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Reportaje:LIGA EUROPA | Cuarta jornada

Reyes no es como los demás

Compañeros y técnicos del extremo del Atlético, en pleno conflicto con Manzano, aseguran que es una persona "sensible y difícil de interpretar"

Tiene un manual de instrucciones enrevesado. Se desconecta sin remedio y entra en combustión sin demasiados motivos. José Antonio Reyes (Utrera; 1983), extremo del Atlético, es una montaña rusa, a veces un jugador excelente, en ocasiones un futbolista anónimo. Después de insultar al técnico Gregorio Manzano hace dos semanas, ha entrado de nuevo en un ostracismo inescrutable, sobre todo porque empezó el curso como un tiro y acabó en el último encuentro, sentado en la grada del Calderón con un enfado de arrea, con una situación incómoda y sin fecha de caducidad. Así se aclaró ayer en el Calderón, después de que Manzano compareciera en la rueda de prensa previa al duelo contra el Udinese (21.05, Cuatro). "No existe caso Reyes", se esmeró en desmentir; "pero estoy esperando al mejor Reyes". El jugador no opina igual; llegó al estadio y en un santiamén se volvió a casa, sin vestirse de corto, sin entrenarse. "Tiene un proceso gripal y fiebre", fue la versión oficial del Atlético. Todo o nada, una historia repetida en su carrera.

El jugador se marchó ayer del Calderón sin ejercitarse por una supuesta "gripe"

"Con él la relación es algo químico; como todos los genios, va a impulsos", dice Quique

Sobre los mantos del Caixa Futebol Campus, ciudad deportiva del Benfica, Quique Sánchez Flores se desfondó en seducir y comprender a Reyes. "Escruté todos los caminos e hice todo el esfuerzo para llegar a él. Le di máxima confianza, mínima; la titularidad, a la grada, al banquillo... Me llegué a enfadar mucho", recuerda; "pero al final acabé por conocerle. Con Reyes es algo químico, un jugador especial en cuanto a sensibilidad, que lo puedes perder en cualquier momento". Tan largo resultó el proceso que el futbolista emigró de Portugal sin decir ni pío, lejos de su mejor versión. Regresó, sin embargo, al Atlético con el propio Quique y fue capaz de revertir el grito del Calderón, ese que le tildaba de mercenario e inútil. "Como todo genio, funciona a impulsos. Pero entonces, eran continuados", reconoce Flores, quizá el que más jugo le ha sacado. "Él y Caparrós en el Sevilla", dice Antoñito, excompañero de Reyes en sus primeros pasos como profesional en el Nervión y ahora futbolista del Atlético Baleares, de Segunda B.

Con una melena que le cruzaba los omoplatos, Reyes debutó con el primer equipo a los 16 años. "Pero le aconsejaron cortarse el pelo", recuerda David Castedo, defensa de ese equipo. "Era un ejemplo para la cantera porque se entrenaba como si cada día fuera el primero", añade Antoñito, compañero de travesuras; "como la de poner la crema de Radiosalil en los calzoncillos de los otros ¡Y eso no veas cómo cogía calor...!". Era el Reyes efervescente, cobijado bajo el paraguas de Manolo Jiménez, que ya dio muestras de su carácter en 2002, cuando Caparrós le castigó sin jugar por lamentarse de las entradas que recibía. "Raúl ha ganado tres Champions y no se ha quejado nunca", replicó el entrenador. Reyes respondió: "Que me lo diga a la cara y lo arreglamos". Así fue. Algo que no ocurrió siempre. Como, por ejemplo, en Londres.

"Si mi familia tiene frío, ya se pondrá el abrigo", esgrimió cuando fichó por el Arsenal por 24 millones en 2004. Fue una declaración tan errónea como reveladora. Ni Jousé, como le bautizó Highbury [antiguo estadio gunner], ni su familia se adaptaron a la ciudad. "En el segundo entrenamiento", señala Lauren, su compañero del Arsenal, "entró en shock al ver el campo nevado. '¡Pero qué hago yo aquí!', decía". Lo mismo pensó su familia, que se instaló junto a él y su novia, puesto que no fueron pocos los saraos de la aduana para que les dejaran pasar los jamones y lomos que se traían de España y almacenaban en tres frigoríficos de la cocina.

Sobre el césped, con la confianza de Wenger, Reyes arrancó como un ciclón, escogido un mes el jugador de la Premier, alcanzada la titularidad en la selección, cuando Luis Aragonés le instó a reaccionar con esa frase desacertada sobre Henry: "Vaya y dígale a ese negro de mierda: 'yo soy mejor que usted". Para Reyes, insensible a esos estímulos, el consejo derivó en observar su espectacular coche deportivo. Y comprar uno igual poco después para ampliar su colección, donde ya destacaban varios Porsche, Ferrari y Mercedes, toda una flota que cada dos por tres cruzaba el Canal de la Mancha. Pero el asunto se torció. "La sobreprotección familiar jugó en su contra. Si hubiera estado allí solo con su novia, sin ver el sufrimiento de la familia...", conviene Lauren. Se marchó cedido al Madrid con su corte, la misma que se quedó a pie de césped del Bernabéu cuando el jugador, en el día de su presentación, realizó los habituales toques de balón.

Ojito derecho de Capello al principio, Robinho y Beckham le ganaron la partida y todo protagonismo. "El problema es la cabeza: no estaba acostumbrado a entrenarse mucho y le gustaba lamentarse", explicó Massimo Neri, preparador físico blanco. En su favor, sin embargo, están los dos goles que certificaron la Liga del Madrid ante el Mallorca. Y llegó al Atlético, en 2007, a las órdenes de Javier Aguirre. "Parece que todo le da igual o que todo le atormenta. Nadie lo sabe y él tampoco", sentenció el técnico. No le azuzó el discurso, como tampoco lo hizo el de Abel Resino después: "Nadie duda de su calidad, pero es una incógnita, depende de sí mismo". En el Calderón, sin velocidad ni quiebro, no tenía sitio. Y lo recuperó Quique en el Benfica.

Pero ahora en el Atlético ya temen que su conflicto con Manzano, tenso como se demostró ayer en el Calderón, se distorsione tanto como el de Quique y Forlán el curso pasado. "José se desconecta; es un genio y a veces resulta difícil de interpretar", expone Flores. "Es sensible y las cosas le afectan mucho", agrega Antoñito. Flores remarca: "Manzano tiene que llegar al personaje. La clave es no pensar que es igual que el resto". Reyes se lo recuerda cada vez que mira su tatuaje, ese donde pone: "No importa las veces que me caiga, sino las que me levante".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Jueves, 3 de noviembre de 2011