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Reportaje:

Un místico de la pintura

Málaga reúne en una muestra 47 obras del artista canario Cristino de Vera

A Cristino de Vera (Tenerife, 1932) se le considera el último místico de la pintura. "Es un personaje fuera de lo común. Es un artista que ha atravesado el siglo XX sin hacer ruido, con un trabajo silencioso. Trabaja casi como esos monjes que ilustraban los códices", describió ayer el crítico de arte Rafael Sierra.

De Vera es tan suyo que es raro poder disfrutar de su obra si no se acude a algunos de los centros a los que el artista confía parte de su producción mediante donaciones. Algo que hasta el próximo 22 de abril podrán hacer los visitantes que se acerquen a la sala de exposiciones del Archivo Municipal de Málaga que, desde ayer, exhibe 47 óleos y dibujos del artista canario procedentes de los fondos del Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM).

Las obras, que proceden del IVAM, destilan belleza, muerte y silencio

"Cristino de Vera. Esencia y fugacidad es una delicatessen, ya que rara vez se puede ver su obra fuera del circuito en el que trabaja el artista", resaltó ayer Sierra, comisario de la exposición. Una muestra que recoge la esencia del octogenario artista canario, con temas recurrentes como la soledad, la lejanía, el tiempo y la muerte. "Es un artista implacable: en ningún caso -aunque a veces adorne con alguna flor sus lienzos- deja que entre en sus cuadros aliento alguno de optimismo", explicó Sierra, quien encuentra en sus obras influencias de Mantegna, Zurbarán, Morandi y Rothko.

"La poesía, la textura, el lirismo y la intimidad que han caracterizado la obra de Cristino se dejan sentir en estas obras, en las que se puede disfrutar de sus característicos silencios", afirmó Consuelo Ciscar, directora del IVAM.

Las calaveras, los recipientes sencillos, los cuerpos semifantasmales y las velas son la esencia de gran parte de los 47 óleos y dibujos de este pintor obsesionado con la muerte, el silencio y la belleza que se exhiben en Málaga y que se presentan agrupados en series de dos, tres y cuatro piezas.

Temas que De Vera arrastra de una convulsa niñez y juventud, marcada por diversas desgracias familiares -dos tíos suyos murieron prematuramente en un manicomio-, y por una entrada en la madurez azotada por depresiones y ciertas dosis de hipocondría, episodios de los que le rescató su mujer, Aurora Ciriza, con quien se instaló en Madrid.

"Cristino tenía seis o siete años cuando, camino de la escuela, se topó con el primer cuadro que recuerda. Fue en el mercado municipal de Santa Cruz de Tenerife, su localidad natal. Allí descubrió a un artista pintando, a la manera de los impresionistas, carros de verduras rodeados de gente. Fue entonces cuando descubrió que su vida sería la pintura", recordó Sierra.

"Pintar es ir detrás de un rastro que no tiene límite definido, ir detrás de un reflejo de la belleza... La belleza, la armonía, pretende compensar la contemplación del dolor humano... Buscar la belleza es caminar por un sendero sin fin; las pausas parecen señalar una pequeña meta: siempre hay otra luz, otro misterioso color, otra enigmática forma que le grita a tu interior que has de seguir buscando algo de la belleza absoluta... Un peregrinaje doloroso porque jamás acaba... Cuando se acerca la muerte piensas que quizá eso es el silencio de las formas, y ésa es acaso la meta", reflexionaba De Vera en La palabra y el lienzo, un libro donde se recogen sus poéticos y profundos escritos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 3 de febrero de 2012