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COLUMNA

Paleontología

En un acto de paleontología compro aún deuvedés y cedés. La crisis ha retrasado la muerte de estos soportes, agarrados a otro tiempo, quizá festejando su último fin de año. Reliquias del pasado a la espera del finiquito que los arrumbe en el cementerio donde descansan el fax, las cintas de casete, los VHS y el papel de calco. Sueñan con el indulto en la última hora, convencidos de merecerlo tanto como el vinilo y el super 8. Añoran ser aceptados en la aristocracia de los objetos de anticuario como los teléfonos de nácar, las máquinas de escribir o el gramófono. Lo dudo, porque los inventos modernos no sirven, cuando les alcanza el desuso, ni como pieza decorativa. Los adelantos tecnológicos, como niños que crecen, aprenden esa lección tan humana de la decrepitud y el olvido.

Compré una película rodada en la cinemateca de Montevideo. Se llama La vida útil y retrata la precariedad de las salas de cine, la decadencia de los archivos y los proyectores, la lenta hecatombe del celuloide. Lo hace mostrando a los hombres que pululan por esos locales, acompañantes de un velatorio que presagia su propia muerte. Ha sido editada por la revista Cahiers de Cinema, que recupera algunos títulos invisibles en salas españolas. La revista ha dejado de llamarse con el nombre de la publicación francesa, porque ha sido imposible renegociar con sus nuevos propietarios, la editora británica Phaidon, una razonable renovación de la franquicia. Ahora se llama Caimán. Casi mejor, porque Cahiers lleva demasiado tiempo siendo una revista antipática, que al contrario de lo que enseñaban dos de sus firmas históricas, André Bazin y François Truffaut, celebra las críticas negativas, como si se alegrara de hacerlas, defecto que delata la podredumbre en el oficio.

Son referentes y soportes caducos, pero ahí siguen. Compro porque quiero poseer el objeto, y me hago con últimos discos de gente que me gusta, de Jabier Muguruza o de Camille, en un acto de paleontología. También consigo 1971, de Rafael Berrio, con ese título que insiste en que el pasado es presente. Escucho sus canciones absorbentes y recupero la felicidad ante el talento y la personalidad ajena. Cambiarán las formas y los formatos, pero el fulgor persiste, sigue vivo.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 30 de diciembre de 2011