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COLUMNA

Nueva era

Informan que durante el mes de noviembre el consumo televisivo ha alcanzado un récord histórico. Los pragmáticos aseguran con lucidez y una pizca de cinismo que las penas con pan son menos. Tal conocimiento de causa solo puede hacerse con el estómago lleno. Que sepamos, la televisión convencional no engorda, pero sí puede crear trastornos anímicos, embrutecer hasta extremos alarmantes, reducir tu imagen del universo a las infatigables majaderías que despide el temible aparato. Y entiendo que al reducirse la mina publicitaria todos los recursos son válidos (las consideraciones estéticas y éticas siempre han provocado risas o bostezos a los brillantes cerebritos que inventan y planifican la adictiva basura) para que los parados y los que pueden estar en situación tan deprimente y terrorífica la próxima semana encuentren su demanda favorita y el refugio contra la carencia de todo tipo de lujos mediante acto tan liviano como apretar una tecla. También descubrirán si no están irremediablemente drogados con ese opio salvaje que la oferta de lo que ven y escuchan es clónica e intercambiable.

Las cadenas públicas, al no tener que romperse el alma por el mercado publicitario, a salvo la nómina y el retiro de todos sus afortunados moradores, no precisan exprimirse el cerebro para enganchar a los yonquis del vertedero. Viendo Telemadrid da pavor que en el reparto del botín que han legitimado las urnas, le entreguen a Esperanza Aguirre la misión de informar y entretener a los espectadores de La 1 y de La 2.

Es probable que sus centuriones intelectuales, tantos de ellos antiguos y radicales izquierdistas que afortunadamente recibieron aquel rayo redentor en su anfetamínico camino hacia Damasco, conozcan profundamente las geniales estrategias comunicativas de Goebbels e intenten aplicarlas en su nuevo y prometedor feudo, pero la racial abanderada de la zarzuela y de otras sabrosas manifestaciones culturales no precisaría de técnicas sofisticadas. Imagino que la faceta cinematográfica estaría cubierta en las televisiones públicas con la abundante obra de Garci. Y espero que Tertsch no se limite a ser director de informativos. Sigo añorando el impagable exotismo que aportaba como presentador del telediario nocturno.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 3 de diciembre de 2011