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PUNTO DE OBSERVACIÓN | OPINIÓN

Rajoy, el ausente portavoz económico

La ausencia del presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, a la hora de anunciar las principales medidas de su Gabinete y la inexistencia de un portavoz "económico" socialista capaz de analizar esas decisiones han sido dos de las señales inquietantes al inicio del año. El presidente lanzó un extenso plan de recorte de gasto, una subida de impuestos, contraria a su programa electoral, y un plan contra el fraude fiscal, es decir, las tres medidas que forman la médula de su política en este primer año, sin dar ninguna explicación ni a sus votantes ni a los ciudadanos en general. Y el PSOE, enredado en sus problemas internos, tuvo que recurrir a algunos de los dirigentes autonómicos salientes para intentar tapar el formidable vacío que padece, incapaz de encontrar en estos importantes días una voz solvente y fiable a la que confiar su respuesta.

La única realidad insoportable en España no es el déficit, sino el paro: el desgaste de una sociedad sin horizonte

La no comparecencia de Rajoy sería más razonable si existiera un vicepresidente "económico", respetado, que hubiera cumplido con ese compromiso. Su alejamiento de la opinión pública resulta llamativo, sobre todo porque, según explicó desde el primer día la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría, es el propio Rajoy quien se ha reservado el protagonismo en el área económica, y ni ella misma, por muy eficiente que haya sido su debut, ni los ministros del ramo, ni mucho menos los de Interior o de Agricultura, pueden reemplazarle en ese campo. Tampoco el candidato a la presidencia de Andalucía, Javier Arenas, a quien muchos atribuyen ya en el Partido Popular una importante influencia a la hora de diseñar el programa económico.

Sea como sea, la responsabilidad de explicar a los ciudadanos qué está haciendo y por qué en el campo de la economía recae, por decisión propia, en el presidente del Gobierno. Cierto que no tiene que comparecer día sí y día no, pero sería inquietante que lo ocurrido esta semana se convirtiera en la norma y Mariano Rajoy rehuyera el contacto con la ciudadanía. Si realmente la situación es tan excepcional y las medidas a tomar tan extraordinarias, no puede ignorar que ese contacto es imprescindible y que solo él puede establecerlo.

En cualquier caso, Rajoy se ha puesto ahora alto el listón cara a su comparecencia en el Congreso a la vuelta de la cumbre oficiosa de la UE el próximo 30 de enero. Alto, porque hasta ahora el presidente del Gobierno se ha limitado a lanzar todos los recortes y los aumentos de ingresos con los que, por encima de todo y de todos, pretende reducir el déficit público al 4,4%. Da la impresión de que toda su política se fía a la creencia de que el respeto estricto de ese compromiso irá acompañado de los primeros brotes de crecimiento. Para lograrlo, ha aceptado incluso subir el IRPF y buscar ingresos en el fraude fiscal, dos decisiones razonables que los socialistas, incomprensiblemente, no fueron capaces de llevar adelante, pero que suponen en el PP una medida más bien rupturista. Pero no hay nada, absolutamente nada, salvo una creencia ideológica, que justifique la esperanza de que el cumplimiento del déficit conlleve la reactivación.

La única realidad insoportable en España no es el déficit (aunque haya que recortarlo, especialmente en autonomías como la Comunidad Valenciana, gobernada desastrosamente desde hace décadas por el PP), sino el paro, el brutal desgaste que sufre una sociedad a la que se priva de horizonte. Por ahora da la impresión de que en la pugna entre Hacienda (Montoro) y Economía (Guindos) que augura el organigrama del Gobierno, es Hacienda la que se impone y que Economía no tiene suficiente empuje como para reaccionar a la misma velocidad. La economía española necesita angustiosamente medidas de reactivación y el presidente del Gobierno español necesita angustiosamente convencer a sus colegas europeos de que, por mucho que se respete el déficit, la Unión no podrá salir de la crisis sin medidas, no para evitar la próxima catástrofe (como se han ido aprobando, a trancas y barrancas, en el último año), sino para contrarrestar la actual, la que sufrimos y nos desespera hoy. Ese es el compromiso que tiene que conseguir arrancar en los próximos meses. Todo lo demás son palabras y actos de fe. -

solg@elpais.es

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 8 de enero de 2012