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OPINIÓN

Cambio de tendencia

El año que termina marca un cambio de tendencia en tres aspectos importantes de la economía: el empleo, el sector exterior y la situación financiera. No quiere ello decir que a partir de ahora las cosas vayan a mejorar rápidamente ni que el crecimiento del año que comienza permita reducir significativamente las cifras del paro. Lo que puede decirse es que la actividad económica ha dejado de caer y que comienza una recuperación que será lenta, aunque de la suficiente entidad como para alejar el peligro del estancamiento y la recesión.

De manera general, los analistas y las organizaciones internacionales han acertado en sus pronósticos sobre la evolución de la economía española en 2013. Casi todos preveían caídas significativas del PIB, en general superiores a un punto y medio, descenso que se fue atenuando a lo largo del año a medida que se conocían nuevos datos, en general procedentes del sector exterior. Para 2014 también existe un amplio consenso sobre un crecimiento del PIB situado entre medio y un punto. Así pues, desde la perspectiva económica, el año no ha deparado sorpresas salvo en el sentido de que el resultado final ha sido algo mejor que el esperado a principios del ejercicio.

El empleo continúa siendo el principal problema de nuestra economía y en este terreno ha habido mejoras significativas en relación con 2012. Según la Encuesta de Población Activa, en los nueve primeros meses de 2013 el número de ocupados descendió en 134.000 personas frente a 487.000 en el mismo periodo de 2013. El número de parados se redujo en 60.000 personas en 2013, frente a un aumento de algo más de medio millón en 2012. La diferencia se explica en parte por una caída de la población activa de casi 200.000 personas en 2013, en vez del ligero aumento que tuvo lugar en 2012. Y es que en 2013 se aceleró considerablemente el retorno de los inmigrantes que llegaron a nuestro país en la primera mitad de la pasada década con el señuelo de una burbuja inmobiliaria que parecía no tener límite en cuanto a su capacidad de absorber mano de obra poco cualificada.

Por otra parte, a lo largo de 2013 es cuando han comenzado a hacerse sentir los efectos de la reforma laboral que el Gobierno llevó a cabo en 2012. La reforma fue bien acogida por los expertos y las organizaciones internacionales, algunas de las cuales llevaban años aconsejando a las autoridades atenuar la rigidez de nuestro sistema de relaciones laborales. En un reciente informe, publicado hace unos días, la OCDE alaba los efectos de la reforma laboral, especialmente sobre la flexibilidad interna de las empresas y la creación de empleo, pero insta al Gobierno a seguir adelante en algunos aspectos como, por ejemplo, el de la reducción de las indemnizaciones por despido. En cualquier caso, es difícil estimar los efectos de la reforma sobre la ocupación aunque cabe pensar que sus efectos han sido positivos. Al facilitar los expedientes de regulación de empleo las empresas han podido adaptarse mejor a la caída de la demanda escapando así al abismo de la suspensión de pagos y al cierre definitivo.

Si la reforma laboral logra los efectos deseados, es posible que en 2014 se cree empleo en términos netos

Por último, queda la cuestión del dintel de crecimiento a partir del cual se crea empleo neto en nuestra economía. La cuestión no se ha planteado en 2013, pero se planteará en 2014 y en los años siguientes. Hasta no hace mucho se creía que era necesario un crecimiento del PIB superior al 2% para que se creara empleo. Esta cifra se redujo posteriormente con el argumento principal del rápido aumento del sector terciario de la economía. Ahora entran en juego también las consecuencias de la reforma laboral en la medida en que un sistema más flexible de relaciones laborales debería incitar a los empresarios a crear empleo. Si la reforma laboral alcanza los efectos deseados, es posible que en 2014 se cree, al fin, empleo en términos netos.

Otro aspecto fundamental de la evolución económica en 2013 ha sido el buen comportamiento del sector exterior. La caída del PIB que ha tenido lugar este año habría sido muy superior si no hubiera sido por la aportación del sector exterior. Los buenos resultados se deben al aumento de la competitividad de nuestros productos que ha permitido mejorar su penetración en los mercados internacionales, especialmente en los países emergentes, que son los que más crecen. También, claro está, a la caída de las importaciones como consecuencia de la extrema debilidad de la demanda interna y, aunque se menciona poco, de la mayor competitividad de nuestros productos en el mercado interno español. La mayoría de los analistas coincide en que estas tendencias continuarán en los años venideros por lo que cabe prever el mantenimiento y la extensión de los excedentes exteriores, incluso con crecimientos similares a los de las otras grandes economías europeas. Estos excedentes, si se produjeran, permitirían acelerar el proceso de desendeudamiento de nuestra economía, que es uno de lo problemas más graves que teníamos, y tenemos, planteados. Solo una buena política económica, equilibrada y bien ejecutada, puede permitir conciliar este aspecto con el de la creación de empleo, tradicionalmente menor en el sector exportador.

El tercer aspecto en el que ha habido un cambio importante ha sido el de las instituciones financieras. Hay que reconocer que los inicios no fueron los mejores, con las dudas y errores cometidos en el manejo de la crisis de las cajas de ahorros, especialmente de Bankia. Afortunadamente, estos errores se corrigieron. El Gobierno tuvo razón en limitar el rescate europeo al sector financiero con el resultado final de no haber tenido que utilizar íntegramente las líneas puestas a su disposición. Las reformas llevadas a cabo convencieron a los mercados y a los acreedores gracias a lo cual el rescate financiero pudo darse por concluido hace unas semanas. Es un mérito del que el Gobierno puede sentirse legítimamente satisfecho, pero queda en pie el problema fundamental del flujo de crédito a la economía, en especial a las empresas medianas y pequeñas. Es posible, y en cualquier caso sería deseable, que 2014 marcara el fin de las dificultades de acceso al crédito de los agentes económicos.

En otros ámbitos, el cambio de tendencia está bastante menos claro. Es el caso del déficit de las Administraciones públicas donde además del problema del gasto hemos visto unos ingresos que no han estado a la altura de lo inicialmente previsto, de la coordinación económica y financiera de las comunidades autónomas, de la Seguridad Social, que debe abordar el déficit creciente del sistema de pensiones, o del extraño sistema de fijación de los precios de la electricidad que no ha parado de producir sobresaltos. Es evidente que en estos días terminales de 2013 estamos bastante mejor que hace un año, pero aún queda bastante camino por recorrer antes de poder dar por terminados los efectos de la crisis.