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Entrevista:ALMUERZO CON... MARTIN GRÜBINGER

"La percusión era natural para mí, como comer"

Llega arrastrando una maleta donde transporta 400 baquetas, de las 30.000 que tiene en su casa, como si fueran talismanes. Así se presenta Martin Grübinger (Salzburgo, 1983) en un restaurante de la Parte Vieja de San Sebastián horas antes de su concierto con la Orquesta Sinfónica de Euskadi.

Considerado como uno de los multipercusionistas más virtuosos del panorama internacional, este joven músico necesita ingerir suficientes calorías para compensar el desgaste físico que le supondrá tocar una veintena de instrumentos durante 25 minutos bajo la batuta de Andrés Orozco-Estrada. "Es tan intenso que me pongo en 160 pulsaciones por minuto", explica. De entrada, se decanta por un caldo y un pincho de tortilla de patata.

El músico austriaco abandera un gran proyecto multicultural

Grübinger suda, salta y vibra sobre el escenario. El frenético ritmo que imponen obras como Frozen in time, de su amigo Avner Dorman, escrita para el lucimiento de la técnica del instrumentista salzburgués, requiere de un entrenamiento de deportistas de élite. "A veces bebo Red Bull para aguantar los 30 o 40 minutos y la presión de 80 músicos detrás con quienes tienes que ensamblarte", reconoce sin pudor.

Fibroso, sin un gramo de grasa, la muñequera en el brazo derecho delata su pasión (y necesidad) por hacer deporte. "Tengo que tener resistencia y estar en forma no solo a nivel musical sino deportivo. Me gusta el esquí, el fútbol, voy al gimnasio", señala, mientras saborea una brocheta de langostinos y beicon.

Toca la percusión desde los dos años. Antes de hablar ya tenía una baqueta en las manos. Su padre es percusionista, además de profesor; por eso, lo de tocar la marimba -el instrumento que más le gusta-, los timbales o el xilófono lo lleva en las venas. "Era un lenguaje natural para mí, como comer o beber. No era una obligación estudiar percusión. Era fácil y divertido", recuerda.

Habla con vitalidad del poder de la percusión en todas las culturas del mundo, en concreto en Europa, donde todo está más fracturado y la percusión puede ser un vehículo de transmisión de conocimientos. "Creo que la percusión se ha convertido en el instrumento más importante, y la globalización permite conocerlos y descubrir nuevos", afirma. "Además, en mi país, con el problema de la xenofobia, la música puede desempeñar un papel relevante más allá de las políticas", añade.

¿Le han tildado de ofrecer más espectáculo que música? "A veces puede parecerlo. Con la percusión mueves todo el cuerpo y es muy visual. Pero me limito a disfrutar y transmitir lo que siento", aclara.

El repertorio de Grübinger es extraordinariamente amplio. Toca con las mejores orquestas, tiene una Big Band y proyectos de envergadura como The percussive planet. "Una idea ambiciosa que engloba a más de 400 instrumentos de percusión de todo el mundo", explica.

Mientras Grübinger detalla sus avatares musicales por el mundo, suena la melodía de una de sus actuaciones. Dos comensales de la mesa de al lado no han podido evitar escuchar al percusionista austriaco y lo han buscado en YouTube. Grübinger rompe a carcajadas sorprendido y a la vez halagado.

De postre no hay tarta Sacher, "una de mis favoritas", así que acaba disertando sobre política e indignados, con un café con leche.

Restaurante Egosari. San Sebastián

- Pincho de tortilla: 1,5 euros.

- Cuatro brochetas de setas, langostinos y beicon: 12.

- Dos tazas de caldo: 2. - Ración de croquetas: 6.

- Agua, vino y cafés: 7,6.

Total: 29,1 euros.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 20 de enero de 2012

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