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Necrológica:

Joan Agut, letras en la sangre

Tras ser el editor de Bruguera, Edhasa y Barcanova se reconvirtió en un premiado novelista en catalán

"Como me arruiné como editor con 62 años y no me atreví a suicidarme, no sabía qué hacer y empecé a escribir en serio 40 años después de mi auténtica vocación". Con el humor matizado de aquel que se mira el mundo y a él mismo como en una obra de teatro (un poco como hacía en su propia obra literaria), así resumía su trayectoria el editor, crítico y autor barcelonés Joan Agut (Barcelona, 1934), que el domingo falleció en Caldes de Montbui.

Robusto, con una mordacidad que con los años se agrió, Agut tenía motivos vitales para esa distancia con todo. Nacido en el barrio obrero de Sants, hijo de una familia de vendedores de pescado, pasó una primera infancia dura, "de frío y hambre: fui con alpargatas hasta los 10 años porque no me podía comprar zapatos y entre la camisa y la piel llevaba diarios, nunca tuve abrigo". Expulsado del colegio a los 13 años por rebelde -"era bastante golfo, cometía pequeños robos y nunca estudié ni aprendí la tabla de multiplicar"-, la muerte de su padre cuando tenía 15 le llevó a trabajar a la pescadería junto a la madre, que murió solo cinco años después.

Cierta sensación de soledad le ayudó a marcharse a finales de los cincuenta a París a cumplir el sueño de ser artista, como sus admirados Hemingway y Miller. La realidad no resultó tan bella: el único contacto con la literatura fue, en lo laboral, trabajos de poca monta en una editorial que le daban o para comer o dormir bajo techo. Así empezó a escribir sus primeros cuentos, que frenó en seco: "En Barcelona, mientras leía a Maria Aurèlia Capmany, Manuel de Pedrolo o Folch i Camarasa, me decía: 'Como estos, yo también', pero cuando empecé a leer a Kafka, Faulkner y Céline, me dije 'Joanitet, esto de la literatura es cosa seria'; o sea que, para no hacer el ridículo, dejé de garabatear".

Si se debía escribir y vivir a la vez, mejor en Barcelona. Eran momentos de fuerte connotación política que se tradujo en su militancia en el Front Nacional de Catalunya y que le llevó a romper los ventanales de La Vanguardia cuando su director cartagenero, nombrado por el Gobierno franquista, insultó a los catalanes en 1959; fue un periodo que recordó como "muy emocionante": "Si me hubieran dado una pistola y dicho que disparara a un guardia civil, la hubiera usado".

Pero su vida tenía que acabar orillando en la literatura. Llegó al sector a partir de la mítica Bruguera para pilotar la edición en catalán, si bien acabó como secretario general de la empresa, en una labor gestora que marcaría su paso en Bruguera (hasta 1973), en Edhasa (1977-1979) y en Barcanova (1980-1994, que fundó). En esa línea se enmarca su gestión en El Correo Catalán, del que fue consejero-delegado en un puesto que le ofreció Jordi Pujol, que había adquirido el control del diario en 1974 y buscaba un hombre fuerte. Lo fue, muy capaz de ir de la ira la ternura y también de rozar, con el vaivén de la vida, alguna depresión.

Su salida de Barcanova, con 60 años, descorchó al fin su auténtica vocación. Por un lado, en 1995 significó su debut literario con los relatos El dia que es va cremar el Liceu, mientras creaba su propia editorial, Thassalia. En dos años, se había arruinado. La escapatoria fue, claro, la literatura, en la que se volcó como un poseso, escribiendo los siete días de la semana unos textos a máquina que su hija pasaba a ordenador. Ayudaba su facilidad para redactar, con un punto mordaz y otro costumbrista, una obra asequible, que apareció a un ritmo de una novela al año y que obtuvo cierto eco: así sucedió con su favorita, Gombó i míster Belvedere (2001, finalista del Sant Jordi), El Mestre de Taüll (2001, Premi Crexells), L'arbre de la memòria (2002, Premi Pin i Soler) y Pastís de noces (Premi Carlemany, 2003). Fueron 13 obras en muy poco tiempo. Y aun ha dejado unas memorias, que no quería acabar porque le parecía que con ellas acabaría también su vida. Así identificaba vida y literatura.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 11 de noviembre de 2011