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Tribuna:

López Obrador o el tigre vegetariano

Tras la apretada derrota sufrida en el 2006 por el Partido de la Revolución Democrática (PRD) frente al Partido Acción Nacional (PAN), el liderazgo en la izquierda mexicana se desdibujó por completo. El candidato perdedor, López Obrador, antes que reconocer sus errores trató de descalificar la elección: primero acusó a sus propios representantes de casilla de complicidad con la mafia que le robó el poder, para posteriormente señalar un fraude cibernético que, ante la falta de pruebas, se convirtió en uno a la antigüita. Llamaron a la prensa para demostrarlo y, a tal efecto, sacaron en carritos cajas y cajas que supuestamente albergaban la documentación probatoria pero, cuando por accidente se abrieron ante las cámaras de televisión, resultaron estar completamente vacías.

El político mexicano tendrá que desplegar todas sus artimañas para mostrar una imagen más moderada

El rencor tomó tintes de tragedia griega, y es que un 0,56% es difícil de digerir. Así, trataron de evitar la toma de posesión por medios violentos, bloqueando las puertas del Congreso, lo cual sorteó Felipe Calderón entrando por una puerta trasera y prácticamente desconocida. Persiguieron al presidente en cada acto oficial para gritarle "espurio" en la cara; ocuparon por semanas una de las principales avenidas de la ciudad, el paseo de la Reforma, y cerraron el tráfico, sin importarles las molestias que causaban ni las elevadas pérdidas económicas para los comerciantes de la zona. Cuando, eventualmente, López Obrador retiró su campamento, convocó una asamblea en una plaza pública para proclamarse, tras una votación a mano alzada, "presidente legítimo de México" e imponerse una banda presidencial de oropel, tras lo cual se dedicó a recorrer todos los municipios de la República.

Cinco años lleva López Obrador en su periplo, en una gira interminable por todo el país. Mantiene a su familia, su equipo de trabajo, y la logística de sus giras, con las aportaciones de la gente, según declara. Del pueblo bueno y generoso, como él lo llama. Sus gastos no se conocen: a pregunta expresa, hace un par de meses en la Fundación Ortega y Gasset, sugirió pedir los detalles de sus egresos a los servicios de inteligencia gubernamentales. "Ellos deben de tenerlos", ironizó.

Por otro lado, la izquierda moderada tuvo también una etapa difícil. Cuestionar a López Obrador es complicado. Con seguidores que son más "creyentes" que "partidarios", cada acercamiento con el Gobierno federal, cada intento de diálogo, era calificado de inmediato como una traición, como un reconocimiento al odiado enemigo. Marcelo Ebrard, el alcalde de la ciudad de México del PRD, que ha realizado una gestión que supera con creces la de su predecesor, se cuidó durante años de coincidir en público con Calderón, para evitar una foto con la que la izquierda radical le pudiera reclamar que aceptaba el fraude cometido por el espurio.

Ebrard ha sabido, a pesar de las limitaciones impuestas por sus correligionarios, gobernar aceptablemente una ciudad cuya problemática es solo proporcional a sus dimensiones. Supo, también, granjearse el respeto de los intelectuales y las clases medias que veían con temor las ocurrencias de López Obrador. El alcalde se convirtió en unos cuantos años en un posible candidato a la presidencia que encarnaba las ideas más modernas de la izquierda, al tiempo que ha mantenido los canales de diálogo con la derecha desencantada. Para muchos mexicanos, era el único que podía darle batalla al puntero en las encuestas, Enrique Peña Nieto, del PRI.

La tensión entre López Obrador y Ebrard iba en aumento rumbo a la definición de la candidatura de izquierda. Era de esperarse un rompimiento, y algunos analistas especulaban con la posibilidad de que Ebrard abanderara una coalición con la derecha para evitar el regreso del PRI al poder presidencial. Sin embargo, los dos precandidatos acordaron ceñirse al resultado de una encuesta que definiría al elegido.

Ebrard podría tener menos apoyo entre los militantes de izquierda, pero más aceptación entre la población en general. López Obrador, por el contrario, era el preferido por la militancia pero, con una percepción tan negativa, tiene un margen menor para crecer frente al electorado. Los resultados favorecieron a López Obrador, en una decisión que, al parecer, Ebrard declinó cuestionar para no causar más división en el interior del partido.

López Obrador se encuentra, ahora, tratando de cambiar su imagen negativa. Ha tratado de moderar su lenguaje, de no referirse a los grupos de poder como una mafia e, incluso, ha realizado un llamamiento a fundar una "república amorosa", en los términos de corte religioso-evangelista que siempre lo han caracterizado. Ebrard queda, aparentemente, en primer lugar, en las listas por el Senado, y con la prerrogativa de definir al candidato de su partido para gobernar el Distrito Federal.

Con su estilo mesurado y racional, Ebrard se perfila para ser quien reconstruya la izquierda mexicana tras una elección de pronóstico reservado. López Obrador tendrá que desplegar todas sus artimañas, y su capacidad de seducción, para demostrar al país entero que nunca fue un peligro para México, y que ya no es el político incendiario al que los tiene acostumbrados. En otras palabras, para convencer a los mexicanos de que el tigre puede convertirse a voluntad, de un momento a otro, al vegetarianismo.

Víctor Beltries es politólogo y columnista del diario mexicano Excélsior.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 10 de diciembre de 2011