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La ‘Orbanomics’ pierde fuelle

El modelo económico puesto en marcha en Hungría por su primer ministro, Viktor Orbán, muestra signos de agotamiento

Basílica de San Esteban de Budapest, el pasado 15 de mayo. 
Basílica de San Esteban de Budapest, el pasado 15 de mayo. 

Hungría lleva tiempo reduciendo la tasa de crecimiento de su PIB. En el segundo trimestre la economía del país magiar creció al 2,7%, por debajo del 3,2% que preveían los mercados. Esto ha llevado a muchos economistas y a la mayor parte de la oposición al controvertido primer ministro, Viktor Orbán, a proclamar el fracaso de la política económica del Ejecutivo.

Sin embargo, la situación ha mejorado desde la llegada del conservador Fidesz (parte del Partido Popular Europeo) al Gobierno en 2010. Pese al mediocre crecimiento del PIB (aun así, consistentemente por encima de la media de la UE), el paro, del 11% en 2011, acababa 2014 en el 7,7%. También se redujo la inflación, desde el 4,1% de 2011 al -0,9% del año pasado. Los tipos de interés están al mínimo histórico del 1,35%.

Los expertos definen la política económica del Ejecutivo húngaro como un singular cóctel de economía de mercado y férreo intervencionismo estatal. “Orbán”, dicen en la Cámara de Comercio de Madrid, “ve el creciente papel del Estado como beneficioso para la economía, un punto de vista que comparte con Vladímir Putin”. En la Fundación Alternativas, subrayan, sin embargo, que eso no impide que el primer ministro “haya llevado a cabo una política netamente liberal, en línea con el mercado”.

AJUSTE DRACONIANO

Orbán, que se encontró con el país intervenido por el FMI (que había prestado a Hungría cerca de 20.000 millones de euros en 2008), nunca escondió que su principal propósito, al menos durante la primera legislatura (volvió a ganar una segunda en 2014), era estabilizar el caos de las cuentas públicas existente a su llegada. La receta fue un ajuste draconiano. El déficit público lleva tres años por debajo del 3% del PIB; la deuda pública, del 80,9% del PIB en 2010, cerró el año pasado al 76,9%, mientras que la mayoría del préstamo del FMI se ha pagado.

Por el lado del crecimiento económico, el Gobierno húngaro ha potenciado el país como plataforma industrial en Europa central, aprovechándose de la privilegiada posición geográfica del país, al lado de los mercados más grandes del continente y centro de la red regional de carreteras. Ahora mismo, la industria supone ya el 22% del PIB y la práctica totalidad de las exportaciones, y el país dispone de un superávit en la balanza comercial que sigue incrementándose.

Hungría se ha aprovechado de la circunstancia de que, a pesar de pertenecer a la Unión Europea desde 2004, ni forma parte del euro ni tiene previsión de incorporarse a la moneda única (por la oposición de Fidesz). “En este momento, formar parte del euro hubiera tenido más desventajas que ventajas”, explican desde la Cámara, “al suponer riesgos, costes y dependencia”. Pero, a la vez, las ayudas comunitarias ascienden a 21.900 millones de euros entre 2014 y 2020.

La ‘Orbanomics’ pierde fuelle

Orbán, un conservador nacionalista, ha estado bajo la lupa de la Comisión Europea por sus intentos de controlar la prensa y los jueces, y al que muchos califican de radical de derechas por sus opiniones sobre la inmigración (en contra) y la pena de muerte (a favor). Hace años, aprovechó una reforma de la Constitución para adoptar una serie de medidas calificadas de inaceptables en Bruselas. En los últimos días, su tratamiento de la crisis de los refugiados le ha valido reproches por parte de la opinión pública.

REPRIMENDAS DE LA UE

No solo las medidas políticas de Orbán le han valido reprimendas de Bruselas. Junto a una subida del IVA (el tipo general pasó del 25% al 27%), Budapest decidió transferir parte de la carga impositiva a una serie de sectores, sobre todo los dominados por empresas extranjeras, mediante una serie de impuestos especiales, lo que fue calificado de “discriminatorio” por Bruselas.

El Gobierno también ha tratado de aumentar el consumo de las familias con medidas como obligar a las empresas de servicios públicos a bajar sus tarifas en un 20%, subiendo sueldos y poniendo en marcha un programa de empleo público. Esto ha garantizado al Ejecutivo una continuada popularidad. En las elecciones de abril de 2014, Fidesz ganó con un 44%, que, gracias a una muy criticada reforma de la ley electoral, dieron al partido del primer ministro dos tercios de los asientos del Parlamento.

Estas singularidades y rarezas del modelo húngaro han perjudicado a la inversión exterior en el país. Además, el impuesto especial a los bancos, que resultó ventajoso a la hora de reducir el déficit, se ha vuelto ahora contra el Gobierno. Las entidades bancarias locales no acaban de abrir el grifo del crédito y se justifican con la carga que representa para ellas esas tasas especiales. De modo que, aun cuando no parezca que Orbán esté dispuesto a renunciar a su particular modelo y ceder en su intervencionismo, sí que está valorando dar marcha atrás en su legislación bancaria.