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Columna
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Europa, el zig zag del borracho

El debate es si la parálisis europea es debida a la hegemonía conservadora o al propio modelo.

Joaquín Estefanía

Es difícil encontrar un curso más aciago para la Unión Europea (UE) que éste que se acaba. El recorrido de su proyecto semeja el zig zag de un borracho, sin energía ni continuidad. Un estado de crisis permanente. Metiéndose en callejones sin salida. Diluyéndose. La cronificación de los problemas plantea un dilema central: la principal responsable de la parálisis y de las marchas atrás ¿es la hegemonía casi completa de la política y el pensamiento conservador en sus instituciones, o es el propio modelo el que falla? De la respuesta que se dé a esta cuestión depende el futuro del proyecto europeo. Si es debido a la acción conservadora, tiene solución; si es el modelo, es mucho más difícil.

Todo ello se manifiesta en una crisis económica de estancamiento secular, en la que la política monetaria está a punto de agotarse y no es sustituida por la política fiscal; en la que el sector financiero corre el riesgo de necesitar nuevas dosis de dinero público para salvarse; con la que se asienta un juego de suma cero que genera muchos perdedores y pocos ganadores, y fisuras entre el norte y el sur, el este y el oeste, el centro y la periferia, los acreedores y los deudores, que se corresponde muy poco con lo que se consideró el alma europea. Como consecuencia, de Bruselas sólo llegan mensajes de ajustes presentes y de recorte de las expectativas futuras.

Pero no sólo es la economía, sino los populismos, el Brexit o la interminable crisis griega, la sospecha de que la libertad de los movimientos de personas expresado en el Tratado de Schengen está a un paso de ser historia si se produce otro atentado terrorista masivo u otra crisis de los refugiados como la del año 2015; o el hecho de que cada vez que se convoca un referéndum entre los ciudadanos (Grecia sobre su plan de rescate, Gran Bretaña sobre su permanencia en la Unión, Holanda sobre el acuerdo con Ucrania, Dinamarca sobre cuestiones de seguridad y justicia) lo pierden las fuerzas que se identifican con la política de Bruselas. Etcétera.

Da la sensación de que Europa corre en exclusiva hacia un espacio de mercado único, un lugar en el que la libre circulación de capitales está asegurada casi por completo, la de bienes y servicios con mucha holgura, y se restringe, cada vez más, la libertad de movimientos de personas. Una zona en la que es la economía quien gestiona a la política y no el político el que gestiona a la economía. La paradoja es que esta forma de ser de Europa era la que quería la señora Thatcher y sus epígonos conservadores o laboristas, y sin embargo se va a hacer realidad con el Reino Unido fuera.

¿Y España? En una conversación mantenida en la revista La maleta de Porbou, el que fuera ministro de Asuntos Exteriores Josep Piqué recuerda lo que solía decir el inolvidable Francisco Fernández Ordóñez, uno de los mejores políticos de la Transición, cuando le preguntaban cuál era la política española sobre Europa: "Nosotros hablamos los quintos. Primero escuchamos a los cuatro grandes, vemos que piensan y después nos pronunciamos". Eso sólo dejó de ser así con Felipe González, y hoy lo es más que nunca.

 

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