Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
COLUMNA

Recuerdo de Joan Sales

En la biblioteca Jaume Fuster, no muy lejos de donde vivía el escritor y editor Joan Sales, se puede ver, hasta este día 21, una exposición dedicada a su editorial, Club Editor. Visitarla me ha intensificado, pues son imágenes perennes, mis recuerdos de Joan Sales, un escritor redescubierto en los últimos años y de quien se suele creer que es autor de una única novela, Incerta glòria. Fue la lectura de este friso de la guerra y la posguerra lo que me indujo, en 1981, a pedirle una entrevista. Para hablar también de su editorial, pero sobre todo de su novela. Me llevó a la casa del Carmel un vivaz interés por un autor de quien nadie hablaba, tan solo conocido como editor de Rodoreda y de Vilallonga, y de quien había oído decir cosas bastante duras: católico ultramontano, patriota extremista, censor de sus autores, corrector severo de Rodoreda. Con los años he dedicado libros y artículos a su escritora fetiche para los que la correspondencia con Sales ha sido fértil. Pero no fui a verlo por Rodoreda, sino por él.

La mejor manera de seguir recordándolo sería editar su inédita novela bilingüe, de memorias de juventud y de exilio

No sabía entonces que Sales no era bien recibido en los santos lugares de la cosa literaria, lo supe cuando intenté publicar la entrevista, que tardó tres años en ser impresa, tras su muerte, acaecida en 1983, pocos meses después de la de Rodoreda. La publicó en 1984 L'Avenç. En 2008, fue recuperada por la revista digital Paper de Vidre, donde si les interesa pueden consultarla.

También había leído sus Cartas a Màrius Torres, antes que las escritas a Rodoreda. El libro incluye su poemario Viatge d'un moribund, de 1954. Sales escribe de manera maravillosa. Y versifica muy muy bien. Con facilidad pasmosa. Todo eso me llevó a su casa. Me recibió atento y sorprendido, como si su novela fuera algo de un pasado remoto, aunque desde luego no era así, más bien se trataba de su extrañeza ante una joven, entonces yo lo era, que se interesaba tanto por su novela. Su esposa, Núria Folch, asistió a la entrevista sin entrometerse demasiado, algo excepcional, según comprendí más tarde en distintas ocasiones. También llegó a caerme muy bien, la señora Sales. Él no me pareció un hombre de debate duro, al menos no entonces, sino un autor encerrado en una proyecto cultural que le había costado la poesía, su gran pasión, pues fue una pasión, y dejar incluso la narrativa, para la que estaba dotado por su genuina comprensión de los atributos de la lengua hablada literaria.

Respondió a todas mis preguntas impertinentes con sus razones. No publicaba a grafómanos (Pedrolo) y su editorial se regía por criterios morales que no permitían por ejemplo una apología de la homosexualidad (cuando le repliqué sobre Villalonga alegó que su prosa es elegante y además el autor era psiquiatra). No poetizaba más porque la poesía le había abandonado, "està relacionada amb la sexualitat", dijo con franqueza ante su mujer. Cuando le di a leer previamente la entrevista, porque quise, me hizo una única corrección lingüística, que agradecí: devolver el nombre a la calle del Bisbe, que había escrito con su nombre franquista (Bisbe Irurita).

A los 15 años, durante la dictadura de Primo de Rivera, había sido encarcelado tres meses y fue en la Modelo donde captó el catalán riquíssim del argot de ladrones y cocainómanos con los que convivió; a los 17 fue uno de los primeros afiliados al Partit Comunista Català, que dejó pronto y donde conoció a Núria. Cuando le interpelé por esa rápida evolución, respondió algo que suele volver a mi mente a menudo: es la experiencia la que hace progresar el entendimiento, no la inteligencia. Había abandonado el marxismo, pero lo seguía debatiendo, según me comentaría a su muerte el filósofo Manuel Sacristán, que no olvidaba sus conversaciones en Ariel, donde Sales trabajó durante años.

Cuando por fin pude publicar la entrevista, que él no leería impresa, volví al Carmel a por fotos para acompañarla. Supe entonces que Núria Folch había encontrado una novela inacabada, de recuerdos de juventud y de exilio. La editaría aquel año. Sigue inédita. Por lo que he llegado a saber, está escrita en catalán y en castellano, según hablan los protagonistas. Lógico en un autor y editor para quien la forma de hablar caracteriza a un personaje. La mejor manera de seguir recordándolo, ahora que por fin es el celebradísimo autor de Incerta glòria, sería editar de una vez su novela bilingüe. Si no, otra pregunta impertinente se impone: ¿quién teme todavía a Joan Sales?

Mercè Ibarz es escritora.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 8 de diciembre de 2011