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OPINIÓN

Una nueva época

El panorama político en muchas partes del mundo ha dado un vuelco hacia la incertidumbre y el caos

Japón tiene más ciudadanos de más de 60 años que de 20. En la imagen, Tokio
Japón tiene más ciudadanos de más de 60 años que de 20. En la imagen, Tokio Ap

Este siglo no ha llegado todavía a la adolescencia y ya ha desarrollado una personalidad propia y única. En el libro (*) al que este texto sirve de introducción se abordan los desafíos a los que nos enfrentamos. No es un ejercicio más de proyección hacia el futuro de las tendencias pasadas, sino un análisis de los principales cambios de tendencia mundiales que están transformando el mundo. Estos son los más importantes de los analizados en el libro:

Los desequilibrios de la economía mundial. Las economías consideradas avanzadas, con las excepciones de Alemania y Japón, presentan grandes déficits comerciales, mientras que la mayoría de las emergentes disfrutan de notables superávits. Tras dos décadas de crecimiento económico intenso, las economías emergentes representan ahora, aproximadamente, la mitad de la actividad económica mundial. Además, están fortaleciendo su potencia financiera: poseen dos tercios de las reservas de divisas, de las que están acumulando diariamente 2.000 millones de dólares adicionales. Otro rasgo más intratable del siglo XXI es que la mayoría de los cambios parecen ser paradójicos. En este caso, el auge de las economías emergentes está permitiendo que cientos de millones de personas superen la pobreza. Sin embargo, también plantea retos complicados en términos de pérdidas de empleos en el mundo desarrollado, de competencia por la energía y los recursos naturales y de gobernanza económica y financiera global.

Las empresas multinacionales provenientes de mercados emergentes se expanden como la pólvora por todo el mundo. De ser un fenómeno marginal han pasado a representar en 2010 el 25% de las 500 compañías más grandes del mundo, el 29% del número total de empresas multinacionales y el origen del 41% de los flujos de inversión directa extranjera de los últimos cinco años. La paradoja: su creciente poder y competitividad no se basa, necesariamente, en la posesión de tecnología o de aptitudes para la comercialización. Han reescrito las reglas de la competencia empresarial principalmente en provecho propio y a costa de las empresas multinacionales tradicionales de la OCDE.

Las condiciones demográficas están cambiando con rapidez. Por primera vez en la historia, Japón y varios países europeos occidentales han invertido sus pirámides de población por edades y tienen más personas de más de 60 años que de menos de 20. También por primera vez, viven más personas en ciudades que en el campo, y las que padecen de obesidad superan a las que pasan hambre. La disminución del número medio de niños nacidos de cada mujer ha sido mucho más rápida en Europa, Asia Oriental (especialmente China y Japón) y, en menor medida, Norteamérica. Las mujeres de estas regiones disponen ahora de oportunidades económicas, políticas y sociales mucho mejores. Pero estas sociedades están envejeciendo muy rápidamente. En la primera década del siglo XXI, el mundo se ha hecho predominantemente urbano. Por primera vez en la historia hay más personas que viven en las ciudades que en el campo. La competencia por los recursos naturales ahora afecta no solo a los minerales escasos, sino también a los alimentos y al agua.

El panorama político en muchas partes del mundo ha dado un vuelco hacia la incertidumbre y el caos. Por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial hay más países en el mundo que son Estados fallidos que gobernados por dictadores. En general, hay una marcada disminución en la legitimidad y capacidad del Estado tanto en los países desarrollados como en los países en vías de desarrollo. Si hay un enigma que probablemente nos persiga durante el siglo XXI es por qué la democracia ha hecho grandes progresos como la forma de Gobierno dominante en el mundo mientras, al mismo tiempo, el número de Estados fallidos ha proliferado. Esta tendencia ha causado importantes problemas en la economía y el comercio mundiales y ha convertido el terrorismo en la forma dominante de conflicto violento, mientras que en el siglo XX lo eran las guerras.

Un mundo cada vez más desigual. Aunque la desigualdad de la renta entre los países ha disminuido desde el comienzo del siglo XXI debido a la irrupción de las economías de mercado emergentes, la desigualdad dentro de los países ha continuado aumentando, planteando difíciles problemas políticos y sociales en los países desarrollados y en los en vías de desarrollo. No deja de ser paradójico que la pobreza esté reduciéndose incluso en países en los que la desigualdad está aumentando.

La sostenibilidad se ha convertido en una prioridad fundamental. Los mejores científicos predicen que, sin una acción correctora, el cambio climático llegará a ser irreversible en algún momento crítico durante este siglo. Hacia el año 2030, los precios de los alimentos podrían duplicarse comparados con los de 2012 y la mitad de la población mundial podría verse afectada por una grave escasez de agua. El crecimiento en las economías emergentes ha ido acompañado de degradación medioambiental. En los países tanto desarrollados como en vías de desarrollo se pretende la búsqueda de la sostenibilidad. El énfasis está no sólo en la energía, sino también en la producción y el consumo ecológicos de bienes y servicios. La agricultura, la construcción y el turismo se han convertido también en objetivos de estos esfuerzos para alcanzar la sostenibilidad. La tecnología y el cambio de comportamiento se presentan como las soluciones.

El equilibrio mundial de poder está cambiando rápidamente. Durante la mayor parte del siglo XXI, India será el país más poblado del mundo, China el mayor productor y EEUU el más rico entre las principales economías, en términos de renta per cápita.

Otra tendencia paradójica es el nuevo énfasis en la buena gobernanza institucional, al mismo tiempo que la capacidad del Estado está disminuyendo debido a la extensión de la ideología de un Estado reducido y las repercusiones de la crisis de la deuda soberana en la eurozona.

Estos cambios de tendencia económicos, demográficos y geopolíticos están erosionando con rapidez el dominio de EEUU. como principal potencia mundial. En abril de 2011 el FMI estremeció a la opinión pública estadounidense con su predicción de que la economía china seria la mayor del mundo en 2016. En el libro exploramos en qué medida las pautas históricas en el ascenso y caída de las potencias mundiales dominantes ayudan a comprender la nueva situación creada en este siglo, en la que no una, sino varias potencias, pueden compartir la hegemonía en el escenario mundial.

Algunos tendrán dificultades para aceptar que el orden mundial con el que se criaron podría estar llegando a su fin. Otros creen que el cambio es tan amplio que no se puede ya dar por hecho. Ambas reacciones son comprensibles, precisamente porque los cambios son masivos y afectan a muchos aspectos diferentes. La complejidad es un rasgo fundamental de la escena global contemporánea. Aunque los riesgos eran también importantes, el período de la Guerra Fría nunca nos transmitió una sensación de insoportable inseguridad. El siglo XXI es distinto. Es el siglo de la complejidad combinada con incertidumbre, pero no parece que dispongamos de las instituciones económicas, políticas y geopolíticas para afrontarlas.

(*) Este artículo es una transcripción parcial del capítulo 1 del libro Una Nueva Época. Los grandes retos del siglo XXI, editado por Galaxia Gutenberg. La traducción del original en inglés, Global Turning Points (Cambridge University Press), es de Julio Viñuelas.

Mauro Guillén es director del Lauder Institute de la Wharton School (University of Pennsylvania). Emilio Ontiveros es catedrático de la UAM. Ambos pertenecen al Consejo Académico de la Escuela de Finanzas de Afi.