Reportaje:DIOSES Y MONSTRUOS

También ahora hay clásicos

Alguien aseguró sin posibilidad de desmentirle o de negociar su certidumbre que todo estaba ya escrito. Ocurrió hace cuatrocientos años. Doscientos más tarde a otro escéptico se le ocurrió lo mismo. Se supone que incluía algo nuevo que se hubiera escrito en esos dos siglos. Y así hasta la eternidad. Algo que también sería aplicable a la música, a la pintura, al teatro, al cine. Bueno, al cine no, ya que la criatura solo tiene cien años y todavía hay margen para que Keaton, Lubitsch, Ford, Hawks, Buñuel, Wilder y gente así tengan continuidad. Por mi parte, convencido frívolamente de que no existe nada nuevo bajo el sol, me he limitado en el terreno de la música a escuchar interminablemente discos que se grabaron entre los sesenta y los noventa y a seguir exclusivamente la obra y los conciertos de músicos que bordean o superan la setentena y de otros que la palmaron prematuramente.

El instinto y la evidencia me repiten que me voy a enamorar perdurablemente de esta gente, que son como los de antes, que son uno de los nuestros

Ningún miedo a que el apocalipsis me pillara en la vieja y única compañía de estos, transmisores de los mejores sonidos del universo, incluidos los de la calle y los del corazón, de sensaciones sin límite de caducidad. Digamos que cerré mi grifo melómano a partir de los Clash, Police, Joe Jackson y Elvis Costello. Exagero. También disfrute del Prince de Sign O' the times, Purple rain y Parade aunque detestara la apariencia de ese rey de la modernidad. Y al principio, esos señores tan pesados, efectistas y concienciados llamados U2 me conmovieron durante un perdurable rato con el espléndido The Joshua tree. El Green de los ecologistas R.E.M. tampoco estaba mal. Con el existencialismo grunge de Nirvana ya no pude.

Y estaba instalado tan ricamente en mi adorado paleolítico y desoyendo los cantos de sirena sobre los prodigios de la actualidad cuando alguien me convenció de que escuchara a un tipo irremediablemente triste y volcado en las zonas oscuras del amor llamado Damien Rice, cuya banda sonora era lo único memorable de la irritante película Closer. Y, efectivamente, su disco O era hipnótico. Pero esa excelencia no tuvo continuidad. En lo siguiente ya no había sorpresa, solo repetición. Su lamida de heridas empezaba a resultar tan previsible como tediosa. También noté que la voz prodigiosa y el lacerante sentimiento de un señor vestido de señora que respondía al nombre de Antony me removía fibras íntimas, me provocaba el ensimismado desgarro que solo transmiten los verdaderamente grandes. Incluso me atreví a ver y escuchar de cerca a individuo tan exótico, a costa de perderme la prórroga de la más impresionante final de la Copa de Europa que ha existido, con el Liverpool y el Milan empatados a tres goles. Y allí observé y sentí las perturbadoras canciones, el magnetismo musical que desprendía un individuo adornado con ropaje y bolsos de abuelita. Sigo oyendo sus discos, aunque con prejuicios y confusión, ya que me enteré de que era el músico que mejor conectaba con la sensibilidad de Isabel Coixet y consecuentemente sus canciones formaban parte de la banda sonora de sus atormentadas y líricas películas. Y me repito que algo falla. También me puede dar un infarto si en el futuro cine de Garci aúllan Van Morrison o Tom Waits.

Curado de la necesidad de escuchar en directo o en diferido a los artistas del aquí y ahora, seguí a lo mío, administrándome en la soledad de mi casa sobredosis de John Coltrane y de Bill Evans, oteando con ansiedad futuras visitas de Bob Dylan, Lou Reed, Bruce Springsteen, Leonard Cohen, en fin, los de siempre, los eternos hechiceros de mi alma.

Pero ha ocurrido un milagro. Amigos jóvenes (mi concepto de juventud es generoso, todos andan entre los treinta y los cuarenta), cuyas opiniones y gustos respeto y valoro, me habían puesto la cabeza loca desde hace tiempo con las excelencias de una banda llamada Wilco. A mi desconfiada pregunta de qué tipo de música hacían me respondían con lógicas vaguedades, me aseguraban que no eran etiquetables, que tenía que juzgarlos por mí mismo. Y con las debidas precauciones fui al pintoresco Circo Price para ver y oír a un individuo pequeño y barbudo que responde al nombre de Jeff Tweedy y que ejerce de pausado boss entre individuos con pinta de normales. Su música, sin embargo, es excepcional. Y ecléctica, inclasificable, personal. A ratos suena a country, a rock, a pop, incluso a jazz. Desde One sunday morning, la primera y preciosa canción que interpretan, el instinto y la evidencia me repiten que me voy a enamorar perdurablemente de esta gente, que son como los de antes, que son uno de los nuestros.

Y con la pasión del enamoramiento y el fervor de los conversos desde hace un mes solo escucho a Wilco. No solo reviviendo las sensaciones de un domingo por la mañana, que cierra su último y espléndido disco The whole love. También Sky blue sky, que contiene la maravillosa Impossible Germany, una canción que puede hacerte flotar y provocar una lágrima. Y el extraño A ghost is born. Y el complejo Yankee Hotel Foxtrot. Y poseyendo la certeza de que nunca serán flor de un día, de un mes, de un año.

Con otros juglares amados, los de toda la vida, crees jugar sobre seguro, cuando te informan de que Tom Waits vuelve al estado de gracia con su último disco, Bad as me. Que no es tan áspero ni tan dodecafónico como algunas perlas anteriores, que no tiene nada que envidiar a esas obras maestras tituladas Rain dogs y Franks wild years. Pero no es cierto. Es heterodoxo y también encuentras una canción notable como Pay me. Lo cual no sirve para certificar una resurrección esplendorosa. Los que sabemos de qué va la historia, los que hemos considerado desde los comienzos a este señor como algo nuestro, rogamos a los dioses que vuelva a crear canciones imperecederas como Downtown train, In the neighborhood y Cold cold ground. Y si no es así, tampoco lloraremos. Porque siempre nos quedará la belleza en el recuerdo.

Wilco ha publicado recientemente The whole love (PIAS) y ha actuado el pasado mes de noviembre en España. www.wilcoworld.net.

Jeff Tweedy, en un concierto de Wilco el pasado septiembre en Columbia.
Jeff Tweedy, en un concierto de Wilco el pasado septiembre en Columbia.KYLE GUSTAFSON / THE WASHINGTON POST / GETTY IMAGES

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