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Así empezó y terminó el Popular: el banco del Opus que financió al PCE

La entidad, que entró en la élite de la gran banca española bajo el mandato de Luis Valls, se resistió a la política de fusiones y se hundió con la fiebre inmobiliaria

De izquierda a derecha: José Luis Leal (AEB), Javier Valls Taberner (Popular), Francisco Luzón (Argentaria), Emilio Ybarra (BBV), Mariano Rubio (gobernador del Banco de España), Alfonso Escámez (Central), Mario Conde (Banesto), José María Amusátegui (Hispano), Emilio Botín (Santander) y Luis Valls Tabernes (Popular), en un homenaje a Rubio. Vídeo: clientes y accionistas del Banco Popular muestran su preocupación.

Hace ahora exactamente 40 años, en vísperas de las primeras elecciones democráticas que España celebraba tras la dictadura franquista, una noticia rompió todos los esquemas: el Banco Popular concedía al PCE dinero con que financiar su campaña. La entidad, presidida por Luis Valls-Taberner, iba contracorriente. El partido comunista, que había sido legalizado solo dos meses antes y afrontaba los comicios con muchas esperanzas, había encontrado el rechazo generalizado de toda la banca, lo que ponía en peligro su participación. Pero aquel banquero, miembro numerario del Opus Dei para más inri, apoyaba a los comunistas. Anatema para el resto del sector.

No era la primera vez que Valls cambiaba el paso a sus colegas, que le conocían como “el banquero florentino”, seguramente por su pose y singular personalidad. Pocos meses atrás se había negado a aportar los cuatro millones de pesetas que habían pedido a los grandes bancos para la creación de la Confederación Empresarial Española (CEE), promovida por Agustín Rodríguez Sahagún (mano derecha en asuntos empresariales de Adolfo Suárez). Luego la CEE se integraría en la CEOE.

El Popular fue el único que se negó de los entonces conocidos como los siete grandes bancos: Banesto, Central, Hispano Americano, Bilbao, Vizcaya, Popular y Santander (por orden de activos).  De aquellos siete, solo quedan dos. Los bancos vascos se juntaron en el BBV (luego lo harían con Argentaria, que había agrupado a toda la banca pública) tras fracasar la opa del Bilbao sobre Banesto, comenzando al baile de las fusiones. Y se da la circunstancia de que el último, el Santander, se ha comido a cuatro (los tres primeros, en los noventa, y al Popular, ahora).

Se convirtió en un banco modern o, que era calificado, año tras año, como el más rentable del mundo

El Popular ha resistido los embates hasta ahora. Siempre se quiso mantener al margen, aunque “sin perder la perspectiva y estar atento a cualquier señal que le diera el Gobierno”, como le gustaba decir a Valls. Prefería estar a lo suyo. Se había especializado en los años setenta en banca comercial y se alejó de la industrial, sin obsesionarse por avanzar en la clasificación de los siete grandes. Se escudaba para ello en que se había convertido en un banco moderno, que, año tras año, era calificado como el más rentable del mundo. En todo caso, una pieza de caza mayor que, a medida que se avanzaba en la integración europea y la globalización, era cada vez más codiciada por el resto de entidades, españolas y extranjeras.

La primera andanada que recibió fue la del Hispano, al frente del cual el Banco de España había colocado a Claudio Boada, y la Banca March. Para los March, el Popular ya había sido objeto de deseo desde mucho antes. Al Banco de España no le parecía mal, pero a Valls, sí. Era casus belli. Le pareció una traición entre colegas y encima tuvo que enfrentarse al gobernador, Mariano Rubio. El florentino banquero logró frenar el asedio e iniciar una política de alianzas ante posibles futuras asechanzas con entidades como la aseguradora Allianz, que ha seguido hasta estos días, o los bancos Rabobank e Hipobank, y accionistas individuales vinculados al Opus Dei, ya consolidado en el seno de la entidad con la que empezó a coquetear en la postguerra, que cuenta con una sindicatura de accionistas con mucho peso en el capital. Al tiempo hizo alguna escaramuza, poco significativa, en Portugal, Francia (donde se alió con Crédit Mutuel) y Florida.

Mientras todo evolucionaba, Valls observaba los movimientos y la llegada de nuevos actores al sector sin, aparentemente, inmutarse. Junto a Botín (Santander) y Alfonso Escámez (Central), fue uno de los pocos que no acudió, por ejemplo, a la investidura como doctor honoris causa del banquero de moda, Mario Conde, en junio de 1993 (en diciembre de ese año sería intervenida Banesto). Tampoco se había mojado en febrero de 1983 cuando el Gobierno socialista expropió Rumasa, presidida por su correligionario del Opus, José María Ruiz-Mateos, quien le acusó de haberse puesto de perfil e incluso de haber instigado la operación.

Ha acabado en el Santander, que se ha hecho con cuatro de los siete grandes

Luis Valls, que durante varios años compartió la presidencia con su hermano Javier (un hombre en sus antípodas por su forma de ser), abandonó el máximo cargo en 2004 y murió en 2006. Dejó el puesto a Ángel Ron, un ejecutivo de la casa al que le recetó que mantuviera la independencia y no se metiera en camisas de once varas. Quizá transgrediendo la proclama de Valls o llevado por otros convencimientos, decidió comprar el Banco Pastor, una entidad asentada principalmente en Galicia. El transcurso del tiempo ha demostrado que el Pastor fue una operación fallida, que más que sumar restaba. Para entonces, el banco ya estaba metido de hoz y coz en el ladrillo, con un riesgo que a marzo de 2017 supera los 36.000 millones y que ha sido la causa definitiva de su caída en picado.

Ron no supo enderezar la nave pese a las dos multimillonarias ampliaciones de capital y haber acordado con la familia mexicana Del Valle desarrollar BX+ en aquel país y adquirió el negocio de tarjetas de Citibank en España. Luego ya vino su sustitución por Emilio Saracho, cuyo mandato ha sido tan breve como confuso; el interés de compra por parte de varias entidades que (esta vez sí) sabían que el Popular no iba a resistir en solitario, y la decisión de urgencia del Santander mientras el banco se derretía en Bolsa.

91 años de vida

El Popular había nacido en 1926 como Banco Popular de los Previsores del Porvenir por iniciativa del ingeniero de minas Emilio González-Llana Fagoaga, miembro del Partido Conservador. En los cuarenta, tras la Guerra Civil, trató de adquirir la Banca Arnús para asentarse en Cataluña; pero le birló la compra el Central, que entonces presidía Ignacio Villalonga y que tuvo el mérito de situar el banco entre los grandes y dotarlo de un importante grupo industrial con presencia en los principales sectores.

Los hermanos Valls-Taberner Arnó, hijos del historiador Ferrán Valls Taberner, habían aterrizado en el Popular en plena postguerra de la mano de su primo Felix Millet Maristany, un empresario barcelonés dedicado a los seguros padre del imputado expresidente del Palau de Barcelona. Millet, un hombre de profundas convicciones religiosas, se había hecho con las riendas del Popular en 1944, y tuvo de mano derecha a Juan Manuel Fanjul Sedeño, lo que abrió las puertas del banco al Opus Dei, que se hizo fuerte en su fortaleza.

Para Valls lo ideal para los banqueros era “estar cerca de la política y no sentir la necesidad de intervenir en ella”

A partir de ahí tuvieron una carrera imparable. En 1957, el mayor de los hermanos, Luis, fue nombrado vicepresidente y, de facto, comenzó a llevar las riendas de la entidad, de la que sería nombrado presidente en 1972. La entidad no dejaba de ser un pequeño banco familiar, que modernizó y colocó entre los grandes. La pertenencia al Opus Dei le permitió conectar con los emergentes ministros que la organización iba colocando en el Gobierno de Franco y que participaron en el resurgimiento económico a partir del Plan de Estabilización de 1959.

Para Luis Valls lo ideal para los ejecutivos de la gran banca era “estar cerca de la política y no sentir la necesidad de intervenir en ella”. En esos años, los empresarios (y sobre todo, los banqueros) ganaron peso político. Un peso que se reflejó en la Transición, cuando los presidentes de los siete grandes celebraban aquellas comidas en la sede del mayor (Banesto) con José María Aguirre Gonzalo como anfitrión, en las que hacían y deshacían en una actuación concertada que en estos tiempos estaría radicalmente condenada por las autoridades de la competencia.

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