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Análisis:

Brincando

Me llevé sorpresas con la salutación del prócer a sus eufóricas huestes, a salvo ya él de los Idus de marzo, sonriendo con actitud de Buda estoico. De entrada, me pareció muy atractiva y digna la mujer de Rajoy, con un punto inquietante y una sombra de tristeza. El casto beso que se dieron fue correcto aunque no tan cinematográfico como el de Casillas y Carbonero en Sudáfrica (allí habíamos ganado todos, no me refiero solo a los patriotas, sino a los que aman el fútbol, aquí solo una de las dos Españas) y la verbena afortunadamente corta. El ganador fue cauto, no hizo sangre con los vencidos, tampoco lanzó las soflamas que esperaban tantos añorantes del último parte de guerra de Franco.

Pero, he aquí, que en medio de su guardia pretoriana, todos los que van a pillar un merecido reino, veo al extremo de la fila a una dama que saca la manita, que parece haberse colado para salir en la histórica foto. Y me pregunto por la osada identidad de esa dama que me recuerda a Cruela de Ville. Es la venerada dueña de Madrid, la musa de todos los que arreglarían en dos días España, o el universo, o las antípodas, la ancestral conspiradora Esperanza Aguirre. El pueblo llano pide a sus embalconados líderes que boten. Y ahí me pongo como una moto ante la perturbadora imagen de Madame de Cospedal (no confundir con la seducida Madame de Tourvel de Las amistades peligrosas, pero pueden encontrar cierto parecido con la perversa marquesa de Merteuil, aunque aquella era libertina y amoral, inimaginable con peineta y mantilla en una piadosa procesión) agitando su anatomía, pero el entusiasmo gimnástico no logra seducir a su biológica o calculada gelidez. La única que brinca es Aguirre: sin envidias ni rencores hacia Rajoy, como buena y fiel hermana, como exalta el himno del madridista modélico, del señorío, de la hostia en verso.

Me cuentan que la que vela por el sueño de los madrileños buenos, en privado fuma puros y de su boca salen palabrotas que abochornarían a los más broncos carreteros. Que es astuta, socarrona y mala. Que ha destituido implacablemente a su hombre de confianza, a uno que parecía el lugarteniente de Niti y de Luciano. O sea: que me quede como estoy. Mejor un Rajoy que una Esperanza.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 26 de noviembre de 2011