fielmente en las cotizaciones de sus mercados de acciones, desde luego no de forma contemporánea. Estos, se supone, recogen toda la información relevante susceptible de condicionar la capacidad de generación de beneficios de las cotizadas. Pero no siempre lo hacen de forma eficiente ni, desde luego, proporcionada. Los espasmos, las sobrerreacciones, pueden sorprender al más avezado de los inversores, en especial tras un largo periodo de placidez, como los dos años que ahora se cierran.

Las amenazas a la inflación asociadas al crecimiento de los salarios, o las derivadas de las reducciones impositivas, no eran señales informativas precisamente nuevas. Como no lo es la continuidad en las elevaciones de tipos de interés por la Reserva Federal. Pero es muy probable que la asimilación de ese horizonte con dinero más caro, ya insinuado por los precios de los bonos públicos, haya sido uno de los detonantes de la corrección bursátil en EE UU.

En un contexto de sobrevaloración de las acciones, el repunte en los rendimientos de los activos de menos riego es algo más que una invitación a huir de la renta variable. Esas ventas se han amplificado por las propias estrategias de inversión programáticas, sujetas a algoritmos que desencadenan órdenes a gran escala a partir de un detonante. El comportamiento de manada, con una extensión global, es algo característico de los mercados de acciones desde hace varias décadas.

Pero no debería ser una huida permanente, dadas las favorables previsiones de crecimiento. Es altamente probable que esa caída de las cotizaciones sea aprovechada para recomprar acciones a precios más compatibles con una percepción del riego más ponderada. También mucho más sensible a episodios que puedan alterar la estabilidad económica y financiera. Es el caso de las decisiones que adopte el Gobierno de EE UU en relación con la corrección del déficit público adicional que generarán sus decisiones fiscales, o aquellas otras que puedan aumentar las amenazas de guerras comerciales o de divisas, o el alcance de la desregulación financiera prometida.

La renovada volatilidad que ha perturbado la placidez de los inversores, y ha generado pérdidas de riqueza financiera equivalentes a las ganadas en el primer año de presidencia de Trump, también será el punto de partida con el que el nuevo presidente de la Reserva Federal abordará las importantes decisiones del próximo mes. Abróchense los cinturones.

Emilio Ontiveros es el presidente de Analistas Financieros Internacionales.